| Amigos de la posverdad: paren |
| Escrito por Mibelis Acevedo D. | X: @Mibelis |
| Martes, 08 de Julio de 2025 00:00 |
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El intento de manipulación emocional de la realidad que involucra a sujetos voluntariamente dispuestos al engaño -la posverdad-; y la afirmación que desmerece, oculta maliciosamente la verdad, contradice los hechos para embaucar al engañado involuntario -la mentira- están hermanadas por su común impacto en la confianza, por su apelación a factores como la ignorancia, la charlatanería, la demagogia, la desinformación, la descontextualización. El efecto de la posverdad en la esfera pública, sin embargo, suele ser más profundo, extenso y dañino, en tanto hace mucho más difícil distinguir esa verdad comprobable y asociada a la evidencia fáctica de aquello que, definitivamente, no lo es. Tal vez el problema mayor en el caso de la posverdad es que esta se forja con base en un sustrato de medias verdades, un tufo de certeza, un aliño de apariencia que invita al inconsciente a avalar la añagaza y cancelar toda tentación de duda metódica y autocomprensión. El propósito es que el dato se ajuste a la narrativa preexistente, claro, no que la realidad establezca el único parámetro válido para detectar la falsedad y redefinir el relato. En este sentido, la posverdad es una arma poderosa para políticos sin escrúpulos: actores guiados por el afán de ganar adhesiones con base en afirmaciones/opiniones que simulan estar justificadas por hechos objetivos, y que en realidad son invitaciones a rendirse al tribalismo emocional, a tomar atajos cognitivos, a dejar de pensar. Hablar de posverdad, ya sabemos, se puso de moda en los últimos años, al punto de que en 2016 fue declarada como palabra del año (“post-truth”, “postfaktisch”) por el Diccionario de Oxford y la Sociedad de la Lengua Alemana. Pero también sabemos que el fenómeno no es nuevo. La historia registra ejemplos de esa tensión dialéctica que, más que oposición entre verdad y mentira, remite a la antigua puja entre verdad racional y apariencia de verdad, entre doxa y episteme. Para Sócrates, por ejemplo, el debate con sofistas como Gorgias o Protágoras seguramente equivalía a tratar con expertos de la posverdad, más interesados en la persuasión de la audiencia mediante la conjetura tendenciosa y el relativismo moral que en la concepción de nociones puras o los “descubrimientos de hechos naturales objetivos e inalterables” (Isaiah Berlin, 1973). En su Apología, Platón da cuenta del desconcierto de su maestro ante las mañosas imputaciones que se divulgan en su juicio: “no sé, atenienses, la sensación que habéis experimentado por las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su efecto, yo mismo he estado a punto de no reconocerme; tan persuasivamente hablaban. Sin embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero”. El engaño masivo -tal como el propio Goebbels instruía- prospera junto con la “mentira repetida mil veces”, ampliamente difundida y generosamente enfundada en empaques publicitarios que suelen menospreciar la verdad, exaltar la ignorancia y ennoblecer prejuicios y creencias personales. Algo muy común en tiempos en que las redes contribuyen a construir y deconstruir narrativas en segundos, desmantelando aquello que Arendt identificaba como los “repositorios de la verdad”: el sistema judicial, la academia y el sistema educativo; la ciencia, el periodismo. En ese rechazo postmoderno a la razón, el de una era en la que “tú eliges tu propia verdad”, no ajena al anti intelectualismo y la contrailustración -fenómeno que, asociado al romanticismo alemán de fines del siglo XVIII y principios del XIX , Berlin describió como relativista y antirracionalista- quizás podrían rastrearse algunas fuentes en las que abreva la posverdad del siglo XXI. Topamos con esa contradicción que describe el académico Jacobo Zabalo: un mundo cada vez más abierto, interconectado, hambriento de información y crítico respecto a los grandes discursos e ideologías, “habilita al mismo tiempo el espacio para la difusión de opiniones infundadas, que ofrecen algo distinto a la verdad”. Contradiscurso que se encaja “con autoritarismo paradójico, como si el hecho de ser difundido masivamente garantizara su validez”. Una visión espuria de esa verdad consensuada que contiene y define a la acción política -resultado que, en teoría, surgiría del proceso de deliberación plural y acuerdo contingente en la esfera pública, y que acá más bien se impone artificialmente y desde fuera de los individuos- aparece para justificar la obediencia. El tipo de manipulación creativa que hizo posible la caída de Troya, la información embellecida, como explica Ralph Keyes (2004), induce a caminar más allá del reino de la exactitud hacia un reino de la narrativa en el que esa “otra verdad” se presenta como mejor, más real. Allí, los sentimientos obnubilan las ideas, impulsan movimientos de masas gracias a la seudoparticipacion en redes sociales, la destrucción de la realidad, la evocación de un mundo falso pero “más adecuado a las necesidades de la mente humana que la realidad misma” (Arendt, 1967). ¿Que persiste allí un peligro para las sociedades exasperadas de las que habla Daniel Innerarity: a menudo dominadas por expectativas poco razonables y donde proliferan los movimientos de rechazo, rabia o miedo? Sin duda. La lista de expresiones de esa pseudología que ha resultado en trágico autogol es tan extensa y disímil como estremecedora. Nunca dejará de perturbar, por ejemplo, la engañifa sobre las armas de destrucción masiva en Irak, el presunto vínculo de Hussein con Al Qaeda y la supuesta compra de uranio a Níger; una campaña propagandística que desde finales de 2001 empezó a galvanizar eficazmente a la opinión pública a favor de la guerra, y que acabó como mácula indeleble en el prestigioso historial del secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, entre otros. Con menos bajas (sin contar la de la verdad) pero con mismo efecto autodestructivo y corruptor de la conversación pública, también figuran allí narrativas como la que alentó el Brexit en Reino Unido o dio por sentado que los demócratas habían robado la elección a Trump en 2020. El tiempo pasa, sí, pero los daños quedan. En similar tónica y tras la coartada de un nacionalismo a ultranza, hoy se agudiza esta ofensiva contra el inmigrante que en EE. UU. se traduce en persecución y terror, en segregación, xenofobia y crueldad llevados a niveles impúdicos, pero excusados de manera oficiosa por la “necesidad” de responder a la coyuntura caótica y amenazante. En la embestida sin matices contra un demonizado otro, se cuela el ruido del “venezolano-criminal”, el del migrante sin documentación ahora arbitrariamente asociado al (ya cuasi-mítico) Tren de Aragua. Es el relato hipertrofiado por la apariencia de verdad que además propagan algunos compatriotas, los interesados en medrar en el embuste sistemático como los cautivados por el “hecho alternativo” y reacio al fact-checking. Ante ese vacío de ética y entendimiento, la incapacidad para conocer las causas de las cosas y responsabilizarse por los efectos de tales distorsiones, valdría la pena tomar nota del intercambio que en 2024 se daba entre el director general de la Policía Nacional española, Francisco Pardo Piqueras, y el diputado de VOX, Javier Ortega Smith. Este último porfiaba durante su alocución en el Congreso que la inmigración y la delincuencia estaban estrechamente vinculadas. Al responder con cifras incontestables -“75% de los delitos los cometen nacionales españoles”- Pardo Piqueras asestó con pulcritud: "El ruido no hace bien… debemos tener humanidad… de patriota a patriota: paren. No tiene sentido lo que hacen".
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