Gregor Mendel y el conflicto entre ciencia y religión
Escrito por Iesus Markanus   
Domingo, 19 de Julio de 2026 00:00

altEste 20 de julio se cumplen 204 años del nacimiento de Gregor Mendel, el padre de la Genética. Hoy su nombre es sinónimo de las leyes de la herencia biológica, fundamento de una disciplina que ha transformado nuestra comprensión de la vida

y que promete seguir revolucionando el futuro de la humanidad mediante avances como la medicina personalizada, las terapias génicas e incluso la posibilidad de corregir enfermedades hereditarias antes de que lleguen a manifestarse. 

Pocas figuras científicas han ejercido una influencia tan profunda con un trabajo experimental aparentemente tan sencillo. En el pequeño jardín de un monasterio, cultivando plantas de guisantes y analizando con extraordinaria paciencia miles de cruces entre ellas, Mendel descubrió las reglas matemáticas que gobiernan la transmisión de los caracteres hereditarios. Sus hallazgos, ignorados durante décadas, terminarían convirtiéndose en el punto de partida de una de las ciencias más importantes de nuestro tiempo.

Pero la vida de Mendel ofrece una enseñanza que va mucho más allá de la genética. Su biografía cuestiona una de las ideas más difundidas sobre la historia de la ciencia: la creencia de que el progreso científico sólo fue posible gracias a un enfrentamiento permanente entre la ciencia y la religión, o entre la ciencia y la Iglesia. Esa imagen, profundamente arraigada en la cultura popular, sigue apareciendo en libros, documentales y debates públicos, aunque desde hace décadas numerosos historiadores especializados la consideran una simplificación que no hace justicia a la complejidad de los hechos.

La historia personal de Mendel invita a mirar esa cuestión desde otra perspectiva.

Johannes Mendel —quien adoptaría el nombre de Gregor al ingresar en la vida religiosa— nació el 20 de julio de 1822 en Heinzendorf, una pequeña localidad del entonces Imperio austríaco, hoy parte de la República Checa. Era hijo de una humilde familia campesina y, como la inmensa mayoría de los niños de su condición social, parecía destinado a trabajar toda su vida en las labores agrícolas para ayudar al sustento familiar.

Sin embargo, desde muy joven mostró una notable facilidad para el estudio. Sus maestros advirtieron enseguida que poseía un talento poco común, especialmente para las ciencias naturales y las matemáticas. El problema era que el talento, por sí solo, no bastaba. La situación económica de su familia hacía casi imposible costear estudios superiores y, además, necesitaban que el joven Johannes contribuyera al trabajo del campo.

Fue entonces cuando apareció la primera de varias personas que cambiarían el rumbo de su vida. El sacerdote de su localidad, convencido de las capacidades intelectuales del muchacho, animó a sus padres a hacer un enorme esfuerzo para que continuara estudiando. Gracias a ese apoyo, Johannes pudo completar la enseñanza secundaria, aunque al finalizarla volvió a enfrentarse a la misma realidad: no tenía recursos para ingresar en la universidad y su familia ya no podía seguir sosteniendo ese sacrificio.

La solución llegó de la mano de otro sacerdote, Friedrich Franz, su profesor de Física en la secundaria, quien conocía bien las aptitudes del joven estudiante. Fue él quien le sugirió una alternativa que cambiaría la historia de la ciencia: ingresar en la Orden de San Agustín, concretamente en la Abadía de Santo Tomás de Brünn, la actual ciudad checa de Brno.

 Abadía de Santo Tomás de Brünn

La propuesta no consistía simplemente en abrazar la vida religiosa. La abadía era también un activo centro intelectual. Contaba con una importante biblioteca, un jardín botánico de gran calidad y una comunidad donde se valoraban el estudio, la investigación y la formación universitaria de sus miembros. Para un joven sin recursos, pero apasionado por la botánica y las ciencias naturales, aquella institución representaba una oportunidad que difícilmente habría encontrado en otro lugar.

Mendel comprendió que aquella puerta podía permitirle desarrollar la vocación científica que, de otro modo, habría quedado frustrada por las limitaciones económicas. Ingresó en la abadía a los veintiún años y nunca volvió a abandonarla. Con el tiempo llegaría incluso a convertirse en su abad, la máxima autoridad de la comunidad. Lo que entonces nadie podía imaginar era que aquella decisión cambiaría para siempre la historia de la biología.

