| La peligrosa emboscada |
| Escrito por Alexander Cambero | X: @alexandercamber |
| Sábado, 04 de Julio de 2026 00:17 |
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Es cierto que no sabemos cuándo nos tocará entregarle el testigo a la tierra, que nuestra existencia cruce el umbral hacia el último peldaño, pero tampoco es para estar poniendo el acento en la muerte. Es comprensible que andemos abrumados por la tragedia originada por los terremotos. Las numerosas pérdidas humanas y materiales nos han llenado de dolor; esos segundos son la materialización de un capítulo espeluznante que cambió a Venezuela. Imaginarnos ese destino final para muchísimos hermanos en desventura es algo inenarrable; lo que es altamente peligroso es estimular una aureola que auspicia el desaliento. Y eso viene a colación por algunos mensajes que hemos leído en la volatilidad de la coyuntura; se habla en varios de ellos de que vivamos el ahora porque no sabemos hasta cuándo estaremos por acá. A simple vista es una verdad irrebatible, pero que goza de un peligroso veneno que no es otro que el de estar sentenciados. Que no es importante soñar y planificar a futuro debido a que irremisiblemente estamos condenados a perecer. Si ese fuera el concepto predominante, la humanidad jamás tendría los fantásticos avances que exhibe; los innumerables episodios que puede contar el hombre desde que pobló la tierra. Nunca habríamos llegado a la Luna porque la icónica gesta advertía el enorme riesgo de fallecer. Inmovilizarnos para solo pensar que "mañana no sabemos" es una verdad intoxicada que invita a la inacción. En ese desiderátum existencial debemos creer que la vida es una enorme oportunidad para crecer. Que la apuesta no puede ser el ataúd antes de que nos toque. Es lógico el shock como respuesta humana ante un desastre natural. Tiene que venir un procesamiento de sentimientos que se acumulan en efecto cascada; lo ideal es poder canalizarlos. Por supuesto, no formamos parte de la nomenclatura del dolor de aquellos que perdieron familiares y amigos. Son momentos en donde la frustración e inclusive el odio son parte de una misma quejumbrosa respuesta. Las situaciones extremas originan en la sociedad un proceso acelerado de incertidumbre que, yendo aguas abajo, podrá conseguirnos con una serie de desajustes emocionales producto de la naturaleza sorpresiva de lo que son los acontecimientos sísmicos; nadie está esperando un terremoto, son hechos aislados, pero que dejan secuelas profundas en la colectividad por décadas. Por ello, interpretar lo ocurrido el 24 de junio del 2026 en el área central de Venezuela es muy difícil debido a la gran cantidad de pérdidas humanas que terminan siendo testigos silenciosos de un episodio tristísimo. Es materialmente imposible colocarse en el lugar de ellos. Lo ocurrido es tan desgarrador que no existe capacidad humana para poder imaginárselo. Esa dimensión de la catástrofe son las réplicas de los terremotos, ya no en las capas tectónicas; es dentro de aquellos que sienten que parte de sus vidas no serán las mismas; cada venezolano asumió un funeral en su corazón. Los hemos llorado sin haberlos conocido. Son parte de nosotros mismos en este archipiélago de sentimientos. Cada uno tiene una forma de sentirlo y llevar el duelo. Tocará levantarnos como nación. Será el homenaje para aquellos que murieron entre los escombros que fueron más pesados cuando la ayuda no llegó a tiempo. Un gobierno que prefirió su conveniencia política a permitir que la ayuda especializada llegara sin tener que esperar tantos vericuetos burocráticos. Lógicamente, nada devolverá a las víctimas al tiempo presente. Ese sufrimiento seguirá acompañando a los familiares, pero se tendrá que aprender a vivir con el dolor; no queda de otra. @alecambero
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