Diagnóstico de un país que hay que sanar
Escrito por Trino Márquez C. | X: @trinomarquezc   
Jueves, 09 de Julio de 2026 01:38

altLos terribles terremotos del 24 de junio mostraron las luces y las sombras de un país que durante casi tres décadas ha estado gobernado por un modelo híbrido

que combina el populismo autoritario, la destrucción de la República democrática, la corrupción, la improvisación y la ineficiencia.

En las luces encontramos el altruismo y la resiliencia de la gente. El discurso de odio promovido por el chavismo desde sus comienzos -basado en la lucha de clases, el desprecio a la ‘oligarquía’, la ‘burguesía’ y las clases medias, y el resentimiento contra los cuarenta años de la ‘cuarta República’- no fue capaz de romper los lazos de solidaridad que la sociedad tejió a lo largo de la historia.

Esos sentimientos se expresan cada vez que la nación enfrenta una crisis de grandes proporciones. Esa fue la Venezuela que se manifestó cuando el deslave de Vargas en diciembre de 1999, y que volvió a aflorar luego de los sismos de junio. El pueblo se movilizó desde los primeros minutos que siguieron a los terremotos y no ha dejado de estar presente. Miles de ciudadanos se han sacrificado con abnegación para demostrar su apoyo incondicional con quienes quedaron tapiados bajo los escombros de los edificios y casas derrumbadas.

El valor de los venezolanos ha sido ampliamente reconocido por los equipos nacionales y foráneos de rescatistas que se trasladaron a La Guaira para cooperar en las labores de salvamento. Entre los venezolanos y los extranjeros se trenzó una hermandad que sirvió para evitar que la tragedia fuese aún mayor. La ayuda, hay que destacarlo, ha provenido de gobiernos que se oponen al de Delcy Rodríguez. Señalo a Chile, El Salvador e Israel. La solidaridad frente al infortunio prevaleció sobre las abismales diferencias políticas que separan esos esquemas del que impera en Venezuela.

Ese comportamiento noble y generoso de los venezolanos, y de la comunidad internacional que nos ha apoyado, contrasta con la incompetencia, desidia e irresponsabilidad de un gobierno que, a pesar de los cambios producidos por la extracción de Nicolás Maduro, continúa aferrado a su estilo dictatorial de dirigir la nación. El miedo paranoide y la inseguridad enfermiza que padece la élite entronizada en el poder, la lleva a prohibir o restringir iniciativas colectivas e individuales si no han sido contempladas por ella (salvo que provengan de Estados Unidos).  

Numerosos compatriotas que han participado en la remoción de escombros, rescatistas provenientes de otros países y periodistas endógenos e internacionales, han suministrado suficiente información y pruebas acerca de cómo los cuerpos policiales y militares, en vez de contribuir con las labores de rescate y preservación, han actuado para obstaculizarlas o bloquearlas. Han sido ampliamente documentadas las denuncias sobre la corrupción, el abuso de poder para obtener beneficios de la desgracia ajena y la forma caprichosa como agentes de seguridad toman decisiones sin considerar la desesperada condición en la que se encuentran las víctimas y sus familiares. Esas opiniones no constituyen una matriz de opinión elaborada en un laboratorio opositor, sino la constatación de un comportamiento condenable de instituciones y organismos que deberían actuar a favor de la gente.

Los sismos mostraron una fotografía de una corporación castrense corroída por décadas de politización, deterioro ético y desmantelamiento de las funciones que le son propias: el resguardo de la integridad nacional y el compromiso con los venezolanos en situaciones de emergencia.  Evidenciaron el grado de deterioro de los centros de salud pública, a los que les falta personal y, desde aparatos de tecnología médica avanzada, hasta alcohol y gazas.

Los dos terremotos desnudaron a un gobierno incapaz de anticiparse a acontecimientos catastróficos. Sin planes de contingencia. Sin programas de auxilio frente a situaciones inesperadas de emergencia. La improvisación y desconcierto mostrado al producirse la catástrofe, son el resultado inevitable de haber acabado con la profesionalización de la gerencia pública; de carecer de equipos responsables de la planificación, seguimiento y evaluación de la gestión en áreas de alto riesgo.   Es la consecuencia de no haber sido estrictos con el cumplimiento de las normas de construcción en zonas de intensa actividad sísmica, como el litoral central y las urbanizaciones ubicadas al norte de Caracas.

Los sismos del 24 de junio mostraron un país enfermo. Una nación que cuenta con el coraje y la bondad infinita de su gente, pero que carece de un Estado y un gobierno con instituciones sólidas, concebidas para servir y resguardar a la población.

Las labores no pueden circunscribirse a la construcción de nuevas edificaciones y la recuperación de aquellas afectadas. Venezuela fue estremecida en sus cimientos físicos, institucionales y morales. Quedaron al descubierto algunas de sus grietas más hondas. Hay que rehacer las bases físicas, institucionales y éticas de la nación.  

Quienes por más de un cuarto de siglo han desmantelado el país no están capacitados para emprender esa tarea. No son aptos para diagnosticar la profundidad de la herida infringida, mucho menos de sanarla.

@trinomarquezc


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