La elección de ingresar en la Abadía de Santo Tomás no sólo cambió el destino personal de Gregor Mendel; también hizo posible el nacimiento de una nueva ciencia.
La comunidad agustina de Brünn no era un monasterio aislado del mundo ni dedicado exclusivamente a la vida contemplativa. Por el contrario, se había convertido en uno de los centros intelectuales más activos de la región. Sus monjes cultivaban el estudio de la filosofía, las ciencias naturales, la música y las artes, mantenían contacto con científicos de otras ciudades europeas y alentaban a quienes demostraban aptitudes para la investigación.

Los superiores de la abadía comprendieron rápidamente el talento de Mendel y decidieron invertir en su formación. Gracias a ese respaldo pudo cursar estudios en la Universidad de Viena, una de las instituciones académicas más prestigiosas del Imperio austríaco. Allí recibió una preparación excepcional en Física, Matemáticas, Botánica y Ciencias Naturales.
Aquella formación sería decisiva. Mendel no fue simplemente un botánico que cultivaba plantas por afición. Supo combinar la observación rigurosa de los organismos vivos con el razonamiento matemático y el análisis estadístico, una manera de investigar extraordinariamente innovadora para su tiempo. Precisamente esa combinación le permitió descubrir regularidades que habían pasado inadvertidas para otros naturalistas.

De regreso a Brünn, el jardín botánico de la abadía se convirtió en su laboratorio. Durante casi una década realizó miles de cruces controlados entre distintas variedades de plantas de guisantes (Pisum sativum), registrando meticulosamente los resultados generación tras generación. Lo que para cualquier observador habría parecido un trabajo repetitivo y rutinario, para Mendel era un experimento cuidadosamente diseñado.

Su paciencia tuvo recompensa. En 1865 presentó los resultados de sus investigaciones ante la Sociedad de Historia Natural de Brünn y un año después los publicó bajo el título Experimentos sobre híbridos de plantas. En ese trabajo formuló las leyes que explican cómo se transmiten los caracteres hereditarios de una generación a otra.

Paradójicamente, casi nadie comprendió la importancia de aquel descubrimiento al momento de su publicación  y su trabajo pasó prácticamente inadvertido por décadas.
Hoy resulta difícil exagerar la trascendencia de aquella investigación. Sin las leyes de Mendel difícilmente existirían la genética moderna, la biología molecular, la ingeniería genética o buena parte de la medicina contemporánea. En cierto sentido, buena parte de la revolución biotecnológica del siglo XXI tiene sus raíces en aquel modesto jardín de un monasterio moravo.
Pero la historia de Mendel plantea una pregunta que rara vez aparece en los libros de divulgación.

Si el fundador de la Genética recibió apoyo económico de una comunidad religiosa, fue formado en una universidad donde la filosofía, la ciencia y la teología convivían como parte de un mismo proyecto intelectual, y realizó sus investigaciones durante toda su vida dentro de una abadía, ¿cómo llegó a difundirse con tanta fuerza la idea de que la ciencia moderna sólo pudo desarrollarse luchando contra la religión?

La respuesta se encuentra en una interpretación de la historia que comenzó a ganar enorme popularidad precisamente cuando él aún vivía.
A finales del siglo XIX aparecieron dos libros que tendrían una influencia extraordinaria sobre la manera en que millones de personas entenderían la historia de la ciencia. Sus autores, ambos estadounidenses, fueron el médico e historiador John William Draper y el educador Andrew Dickson White.

Draper publicó en 1874 History of the Conflict between Religion and Science. Dos décadas más tarde, White desarrolló la misma idea en su extensa obra A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom. Ambos sostenían que la historia de Occidente podía entenderse como una larga guerra entre dos fuerzas irreconciliables: por un lado la razón científica y, por el otro, la religión organizada, especialmente la Iglesia católica.

La tesis resultaba sencilla, poderosa y fácil de recordar. Según esta interpretación, el pensamiento griego había sembrado las semillas de la ciencia racional, pero la expansión del cristianismo habría interrumpido ese desarrollo durante más de un milenio. Sólo con el Renacimiento, la Reforma y la progresiva pérdida de influencia de la Iglesia habría sido posible el renacimiento del pensamiento científico que culminaría en la Revolución Científica de los siglos XVI y XVII.

