Desde Platón a la IA: Una historia muy mal contada
Escrito por Rodolfo J. Méndez   
Lunes, 10 de Agosto de 2026 00:00

altEl Dr. Rodolfo J. Méndez propone desmitificar la historia de la ciencia al demostrar que nuestro avance tecnológico no surgió de un vacío medieval, sino de una rica tradición grecocristiana que concebía un universo racional.


Este año se cumplió el centenario del nacimiento de Edward Grant (1926 - 2020), historiador estadounidense de la ciencia, que dedicó buena parte de su larga carrera a estudiar la filosofía natural y la ciencia medievales, ayudándonos a desmontar una de las imágenes más persistentes de nuestra cultura: la de una Edad Media intelectualmente estéril, atrapada entre la sabiduría de los griegos y la liberación racional del Renacimiento.

Grant mostró algo mucho más interesante: la Edad Media no fue un paréntesis entre Grecia y la ciencia moderna, sino una etapa fundamental en la transmisión, discusión y transformación del conocimiento.

Las universidades medievales, creadas bajo el auspicio de las autoridades cristianas, albergaron siglos de debates sobre el movimiento, el espacio, el tiempo y la naturaleza así como de desarrollo de la lógica formal. Todo ese bagaje intelectual forma parte de la historia que desembocaría en la Revolución Científica.

En el centenario de su nacimiento, vale la pena recuperar esa lección. Pero también podemos hacer una pregunta que nos lleva algunos siglos más atrás: ¿de dónde procedía la particular concepción del mundo que hizo posible aquella cultura intelectual cristiana medieval?

Y aquí la historia se vuelve todavía más fascinante.

 

Antes del cristianismo: un cosmos racional y bueno

El intento de integrar razón, ciencia y religión no comenzó con el cristianismo. Ya estaba presente, de una manera extraordinariamente poderosa, en la filosofía griega.

Pocas obras lo muestran mejor que el diálogo Timeo de Platón, mezcla de mito, poesía y lo más avanzado de la matemática y la ciencia de su época. En él encontramos algo que tendría una enorme importancia para la historia posterior: la convicción de que el cosmos posee un orden inteligible que la razón humana puede investigar y expresar matemáticamente pero que, al mismo tiempo, no es moralmente indiferente.

En la concepción platónica del Universo este no es simplemente una máquina que funciona. Es un cosmos ordenado, bello, racional y moral, idea expresada mediante el mito de su creación por un Dios, "el Demiurgo", que no actúa caprichosamente: ordena el mundo mirando hacia lo mejor, hacia el Bien.

Esta intuición es extraordinariamente importante. La naturaleza puede ser estudiada racionalmente precisamente porque no es un caos arbitrario; pero la racionalidad del cosmos tampoco está separada de una concepción del bien, de la ética.

El estoicismo desarrollaría después otra dimensión de esta herencia. El "Logos" pasa a concebirse como principio racional que penetra y ordena el universo, mientras que la razón humana participa de ese orden y puede vivir conforme a él. Esta tradición contribuiría también a universalizar la dignidad de la razón: el Logos no pertenece a una clase social o élite particular, sino que existe una comunidad humana universal unida en igualdad por la racionalidad.

Mucho antes del cristianismo, por tanto, el mundo helénico había ido elaborando una visión extraordinariamente fecunda que anticipa la visión occidental moderna: un cosmos racional, inteligible y ordenado hacia el bien, accesible a la razón humana.

Pero lo que se olvida es que el Cristianismo surgió de las entrañas de ese mundo helénico, siendo heredero directo de la corriente más helenizada del judaísmo que desde siglos atrás se extendía entre la diáspora judía de las grandes ciudades del mediterráneo oriental y tenía su epicentro en Alejandría.

A veces imaginamos el encuentro entre cristianismo y filosofía griega como si fueran dos mundos complétamente separados que sólo mucho después del origen de ambos hubieran entrado en contacto.

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No fue así, y a continuación sintetizamos lo que señala la literatura histórica al respecto—en la que merece destacarse la obra pionera del gran filólogo e historiador alemán Werner Jaeger, "Cristianismo Primitivo y Paideia Griega',  libro publicado el año de su fallecimiento, hace 65 años.

El cristianismo nació dentro de un Mediterráneo oriental profundamente helenizado. Sus textos fundacionales (reunidos en el "Nuevo Testamento') fueron escritos en griego; sus primeros teólogos expresaron su fe en categorías intelectuales heredadas de la filosofía, ciencia y literatura griegas; y la propia Escritura bíblica antigua (el "Antiguo Testamento") que los primeros cristianos utilizaban era la Septuaginta, la traducción griega de las Escrituras hebreas realizada en Alejandría siglos atrás.

