| De Reyes a Cabello y Cía |
| Escrito por Fernando Facchin |
| Viernes, 24 de Julio de 2009 07:03 |
Vitelio Reyes fue un oscuro personaje que prestó sus servicios al régimen perezjimenista como censor de prensa; él recibía en su despacho todo el material que los periódicos se proponían publicar o la radio difundir, ejercía la desagradable tarea de censurar la libertad de expresión y de opinión.
El censor de opinión constituye el último peldaño en la escalera descendente de la moral institucional, atrincherado en su cuota de poder desde donde sanciona, prohíbe y clasifica el pensamiento, la expresión y la información; y concibe la censura como política de Estado. El censor tiene una mediocre concepción de la moral. Desde hace 50 años no teníamos censor de prensa en el país hasta el arribo del los “comisarios políticos stalinistas”, Cabello y la Fiscal proponente de la Ley de Delitos Mediáticos (LDM). Ante los extravíos mentales de esos comisarios políticos y en uso del derecho de opinión que aún nos asiste, los articulistas, columnistas y periodistas de opinión no renunciaremos a la independencia crítica, ni abandonaremos el servicio a la verdad para tomar el camino del miedo. Afortunadamente, quedan muchos periodistas e intelectuales verdaderos y dignos en este país, donde se ha desertado de la dignidad y de la independencia. La libertad de opinión y expresión atraviesa momentos muy difíciles, pero aún así decidimos ser dignos y rebeldes desde nuestros espacios. Quizás nos convenga pensar en aquella frase que repetía Martín Luther King: “Nadie se nos montará encima si antes no doblamos la espalda”. Ese tratar de manipular la información y la opinión, que se pretende hacer con el cierre de los medios audiovisuales y radioeléctricos y más adelante con la prensa escrita, atrae al régimen más enemigos de los que ya tenía. Y pese a eso, o quizás en gran medida por eso mismo, por no escuchar las opiniones contrarias o críticas a la acción oficial, que ayudan a corregir los rumbos o enderezar entuertos, los gobiernos personalistas se vienen al suelo. Algo que aborrece el oficialismo, es la crítica en todas sus expresiones, por eso, uno de sus designios es someter por los medios posibles, la opinión libre. La crítica no sólo es un derecho de la gente plasmado en las leyes, sino una práctica sana para enrumbar las cosas y contribuir a que la tarea, el diagnóstico, investigación y práctica política, se hagan de la mejor manera. Los demócratas, estadistas y pensadores políticos modernos, tienen a la crítica y autocrítica como disciplinas o prácticas necesarias, indispensables e inherentes a ellos. La crítica opositora solamente persigue encontrar una razón para corregir o enderezar el camino. Es poco sensato el proceder que busca enemigos detrás de cada palabra u opinión. La LDM penará aquellas opiniones o expresiones que tengan como objeto, a juicio del censor de turno, “dañar” la reputación y el honor de las instituciones públicas y de los personeros del oficialismo, pero llama la atención que en el proyecto de esa ley no existe consideración alguna para el tipo de hechos dañosos que se cometen a diario, por el Comandante y sus áulicos, en perjuicio de la reputación y honor de los ciudadanos, lo que habla de una evidente desigualdad en detrimento de la ciudadanía y en beneficio exclusivo del Comandante y sus partisanos. Eso evidencia un trato preferencial, privilegiado y desigual con respecto de los ciudadanos comunes, propio de los regímenes no democráticos. El gobierno pretende suprimir cualquier expresión que pueda ser considerada como peligrosa o contraria a su estructura, y en consecuencia se le tilda de delito, delito de opinión. En definitiva, se protege al régimen, no al ciudadano; se avasallan las libertades y se crean los “policías del pensamiento”. Afortunadamente, existe un instinto innato en el ser humano que le inclina a simpatizar con los perseguidos en contra de los perseguidores. La persecución ideológica es sin dudas, consecuencia de un odio, en cuyo interior late el miedo, la desconfianza y la inseguridad, nacidos de algún complejo mal resuelto. De allí la mordaza contra la disidencia y los medios de comunicación. El miedo al avasallante abuso de las fuerzas del poder no es suficiente argumento para refugiarnos en el silencio, en un silencio que se quiere imponer mediante argucias leguleyas. De Reyes a Cabello y Cía., en 50 años no habíamos tenido “policías del pensamiento”. Recordemos: “El peor de los males, es el que oprime el pensamiento”.
Fuente: El Carabobeño |
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