El encerrona y la sensatez
Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos   
Lunes, 25 de Mayo de 2026 00:00

altLa política, como toda actividad humana, no puede estar exenta de prudencia.

Muchos confunden la audacia o la temeridad con algo tan importante como lo es la sensatez y la discreción.

Nuestra democracia, por allá a finales del 80 y en todo el decenio siguiente, perdió la brújula de la moderación, confundiéndola con complicidad. El escándalo, el amarillismo y el denigrar de la dirigencia política estaba a la orden del día. Se pensaba, incluso, que se lograba más aplauso en la opinión pública, cuanto más se aparecía en las plataformas mediáticas, desacreditando o difamando de los políticos y sus organizaciones.

AD y Copei, partidos históricos y soportes del sistema, cayeron en la trampa de algunos izquierdosos radicales y de importantes medios de comunicación. Muchos creyeron que alzar la voz contra estas organizaciones y sus directivos daba réditos, prestigio y perfiles de liderazgo. Cuán equivocados estaban. La historia se encargó de hacerlos aterrizar, aunque fuera demasiado tarde.

Nuestro querido amigo Héctor Alonso López, dirigente fundamental de la otrora Acción Democrática, publicó un artículo que lleva por título “La Encerrona” en el que, con mucho pesar,
describió el aire de retaliación y linchamiento que se respiraba en el seno de su dirección nacional. A este respecto, relata la reunión del Comité Ejecutivo Nacional celebrada el 20 de mayo de 1993 en la cual se excluyó a Carlos Andrés Pérez de las filas del partido y, sobre todo, las nefastas consecuencias que ello trajo a la vilipendiada democracia.

“La Encerrona”, como bien encabeza el artículo de marras, fue un paso más dentro una confabulación que se armó desde el mismo febrero de 1989, al asumir CAP la presidencia de la
República. No obstante, hay que subrayar que, también del lado interno, los llamados carlosandresistas, además de uno que otro funcionario público, el lanzamiento de acusaciones sin sentido, zancadillas y la difamación sin límites hacia el denominado lusinchismo, era un asunto cotidiano e inocultable. Pero, más allá del Caracazo, de las críticas acérrimas a las medidas
económicas, de los alzamientos de febrero y noviembre del año 92, lo cierto es que, en el ambiente académico, político, empresarial y comunicacional, por mencionar algunos, venía tejiéndose toda una red de señalamientos malsanos y de apoyo subrepticio a cualquier salida, aunque esta estuviese reñida con la constitución y las leyes.

Las campañas sucias de lado y lado, tanto en AD como en Copei, generaron - como era de esperarse - desaprobación y menosprecio hacia estos partidos. La designación (más no
elección) de Luis Alfaro Ucero (a quien los serviles de siempre más los infaltables jalabolas llamaban “caudillo”) como candidato presidencial en 1993 así como su abrupta
defenestración, sumado a múltiples errores, barbaridades, caprichos y personalismos, dieron al traste con la prudencia, la decencia y cordura que deben privar en la actividad política.

La victoria electoral de Hugo Chávez en 1998 fue la consecuencia más directa y diáfana de todos estos yerros y locuras.

A Carlos Andrés Pérez se la juraron desde el principio. Basta recordar la designación, como fiscal general de la República, a una persona en nada afecta a este; la ampliación de los
integrantes, cinco en total, de la antigua Corte Suprema de Justicia, en el que el cambio inmediato de criterios desbalanceó por completo la ecuanimidad debida, sustituyéndola por premisas e intereses político-partidistas. A esto hay que agregarle la rapidez con que se elaboró el informe de la Comisión de Contraloría de la Cámara de Diputados, la acusación del fiscal general, el pronunciamiento de la C.S.J. en cuanto a lo procedente del antejuicio de mérito y finalmente, el 21 de mayo de 1993, la separación del cargo de presidente de la República, aprobada por el senado.

“La Encerrona” a la que se refiere Héctor Alonso López, nos enseña, de forma muy pedagógica, como los exabruptos y personalismos causaron tanto daño a la ya golpeada democracia que, aun hoy, todavía lidiamos con sus secuelas y fatalidades. Un artículo diáfano y de una vigencia extraordinaria.

De una vez por todas aprendamos que, en política, parafraseando a Gonzalo Barrios, la sensatez y la prudencia reclaman su puesto en la mesa de la democracia.

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