| 2021 (una fábula) |
| Escrito por Iván R. Méndez | X: @ivanxcaracas |
| Domingo, 07 de Febrero de 2010 10:16 |
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apenas cruzó la aduana y dejó sus últimos sucres como pago del impuesto de salida. El censo de la Pequeña Venezia no acusó su marcha, ni siquiera en los decimales. Esa nación, con sus 33 millones de habitantes, podía prescindir cuantitativamente de ese grupo de inadaptados con un coeficiente intelectual superior a 120: visto de cerca tiene cierta lógica, ya que la inteligencia puede definirse como la capacidad para resolver problemas y en ese país las políticas públicas estaban encaminadas a crearlos. La presidencia del reino se ejercía desde La Habana y Pekín, pero el Franquiciado Maestro de Caracas daba la cara y se enfrentaba a constantes procesos revocatorios y constituyentes convocados por él mismo. Aunque costosos, esos eventos permitían drenar la rabia desenfrenada que sus poquísimos seguidores sentían por las expectativas insatisfechas, las cuales empeoraban ante la seguidilla de titulares amarillistas (en medios imperialistas) sobre corrupción, tráfico de influencias y descalabro de las últimas corporaciones, que en más de un 80% fueron confiscadas por el líder y sus franquiciados. Cuando ganaban esas competiciones, se volvían a sentir sedados y esperanzados , aunque las tripas les sonaran más y más una vez les faltara el licor y los mendrugos de pan. El equipo de negocios del Neo-Libertador fue renunciando discretamente y, como una mano a la cual súbitamente le amputan dos o tres dedos, el líder tuvo que aprender nuevas formas para seguir haciendo lo mismo con menos personas de confianza. Así, un bachiller que hasta el lunes a las 03:15 PM ejercía como Delegado de Finanzas, podía despertar el martes con la noticia de su nombramiento, en paralelo, como Delegado de Salud y embajador en Etiopía. Cada hombre ejercía cuatro o cinco cargos de máxima jerarquía, con tal ubicuidad que podía atender una reunión a las 2:17 PM en los cinco despachos y sin utilizar artilugios como Internet o el teléfono. No obstante, esos milagros no eran reconocidos por el Comandante Plus Superior (CPS), quien a veces lo culpaba, frente a las cámaras de televisión, por un súbito aguacero que inundaba tierras y rancherías en Apure o por el alza del euro en las bolsas de México. No había artilugio para mantener feliz al Franquiciado Maestro. Hasta que el psiquiatra dedicado a recoger basura de las calles, como si estuviese recopilando su propia historia familiar, diagnosticó que sólo una conversación con Bolívar o Martí, podría traerle sosiego. Se contrataron brujos de Birongo y Sorte, pero fueron los seguidores de la Corte de los Santos Malandros quienes lograron producir el encuentro… Se cuenta que en La Casona, durante dos semanas, se escucharon caballos en el área de cocina y varios soldados de la guardia de honor confirmaron que una suerte de gnomo mariachi (Bolívar apenas medía 1.62 mts.) aparecía en las madrugadas y se ponía a llorar desconsoladamente. El Yo Supremo nunca lo vio, pero sabía que era el Libertador, pues a nadie más podía emocionarle tanto la Pequeña Venezia del siglo XXI. Otros, ahora desaparecidos, susurraron que ese llanto era puro desconsuelo ante la desolación que Páez y sus seguidores históricos le propinaron al país. La nación, lentamente, se fue sumiendo en una idiotez colectiva, con una coreografía de hambre y dependencia que apenas si era atendida por los camiones cargados de caraotas, agua mineral y sardinas importadas desde Managua, La Paz y Moscú. Poco a poco, los niños dejaron de reír. A muchos ancianos les apareció un brillo en los ojos, como si el demonio encendiera un fósforo detrás de sus retinas. Todos empezaron a desconfiar de todos. El síndrome se atacó, desde Arriba, mediante prohibiciones de utilizar colores como el rojo, el verde, el azul marino o el anaranjado. A su vez, se suspendió la operación de todas las empresas cableteras, que sumisamente se habían plegado al Uno con sus alicates. Pero olvidaron que éste no agradecía fidelidades, pues estaba convencido que todos querían lo que él tenía: el amor de su pueblo. En las pantallas de los televisores se proyectaba el mismo programa (“Alo soy yo mismo”) y a la misma hora, usualmente producido por la cadena Del Sur, un canal informativo que abarcaba hasta un 0.03% de las audiencias del subcontinente. En ese show, veraz, el Líder divagaba sobre el “socialismo en el cielo”, el poder de los remedios sistémicos y sobre un sistema de enseñanza del Wayúu por correspondencia. No se han recibido más noticias de la Pequeña Venezia desde que colapsaron las redes de comunicación, algunos dicen que por capricho del Franquiciado Maestro, pero otros aseguran que por falta de mantenimiento. A Laureano Márquez y su creatura Esteban Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla PD: El autor notifica que los hechos aquí narrados son pura fantasía, más cercanos a una versión de la película Idiocracy que a la surrealista vida al Norte de Sudamérica. |
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