La cuestión no era, por tanto, si el cristianismo aceptaría o rechazaría la filosofía y ciencia griega. La cuestión era como la integraría con la tradición espiritual judía ya helenizada a la que pertenecían y con el mensaje del legendario profeta mesiánico crucificado que los inspiraba, Jesús de Nazaret.

Y una de las respuestas más extraordinarias aparece en la versión original griega del Evangelio de Juan: «En el principio era el Logos».

Una palabra griega cargada, desde Heráclito, de resonancias filosóficas —razón, palabra, principio, inteligibilidad—, que filósofos judíos de Alejandría como Filón ya habían identificado con la mente de Dios, para los primeros cristianos pasaría a identificarse con el mismísimo Jesucristo.

Aquí se produce una transformación gigantesca. El principio racional del cosmos no es simplemente una estructura abstracta. El Logos es una persona. El Logos es Cristo. Y el mundo es creación del Logos.

 

La semilla alejandrina

Una vez reconocido este contexto es casi inevitable añadir una hipótesis a la gran historia medieval que Edward Grant nos ayudó a reconstruir.

Si Grant mostró cómo la Edad Media creó instituciones y prácticas intelectuales fundamentales para el desarrollo posterior de la ciencia, podemos retroceder otro paso, y varios siglos, y preguntar si algunas de las condiciones intelectuales más profundas de aquella cultura habían sido sembradas mucho antes, en el cristianismo antiguo y particularmente en Alejandría.

Clemente de Alejandría y, sobre todo, su pupilo Orígenes crearían los principios y bases metodológicas por las que se encauzaría en adelante la integración entre cristianismo y filosofía griega. No se limitaron a rechazar o aceptar las categorías heredadas sin más: las transformaron y las incorporaron a una visión cristiana de Dios, del hombre, del conocimiento y de la creación, continuando así siglos de tradición de filósofos judíos alejandrinos como Aristóbulo y Filón.

Y aquí aparece una idea que puede resultar decisiva para nuestra historia: el mundo es racional, pero no es Dios.

Dios es el Creador; la naturaleza es creación.

La distinción puede parecer puramente teológica, pero sus consecuencias intelectuales son profundas. Si la naturaleza fuera divina, investigarla podría confundirse con penetrar en lo sagrado. Pero si la naturaleza es creación, puede ser observada, medida y estudiada.

Al mismo tiempo, la creación es buena.

El mundo material no es una realidad inferior que deba ser despreciada. Y la Encarnación lleva esta afirmación hasta su límite: el Logos se hace carne.

Así, la tradición cristiana heredó y transformó una concepción en la que racionalidad, orden y ética podían pertenecer a una misma visión del universo. Pero añadió algo decisivo: el cosmos es creación libre de un Dios trascendente y, por tanto, es contingente.

Esto tiene una consecuencia epistemológica fascinante. Si el mundo es racional, podemos confiar en que posee un orden inteligible; pero si es contingente, no podemos deducir simplemente cómo es a partir de meras deducciones lógicas. Tenemos que observarlo e investigarlo sistemáticamente.

No estamos todavía ante Galileo. Sería absurdo imaginar una línea recta desde Orígenes hasta la ciencia moderna. Pero sí podemos hablar de una semilla: una determinada concepción del mundo en la que la naturaleza es racionalmente cognoscible, no divina, buena y contingente.

Es verosímil que esta sea una de las condiciones intelectuales profundas que hicieron posible, siglos después, la cultura científica occidental.

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De la semilla medieval a la Revolución científica

La historia posterior fue larga y nada lineal. La tradición cristiana medieval, que ahora hablaba latín, reelaboró su herencia platónica, entró en diálogo con Aristóteles y desarrolló durante siglos una filosofía natural cada vez más sofisticada. Agustín y otros pensadores cristianos transformaron la herencia antigua; las escuelas monásticas y catedralicias medievales y posteriormente las universidades crearon comunidades estables cada vez más amplias y transversales dedicadas a estudiar, discutir y criticar el conocimiento recibido.

Y aquí volvemos a Grant.

La universidad medieval no fue simplemente un almacén de autoridades antiguas. Fue también un lugar de debate intelectual. Aristóteles y sus herederos fueron estudiados con una intensidad extraordinaria, y sus teorías físicas fueron defendidas, modificadas y finalmente cuestionadas.

