| Reconstruir el liderazgo |
| Escrito por Freddy Marcano | X: @freddyamarcano |
| Martes, 24 de Febrero de 2026 00:00 |
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Venezuela atraviesa uno de esos tránsitos complejos en los que no basta con cambiar nombres o consignas: se requiere repensar la naturaleza misma del liderazgo y su vínculo con el pensamiento crítico. Porque cuando la política se desconecta de la reflexión racional y de la ética institucional, termina subordinada al ego, a la emoción inmediata y al aplauso circunstancial. Max Weber sociólogo, economista y político, advertía que existen distintas formas de autoridad, pero que la más sólida para las democracias modernas es aquella que descansa en normas impersonales y no en el carisma de un individuo. Cuando la legitimidad se traslada del orden jurídico al magnetismo personal, la política deja de ser un ejercicio institucional para convertirse en una relación emocional entre líder y seguidores. Esa deriva, tan frecuente en América Latina, suele debilitar las estructuras republicanas y concentrar el poder en voluntades particulares. Por su parte, Jürgen Habermas filósofo y sociólogo, sostiene que la legitimidad democrática nace del diálogo racional, de la deliberación abierta en un espacio público donde los argumentos pesan más que los gritos. Sin pensamiento crítico no hay ciudadanía madura; y sin ciudadanía madura no hay liderazgo responsable. La democracia, en esta visión, no es solo un mecanismo electoral, sino una cultura del debate y la construcción colectiva de consensos. Si observamos la trayectoria reciente del país, resulta evidente que la política desde hace un largo tiempo se ha ido alejando de esa doble exigencia: institucionalidad fuerte y deliberación racional. El discurso ha sustituido al argumento; la polarización ha desplazado al diálogo; el personalismo ha eclipsado a la organización. Tanto en los que controlan el poder y destruyeron la institucionalidad como en algunos sectores opositores, el liderazgo ha tendido a girar más alrededor de identidades individuales que de proyectos estructurados de nación. No siempre fue así. Tras la muerte de Juan Vicente Gómez y, con mayor claridad, luego de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, emergió una generación política que entendió que el desafío no era solo conquistar el poder, sino organizarlo bajo reglas estables. Rómulo Betancourt, con todas las tensiones propias de su tiempo, apostó por la institucionalización democrática, por la alternancia y por la construcción de acuerdos que trascendieran personas. No se trataba de la adoración de un líder, sino de la consolidación de un sistema. Aquella generación comprendió que la fortaleza de la República dependía más de las normas que de los nombres. Hoy, después del punto de inflexión ocurrido en enero y en medio de una profunda incertidumbre nacional, el país enfrenta nuevamente esa encrucijada. Persistir en liderazgos centrados en el protagonismo individual o reconstruir una cultura política basada en instituciones, deliberación y responsabilidad colectiva. La primera opción ofrece épica inmediata; la segunda exige paciencia, formación y sentido de Estado, que nos puede llevar a consolidar una democracia más estable. El pensamiento crítico no es un lujo académico; es la condición para edificar liderazgos sólidos y democracias estables. Venezuela necesita dirigentes capaces de anteponer la contribución al país por encima de la construcción del ego, capaces de someter sus decisiones al escrutinio público y de fortalecer instituciones que sobrevivan más allá de sus propios mandatos. Solo así la política volverá a ser un instrumento de transformación nacional y no un escenario de protagonismos efímeros. IG ,X: @freddyamarcano |
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