Era una narración atractiva. Explicaba la historia mediante un enfrentamiento entre héroes y villanos, entre el progreso y el oscurantismo. Como ocurre con frecuencia, su simplicidad fue una de las razones de su enorme éxito.

Durante buena parte del siglo XX, el relato propuesto por Draper y White terminó convirtiéndose casi en sentido común. Muchas generaciones crecieron convencidas de que la historia de la ciencia podía resumirse como una sucesión de enfrentamientos entre el pensamiento científico y la religión, especialmente el cristianismo. En esa narración, la Edad Media aparecía como un largo paréntesis de oscuridad intelectual entre el esplendor de la Grecia clásica y el despertar científico del Renacimiento.

Sin embargo, la historia tiene una curiosa costumbre: cuanto más se investiga, más resiste las explicaciones demasiado simples.

A lo largo del último siglo, historiadores especializados en la historia de la ciencia comenzaron a revisar miles de documentos medievales, correspondencia, manuscritos universitarios y archivos eclesiásticos. Lo hicieron sin el propósito de defender ni atacar ninguna hipótesis predeterminada, sino con el mismo criterio crítico que cualquier buen historiador aplica al estudiar el pasado.

Las conclusiones fueron sorprendentes.

Lejos de confirmar la visión de Draper y White, aquellas investigaciones mostraron que la relación entre ciencia y cristianismo había sido mucho más rica, compleja y, en la mayor parte de casos, mucho más cooperativa y complementaria  de lo que durante décadas se había enseñado.

Uno de los historiadores que más contribuyó a cambiar esta perspectiva fue Edward Grant, profesor emérito de la Universidad de Indiana y uno de los mayores especialistas en la ciencia medieval. Tras dedicar toda una vida al estudio de las universidades europeas, Grant llegó a una conclusión que hoy comparten muchos investigadores: la Revolución Científica de los siglos XVI y XVII no surgió de la nada ni representó una ruptura absoluta con la Edad Media. Por el contrario, fue posible gracias a desarrollos intelectuales que se habían gestado durante siglos en las universidades medievales.

Algo semejante sostienen otros reconocidos historiadores como David Lindberg, Ronald Numbers, Peter Harrison o James Hannam. Aunque difieren en muchos aspectos, coinciden en una idea fundamental: la llamada "tesis del conflicto" ya no constituye una explicación satisfactoria del origen de la ciencia moderna.

¿Significa esto que nunca existieron enfrentamientos entre científicos e instituciones religiosas?

Por supuesto que no.

La historia registra episodios bien conocidos, siendo el más famoso el proceso contra Galileo Galilei. Sería un grave error minimizar aquel acontecimiento o negar que representó un fracaso para quienes participaron en él. Sin embargo, sería igualmente equivocado convertir ese episodio en el modelo explicativo de toda la relación entre ciencia y cristianismo durante más de mil años.

Galileo Galilei

Los estudios históricos más recientes muestran que el llamado "caso Galileo" fue mucho más excepcional y complejo de lo que suele presentarse. Se olvida por ejemplo que el libro en el que Copérnico presentó al mundo su defensa del heliocentrismo ya habia circulado sin ninguna censura por 73 años antes de estallar el conflicto con Galileo por defender la misma tesis.

También se pasa por alto que el conflicto ocurrió en un momento singular, cuando la Iglesia católica atravesaba las enormes tensiones provocadas por la Reforma protestante y la Contrarreforma, en un clima de gran sensibilidad política y doctrinal.

A ello se sumaron circunstancias personales nada menores: Galileo había gozado durante años de la amistad y admiración del futuro papa Urbano VIII,  quien siendo ya Papa lo alentó a publicar el libro que luego daria lugar al conflicto, pero esa relación terminó deteriorándose en medio de una controversia donde confluyeron cuestiones científicas, teológicas, políticas y sobre todo personales.

Comprender ese contexto no justifica la condena de Galileo; simplemente permite entender por qué la mayoría de los historiadores consideran hoy que se trató de un episodio singular y extraordinariamente complejo, más que del ejemplo de una supuesta guerra permanente entre ciencia y religión.

Lo que la historiografía contemporánea cuestiona no es la existencia de conflictos, sino la idea de que el conflicto fue permanente, inevitable y definió por sí solo la relación entre ciencia y religión. La evidencia historica indica que fue la excepción en lugar de la regla.