La paradoja es que la Edad Media contribuyó a construir el edificio intelectual que la Revolución científica terminaría transformando radicalmente, en un ejemplo crucial de destrucción creadora.

Copérnico, Kepler y Galileo no aparecieron en un vacío intelectual.

La ciencia moderna fue una revolución real, pero también fue el resultado de una larga acumulación de problemas, conceptos, instituciones y debates. Como sabiamente lo expresó Isaac Newton, la ciencia moderna se alzó apoyada en los hombros de multitud de gigantes intelectuales que les precedieron y ahora yacen olvidados: Alberto Magno, Juan Buridán, Nicolas Oresme, Roberto Grosseteste, Roger Bacon, etcétera, etcétera, etcétera.

Por eso quizá sea mejor hablar de genealogía que de línea recta.

La ciencia moderna no nació simplemente cuando Europa dejó atrás el cristianismo medieval. Nació de las entrañas de la cultura intelectual que el cristianismo había contribuido a formar, si bien trás un difícil y riesgoso parto.

 

La otra mitad de la herencia

La ciencia moderna ha dado a la humanidad un poder extraordinario. Hoy podemos intervenir sobre el genoma, modificar organismos, alterar procesos biológicos y desarrollar sistemas de inteligencia artificial capaces de realizar tareas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas.

Pero cuanto mayor es nuestro poder, más urgente se vuelve una pregunta que la ciencia, por sí sola, no puede resolver:

¿Qué debemos hacer con aquello que podemos hacer?

La tradición antigua —Platón, los estoicos, el cristianismo alejandrino— no sólo vinculó racionalidad y bien; también articuló una intuición decisiva: la razón es universal y la dignidad humana es compartida. El estoicismo había imaginado una comunidad moral que abarcaba a todos los seres humanos; el cristianismo heredó y radicalizó esa visión al afirmar que cada persona posee un valor irreductible. Esa combinación de cosmopolitismo ético y dignidad universal acompañó, de manera silenciosa, los primeros pasos de la civilización científica.

Hoy, sin embargo, la cultura científica ha conservado la confianza en la inteligibilidad del mundo, pero ha ido olvidando la otra mitad de la herencia: que el conocimiento y el poder deben orientarse hacia el bien y hacia la protección de esa dignidad humana común y universal. El desafío contemporáneo no consiste sólo en ampliar nuestro dominio sobre la naturaleza, sino en decidir cómo usarlo sin traicionar la idea de una humanidad sagrada y compartida.

No se trata de convertir la ciencia en teología ni de imponer respuestas religiosas a problemas técnicos. Se trata de reconocer que una civilización capaz de alterar la vida necesita también una reflexión profunda sobre el bien, la responsabilidad y la dignidad humana que puede beneficiarse de la recuperación del olvido de lo mejor de su herencia cristiana y helénica, la aspiración a la armonía entre conocimiento, poder y dignidad de la persona humana.

 

Recapitulando

Grant nos ayudó a mirar de nuevo la Edad Media y a descubrir que entre Grecia y la Revolución científica no hubo un vacío, sino siglos de transmisión, discusión y transformación del conocimiento que le sirvió de punto de partida y de desarrollo de las instituciones que le darían cobijo.

Quizá ahora podamos mirar todavía más atrás.

Hacia Platón y el Timeo, síntesis de la herencia filosófica y también teológica griega. Hacia el mundo helenizado en el que nació el cristianismo. Hacia el estoicismo. Hacia los "Padres de la Iglesia" de Alejandría. Y preguntarnos si allí encontramos una de las raíces intelectuales de una civilización que llegó a concebir el universo como racionalmente inteligible y, al mismo tiempo, como un orden que no era ajeno al bien, a la ética.

La ciencia moderna rompió con muchas de las formas intelectuales heredadas de esa tradición. Pero quizá fue de ella que heredó, sin saberlo, una de sus intuiciones más poderosas: que el universo puede ser conocido por la razón y la observación sistemática humana.

Ahora que nuestro conocimiento nos concede un poder extraordinario sobre la naturaleza y sobre nosotros mismos, quizá debamos recuperar la otra mitad de aquella antigua intuición: que ese poder sólo se usa bien cuando se ejerce al servicio del bien, salvaguardando la dignidad humana universal.

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|*|: El autor es Doctor en Ingeniería (USB), Economista (UCV, MSc UPF) y científico de datos.

 

 


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