Nazareno Revolucionario
Escrito por Francisco Gámez Arcaya   
Martes, 03 de Abril de 2012 01:29

altViajaba en un barco de madera, junto a botellas de brandy y pesados baúles llenos de los enseres de aventuradas familias españolas.

En estas épocas de 1600 nunca se sabe si los pasajeros llegarán a su destino final. El Océano Atlántico sigue siendo un misterio y todos van colgados de la misericordia de Dios. Ahí viaja una imagen tallada que representa a un Cristo que carga con su cruz, tamaño natural, dicen que de madera sevillana, dicen que del artista Felipe de Ribas.

Al llegar a la Guaira, llena de vetas de sal, la talla es llevada a Caracas, a la Capilla de San Pablo el Ermitaño, construida cien años atrás unas cuadras al sur de la Plaza Mayor. Ya para el mes de junio de 1674, se consagra la imagen y se le da un lugar importante dentro de la centenaria Capilla.

El tiempo corre y el pueblo caraqueño, a golpes de devoción, le da el nombre de “Nazareno de San Pablo”, haciendo alusión a la capilla que lo resguarda.

Muchas cosas pasan en la Caracas colonial. Cuentan, por ejemplo, que frente a la capilla había una pequeña plaza a la que acudían muchos a dirimir conflictos domésticos con la intervención de improvisados árbitros. Los argumentos, a veces subidos de tono, llegaban a los golpes y la gente se refería a ellos como “sampableras”, por el lugar geográfico de los acontecimientos. Mientras eso ocurría y nuestros venezolanismos se forjaban con la historia, el Nazareno de San Pablo seguía siendo nuestro testigo.

Varias veces, el Nazareno salía en procesión cuando la enfermedad se desbordaba. Eran tiempos de vómitos negros en pleno siglo XVII. En la esquina de Miracielos, durante una procesión suplicante de salud, la cruz del Nazareno tumba varios limones que luego sirven de remedios milagrosos para la terrible peste.

Pasan los años y seguramente, Simón Bolívar, siguiendo la conocida devoción de su madre, acudiría devoto, como cualquier caraqueño, a los pies del Nazareno de San Pablo.

Y el tiempo sigue transcurriendo. Y viene Guzmán Blanco a gobernar junto con su anticlericalismo masónico. Para hacerse un teatro al estilo francés, que llevara su nombre y albergara su ego, ordena demoler la Capilla de San Pablo. Cuentan que, en 1881, el día de la inauguración del Teatro Guzmán Blanco, hoy Teatro Municipal, Guzmán escuchó aterrado una voz que le interpeló por el derrumbamiento de la Capilla. De seguidas ordenó la construcción, cuadra y media más allá, de la Basílica de Santa Teresa. El Nazareno es mudado al nuevo templo donde todavía pernocta a diario desde aquellos tiempos.

Desde siempre y hasta nuestros días, todos los Miércoles Santos, ignorando el caos capitalino, miles de orquídeas adornan la talla y sale en procesión el Nazareno de San Pablo con una cola multitudinaria de fieles vestidos de morado.

Se trata del mismo Nazareno que viajó en barco, que presenció sampableras, que tumbó los limones en Miracielos, que fue visitado por el Libertador, que fue despojado de su templo por un caudillo. Es ese mismo que sigue en pie cargando su cruz y saliendo a las calles de Caracas como símbolo de fe, de tradición y de cultura. Aquellos gobernantes que se sienten eternos y revolucionarios, todos pasajeros, todos demagogos, deben ver que no hay nada más revolucionario que perdurar en el tiempo y en el amor del pueblo, tal y como lo ha hecho nuestro Nazareno de San Pablo.

@GamezArcaya


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