La Gran Potencia
Escrito por Karl Krispin   
Sábado, 16 de Enero de 2010 18:05

altEn un programa de ciencia ficción del canal del Estado, se nos aleccionó con que a la vuelta de la esquina seríamos  una gran potencia. El fabulador adelantaba que primero pasaríamos por una década de plata hasta ingresar en la década de oro en la cual se harían valederas sus predicciones. Pidiéndole a su circo particular que lo vitoreara, la audiencia rugía de emoción cada vez que el nigromante materializaba un futuro crecimiento del PIB o una hinchazón en las reservas internacionales. Era como si la magia lo acompañara porque al día siguiente la gente comentaba sus ritos. Qué más da que fungiera de Walter Mercado o del mismísimo Sai Baba. Lo que importaba de sus trucos es que la prensa diera cuenta de sus largas peroratas en las que invertía inútilmente el tiempo.

Quien sabe si en el futuro, al estilo de la prosa imaginaria de Borges, algún e-book comente este infeliz momento por el que pasamos los venezolanos. Lo cierto es que no somos una gran potencia y dudo que alguna vez lo seamos, al menos si continuamos con las políticas populistas de la ineptocracia que nos desgobierna. El país de los eternos recursos, que no sabe producir ahora petróleo porque quebró a su estatal emblemática. El territorio de los tantos ríos donde se hubiesen podido levantar muchas represas. Esa era la tierra prometida convertida en baldía cuya ilusión se perdió como el agua en el agua también citando al ciego ilustre.

La oscuridad del ciego ilustre era por lo contrario creativa y vivaz. La incapacidad ha hecho enceguecer a nuestro país y sufrimos unos apagones patrocinados por esa caricatura llamada Corpoelec que no sabe enfrentar ni un cortocircuito. (¿Dónde están por cierto los responsables de todo este enredo, los ministros Giordani y Ramírez?). Fue tal el desprecio y el rechazo de la calle por la medida que en menos de 24 horas estos iluminados se echaron para atrás. Uno de los hombres más meritorios de nuestro país fue Ricardo Zuloaga, el fundador de La Electricidad de Caracas, una empresa hecha polvo por quienes arrogantemente se cebaron con ella para destruirla. Aquí opera el mito del Midas al revés. Zuloaga ha sido más importante que toda la galería de pendencieros uniformados a la que se le encienden velas en el altar de la nacionalidad. Vamos a entenderlo ahora que cumplimos doscientos años de nuestra separación de la Corona: Vale más la pena que nos fijemos en los próceres civiles.

En la víspera de ese Bicentenario nos preparamos el traje de gala con una moneda devaluada, con Caracas en el cuarto puesto de ciudad más peligrosa del planeta, con los servicios colapsados, una democracia de mampostería, el campo abandonado, las industrias quebradas, la propiedad privada expuesta a todas las arbitrariedades y unos recaderos que para contentura del Supremo piden acabar con la independencia de los poderes. Menuda celebración el de la gran potencia.

La gran potencia no tiene nada que festejar sino lamentar. Habrá que recoger los vidrios rotos y ponerse a reconstruir. Buena parte del craso error de nuestro proceso histórico fue haber apostado al Estado y no al emprendimiento individual. Esto lo impulsamos desde el 18 de octubre de 1945, entre dislates y aciertos, sin pensar que llegaríamos nunca a este abismo de hoy. Lo único que nos acercará a un modesto puesto en el contexto internacional será el capitalismo, vigoroso y ético con una mínima irrupción del Estado como actor de buena fe. Recientemente Chile ingreso en la OCDE. Eso lo hubiese podido hacer nuestro país si el plan de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez se hubiese completado con apego a desmontar los controles del Estado y a fundar por vez primera desde 1830 una economía libre. Pero con lo que no contamos es que llegarían los depredadores con los retratos de Marx y Lenin recogidos del basurero de la historia. ¿A qué luz tendremos que entregarnos para librarnos de estas sombras?

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