Los caza fantasmas
Escrito por Jesús Seguías   
Martes, 22 de Septiembre de 2009 02:08

altLa revolución venezolana no puede limitarse a estruendosos discursos contra otros venezolanos, o a una inútil lucha contra fantasmas nacionales e internacionales. Hay que ir, de una vez por todas, y por Dios, al fondo del problema: a la gran revolución que eduque


Si algo no amerita discusión es que Venezuela necesita una revolución. Siempre la necesitó. La discusión radica en cuál es el carácter de esa revolución.

De manera que saber definir, en este momento estelar de nuestra historia, los parámetros de la verdadera revolución, y clasificar a nuestros verdaderos adversarios, son la clave de toda la discusión que hoy conmueve a Venezuela, y tiene en vilo al continente americano.

A mi entender, la guerra contra la pobreza y la intolerancia es lo verdaderamente histórico en Venezuela y en América Latina toda. La experiencia política nos ha enseñado terminantemente que el enfrentamiento contra unos adversarios ocasionales (y algunos de ellos son fantasmas rebuscados) es lo banal, y es lo mismo que los venezolanos venimos haciendo sin pausa desde hace 180 años. Siempre buscamos un culpable externo a nuestras tragedias. Tiempo perdido. Seguimos atascados.


Los fantasmas que nos atascan

Los parámetros de la revolución antiimperialista y anticapitalista quedaron obsoletos hace más de 40 años. El imperialismo muere después de la Segunda Guerra Mundial.

El imperialismo, hasta 1945, fue el recurso de las grandes potencias económicas industrializadas para asegurarse los mercados. Era un fenómeno más de carácter económico-militar que de carácter político-militar. Los mercados se conquistaban más con los ejércitos que con los vendedores.

Pero después de la derrota del fascismo y del ultranacionalismo, el comercio en el planeta queda bajo el control y regulación del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio), hoy Organización Mundial del Comercio, y que es resultado de un acuerdo civilizado entre todas las naciones del mundo. Todos pueden vender y comprar a quienes quieran, y ningún mercado es propiedad de ninguna potencia extranjera sino de sus conciudadanos. Es un avance gigantesco en la historia de la humanidad. Pero los caza fantasmas aun lo ignoran.

Venezuela es el mejor ejemplo de ello. Hoy nos damos el lujo de agredir como nos viene en gana al “imperio yanqui” (irónicamente nuestro mejor mercado), amenazamos con una revolución anticapitalista, con acabar con los ricos,  pero seguimos vendiendo al imperio nuestro petróleo al mejor precio del mundo, “chinchín” (de contado), y donde la mejor tajada nos la llevamos los venezolanos, y sin que pase nada trascendente. Desde hace unos cuantos años (desde que los adecos eran gobierno) Venezuela vende el petróleo soberanamente a quién quiera y como quiera. Durante la era imperialista, eso era sencillamente inconcebible. Los caza fantasmas lo saben, pero se hacen los “gringos”.

El capitalismo llega a su fin

Pero es que el capitalismo clásico también muere en términos históricos y entramos en una era marcadamente Post-capitalista. Al morir estos dos fenómenos históricos (el imperialismo y el capitalismo), quedan inutilizados todos los frentes de batalla que se levantaron contra ellos. Pero también quedan inutilizadas todas las propuestas políticas y económicas que lucían como alternativas: el socialismo real, el capitalismo de estado, la dictadura del proletariado, y muchos otros paradigmas. El fracaso de la revolución cubana, soviética y china son más que elocuentes.

Pero el fracaso del socialismo real, del capitalismo de estado, de la economía planificada, del igualitarismo y el colectivismo, de la lucha de clases, del humillante culto a la personalidad de un líder, no significa que el Socialismo deba morir también. Simplemente se trata de que, ante esta nueva realidad histórica, se impone una redefinición del socialismo. Eso lo han venido haciendo pragmáticamente los chilenos, los españoles, los brasileros, y muchos otros.

La nueva revolución

La sociedad post capitalista está dejando muchas lagunas. Gracias a la revolución tecnológica que estamos viviendo, desaparece el viejo orden mundial pero aun no ha nacido el nuevo orden. Estamos frente a un verdadero desorden mundial y no sabemos por cuánto tiempo. ¿Será el socialismo la alternativa? ¿Cuál socialismo? ¿El que fracasó? ¿O el que esté dispuesto a acoplarse a los cambios que registra la humanidad? Pero además ¿la nueva revolución debe llamarse necesariamente “socialista”, como si éste término o concepto político fuese un mandato de los Dioses del Olimpo,  o un dictamen religioso ortodoxo? Esto último es inconcebible en un revolucionario científico.

Pero mientras definimos estos aspectos secundarios del cambio, debemos enfocarnos en dos fenómenos que sí son relevantes y urgentes: la guerra contra la pobreza y la implantación de una verdadera cultura democrática en Venezuela y en América Latina.


Ninguna revolución será verdadera en el siglo XXI mientras esté sustentada en la pobreza, el autoritarismo y/o el totalitarismo.

Y no podemos dejar de ser pobres si seguimos mirando con recelo a los ricos, si seguimos soslayando nuestra responsabilidad individual en la generación de riquezas, y más ahora cuando las nuevas tecnologías ponen al alcance de todo el mundo las herramientas para desatar todo el potencial que llevamos los seres humanos para generar riquezas. La diferencia entre los pobres y los ricos a partir de ya será la cantidad de conocimientos que le inyectemos a esas herramientas y las pongamos a rodar en el mercado.

La revolución venezolana no puede limitarse a estruendosos discursos contra otros venezolanos, o a una inútil lucha contra fantasmas nacionales e internacionales. Hay que ir, de una vez por todas, y por Dios, al fondo del problema: a la gran revolución que eduque a la gente para la democracia, para la ciudadanía activa, para el comunitarismo, y para la generación de riquezas. Eso sí es lo trascendente. Eso sería lo único auténticamente revolucionario. Y para ello, repito, no hace falta enfrentarse a nadie.

¿Por qué no darnos la mano, entonces? ¿Por qué en vez de asociarnos con regímenes totalitarios y fracasados no nos unimos a las fuerzas desarrolladas del planeta? ¿Quién está velando por los intereses y el futuro de Venezuela? Se requiere con urgencia alguien que lo haga.

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