En realidad, durante buena parte de la Edad Media fueron precisamente las instituciones cristianas las que preservaron, copiaron y estudiaron buena parte del legado filosófico, matemático y cientifico de la Antigüedad. Los monasterios conservaron manuscritos clásicos cuando Europa atravesaba siglos de inestabilidad política y degradación económica; más tarde, las universidades nacidas bajo el amparo de la Iglesia se convirtieron en espacios donde la logica, las matemáticas y la filosofía natural —el nombre que entonces recibía el estudio de la naturaleza— podía enseñarse, discutirse y desarrollarse con notable libertad y autonomía.

Tampoco resulta exacto afirmar que el pensamiento griego desapareció durante mil años para regresar milagrosamente gracias al Renacimiento. El mundo islámico desempeñó, sin duda, un papel fundamental en la conservación y traducción de numerosas obras griegas, especialmente de Aristóteles, aunque muchas traducidas del griego al árabe por intelectuales árabe-cristianos como el celebre Hunayn ibn Ishaq. Pero esa es sólo una parte de una historia mucho más amplia.

Desde la Alta Edad Media, numerosos textos clásicos continuaron copiándose y estudiándose en monasterios y escuelas catedralicias de Europa occidental. A partir del siglo XII, las traducciones procedentes tanto del mundo bizantino como del islámico enriquecieron aún más ese patrimonio intelectual y dieron lugar a un extraordinario florecimiento universitario. Lejos de rechazar el pensamiento griego, pensadores cristianos como Alberto Magno, Tomás de Aquino o Roberto Grosseteste dedicaron enormes esfuerzos a comprenderlo, discutirlo e integrarlo en una visión racional del mundo.

Ese ambiente intelectual produjo algo completamente nuevo en la historia de las civilizaciones y absolutamente clave para el nacimiento de la ciencia de hoy: la universidad medieval.

Nacidas entre los siglos XII y XIII, instituciones como Bolonia, París, Oxford o Salamanca desarrollaron una forma inédita de investigación y enseñanza basada en el debate racional, la argumentación lógica y la discusión pública de las ideas (disputatio). No eran todavía centros científicos en el sentido moderno del término, pero sí crearon el marco institucional dentro del cual la ciencia europea pudo desarrollarse durante los siglos siguientes.

Por eso, cuando observamos la historia desde la perspectiva de Gregor Mendel, resulta difícil sostener que su caso fuera una extraña excepción. Más bien parece formar parte de una tradición intelectual mucho más larga, en la que numerosos religiosos, universidades e instituciones eclesiásticas contribuyeron, con sus aciertos y también con sus limitaciones, a crear las condiciones que hicieron posible el nacimiento de la ciencia moderna.

Para terminar, existe además un aspecto de esta historia que rara vez se menciona y que ayuda a comprender mejor por qué la vida de Gregor Mendel no fue una anomalía histórica.

Con frecuencia imaginamos al cristianismo y al pensamiento griego como dos mundos enfrentados. Sin embargo, la realidad fue bastante más compleja.

El origen y naturaleza del cristianismo estan fuertemente vinculado a la cultura filosofica y cientifica helenica. Cuando el cristianismo comenzó a expandirse por el Imperio romano, lo hizo precisamente en las regiones más profundamente helenizadas del Mediterráneo oriental. Sus primeros grandes pensadores eran individuos de cultura helénica que escribían sus textos en griego, utilizaban las herramientas intelectuales de la filosofía griega y dialogaban constantemente con las corrientes filosóficas de su tiempo, especialmente con el estoicismo, el platonismo y el aristotelismo.

No se trató simplemente de forjar un nuevo credo e institucionalidad religiosos. También fue un encuentro entre una tradición espiritual nacida en el judaísmo y una cultura que llevaba siglos preguntándose si el universo era racionalmente comprensible.

Esa pregunta resultó decisiva.

La filosofía griega no sólo concibió el universo como un cosmos regido por un orden racional e inteligible, también fundamentó ese orden en la existencia de un principio supremo de inteligencia y bondad. En el Timeo, una de las obras tardías de Platón y la más influyente por milenios, el universo aparece creado y configurado por un Dios (el Demiurgo) que, precisamente por ser bueno, imprime orden y armonía a una realidad inicialmente caótica, modelándola conforme a las Ideas eternas e inteligibles. Con ello, Platón ofrecía una profunda reinterpretación filosófica de las antiguas tradiciones religiosas politeistas, sustituyendo la imagen de un mundo sometido al arbitrio de divinidades caprichosas por la de un cosmos cuya racionalidad refleja la acción de un único Dios inteligente y bueno.

Su gran discípulo Aristóteles culminaría esta visión al situar en la cúspide de su filosofía natural al Primer Motor, Inteligencia suprema de la que depende el movimiento y el orden del universo. Más tarde, los estoicos desarrollarían la noción del Logos, la Razón divina que penetra toda la naturaleza y la gobierna conforme a un orden universal.

Fue en diálogo con esta rica tradición filosófica donde el cristianismo elaboró su propia comprensión de la creación. Lejos de rechazar la herencia griega, asumió muchas de sus categorías fundamentales y las integró en una visión en la que el universo es inteligible porque procede de un Dios único, creador y racional, pero añadiendo su relación personal y amorosa con el ser humano. De este modo, el estudio de la naturaleza podía entenderse no como una amenaza para la fe, sino como un camino privilegiado para conocer mejor el orden de la creación y alabar al mismo creador.

Naturalmente, esta síntesis entre la herencia filosófica griega y la teología cristiana no convirtió automáticamente a todos los cristianos en científicos, ni evitó errores, controversias o conflictos. Pero sí contribuyó a consolidar una visión del universo en la que la investigación racional de la naturaleza no sólo era posible, sino plenamente coherente con la fe y el culto religiosos. Estudiar la naturaleza no significaba, por tanto, desafiar al Creador, sino intentar comprender el orden de una realidad cuya racionalidad reflejaba la sabiduría de su Autor.

Esa herencia explica por qué las primeras universidades europeas nacieron precisamente en la civilización cristiana medieval. También ayuda a entender por qué tantos protagonistas de la ciencia anterior al siglo XIX fueron clérigos, religiosos o personas profundamente creyentes.

Basta recordar algunos nombres.

Mersenne,  Steno, Copérnico y Bacon

Nicolás Copérnico, cuya teoría heliocéntrica transformó la astronomía, era canónigo. Nicolás Steno, considerado uno de los fundadores de la geología moderna, fue obispo. Marin Mersenne desempeñó un papel decisivo en la creación de las primeras redes científicas europeas desde su condición de fraile mínimo. Roger Bacon, pionero del método experimental, fue franciscano. Y siglos después, el propio Georges Lemaître, sacerdote católico y físico belga, formularía la primera versión de lo que hoy conocemos como la teoría del Big Bang.

La existencia de estos personajes no demuestra que la religión produzca automáticamente ciencia, del mismo modo que los conflictos de Galileo no demuestran que la religión sea incompatible con ella. Lo que muestran es algo mucho más interesante: la historia real es demasiado rica para reducirla a un simple enfrentamiento entre dos bandos.

Gregor Mendel pertenece precisamente a esa tradición de armonía y cooperación entre las instituciones católicas y la ciencia.

Su condición de monje agustino no fue un obstáculo que tuvo que superar para convertirse en científico. Formó parte de las circunstancias que hicieron posible su formación intelectual, su trabajo experimental y, en última instancia, el nacimiento de la Genética.

Quizá por eso resulte tan difícil encajar su biografía dentro del viejo relato del conflicto radical entre ciencia y religión. No porque ese relato carezca de algunos episodios reales que lo alimentan, sino porque deja fuera demasiados hechos para poder explicar satisfactoriamente la historia.

Y cuando una teoría necesita ignorar la parte más sustancial de la evidencia para seguir funcionando, lo que debe revisarse no son los hechos, sino la teoría misma.

Para cerrar, es interesante recordar un capítulo postrero de los avatares de la difusion de las contribuciones científicas de Mendel que muestra que, así como la fe religiosa no tiene porque ser enemiga de la ciencia, la ausencia de ella no resulta necesariamente su amiga. En los años 1930s el régimen soviético, totalitario, marxista y ateo, rechazó oficialmente la enseñanza y aplicación de las leyes de Mendel en la Unión Soviética, aduciendo entre otras cosas la condición religiosa de su descubridor. En su lugar se adoptaron las teorías pseudocientíficas del biólogo ruso Trofim Lysenko. Las consecuencias fueron devastadoras: la rápida ruina de la agricultura sovietica y años de escasez y hambrunas masivas.

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