Cometeríamos un grave error de apreciación si no estableciéramos la diferencia cualitativa entre el proceso de PRIMARIAS y las ELECCIONES PRESIDENCIALES
1 A Henrique Capriles Radonsky
Hay que conmover al país. Y esa tarea no es sólo ni primordialmente tarea del candidato y su comando. Es la tarea de todos nosotros. Debemos romper los tradicionales esquemas de campañas electorales indiferentes al sentimiento popular. Debemos realizar una campaña llena de emoción, de alegría, de confianza, de seguridad en la victoria. Cuyo protagonista sea el pueblo, sean los electores, sean los dueños de la Patria. El cambio comienza hoy, no mañana. Echemos a andar el carro de la historia. Es nuestro compromiso, nuestro deber, nuestra obligación moral.
No hemos reflexionado suficientemente sobre la confluencia de elementos que condujeron a esa sorprendente acumulación de fuerzas que llevó al extraordinario éxito de nuestras PRIMARIAS. Un esfuerzo concentrado, contenido y denso, que nos permitió movilizar a más de tres millones de electores tras la obtención del glamoroso resultado del 12 de febrero. Como fuera reseñado suficientemente por la prensa internacional, batiendo el récord mundial de participación en procesos de similares características.
El efecto sobre nuestros adversarios fue devastador. Ese día despertaron por primera vez tras trece años de dominación autocrática a la perspectiva cierta de ser derrotados con sus propias reglas del juego, en su territorio y con las armas estrictamente constitucionales que marcan la esencia de nuestro comportamiento democrático. Y con ello ver derrumbarse – a pesar de la brutal e inescrupulosa omnipotencia de su Estado - un régimen que esperan, aún hoy, mantener entronizado por los siglos de los siglos.
El mundo pudo comprobar ese día, que marcó un hito de no retorno en nuestra historia contemporánea, la incontrastable veracidad de la afirmación sostenida por sectores democráticos, de que somos, y desde hace ya un buen tiempo, la indiscutible mayoría nacional. Como, por otra parte, quedara de manifiesto en los dos últimos procesos electorales. Así una aviesa manipulación de las reglas del juego impidiera que esa mayoría en votos se materializara en una mayoría de diputados en la conformación de la asamblea nacional.
Ciertamente: el esfuerzo empeñado, plural aunque profundamente unitario, pudo desenvolverse a sus anchas. Sin las trabas, trampas, acechanzas y obstáculos que bajo mecanismos de manipulación fraudulenta nos han puesto en nuestro camino el presidente de la República y sus autoridades de gobierno. Inequidad, atropellos, uso indiscriminado e ilegal de los recursos del Estado y de todas sus instituciones al obsecuente servicio del caudillo. Si bien, también en este caso, la política de amedrentamiento pretendió impedir la participación de factores dependientes del chantaje clientelar y la compra de conciencias del populismo reinante.
Aún así: casi un tercio del electorado que participó de las elecciones parlamentarias se hizo presente en las urnas. Bastaría duplicarlo, para superar con holgura el 52% obtenido en dichos comicios. ¿Qué hizo posible ese milagro? Yo me atrevería a avanzar cuatro factores decisorios: 1) la unidad dentro de la diversidad; 2) la participación activa y militante de la sociedad civil, que hizo suyo el proceso electoral, por encima de los partidos políticos; 3) la decisión y el coraje de la ciudadanía, que hizo caso omiso de la campaña de amedrentamiento del régimen, y 4) el ágora de la intercomunicación de la ciudadanía – la expresión más consciente y activa de la sociedad civil. En otras palabras: Internet, los blogs, los medios de la red, la mensajería de textos y el twitter. La poderosa voz del ciudadano de a pie.
Este cuarto elemento no ha sido valorado en su extraordinario poder de concientización y movilización políticos. Que ha emergido como factor revolucionario en los procesos de liberación de la primavera árabe. Y es más que evidente, que nuestra capacidad de movilización a través de los canales de la red es extraordinariamente más poderosa que la del régimen, condenado a moverse en los términos convencionales a través de medios cuya naturaleza fascistoide y antidemocrática repugnan a la conciencia ciudadana. Incluso sobre ese mismo plano: ¿comparable el lenguaje, el comportamiento, la disposición anímica de un programa decente como BUENAS NOCHES con la tenebrosa oscuridad y el lenguaje barriobajero de LA HOJILLA? ¿Comparable GLOBOVISIÓN con VTV? ¿Comparables EL NACIONAL, TALCUAL, EL UNIVERSAL y los otros medios impresos de la oposición con los medios impresos del régimen? ¿Comparables nuestros blogs con los suyos?
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Pero cometeríamos un grave error de apreciación si no estableciéramos la diferencia cualitativa entre el proceso de PRIMARIAS y las ELECCIONES PRESIDENCIALES. El primero tuvo lugar al interior de fuerzas diferenciadas pero homogéneas, diversas pero reunidas por un mismo propósito, ideológica y orgánicamente distintas pero intercomunicadas orgánica, espiritualmente por un mismo sentimiento vital: el reconocimiento de la democracia representativa, del Estado de Derecho, del respeto sacrosanto a los derechos humanos, a las libertades públicas, al derecho a la propiedad y a las ideas de justicia, igualdad, prosperidad y paz social como pilares esenciales de nuestra vida en sociedad. Comprendida como la POLIS, el ágora de nuestra cultura y nuestra civilización. Y por lo mismo, esencialmente política, respetuosa, libre y democrática.
El proceso que desde el 13 de febrero enfrentamos nos saca de nuestro campo de respeto democrático y nos lleva al enfrentamiento abierto contra quienes no sólo se consideran nuestros mortales enemigos, sino contra quienes harán todo cuanto esté a su alcance por derrotarnos, por quebrarnos existencialmente, por aplastarnos de una vez y para siempre y por imponernos un modo de existencia contrario a nuestros principios rectores. Incluso a impedir por los medios del terrorismo de Estado y la violencia extrema la aceptación de nuestra victoria electoral.
Para usar los términos caros al régimen chavista, se trata de una guerra absolutamente asimétrica, en que en juego se encuentra la totalidad del cuerpo social, no una parte suya. Se trata de un enfrentamiento por todo o nada. Democracia o dictadura. Paz o Guerra. Continuidad o ruptura. De una conflagración en que una de las partes involucradas intentará convencer a sus seguidores de la necesidad de aniquilar al contrario, considerado su enemigo. Y que en la práctica intentará arrastrar a su campo de gravitación a ese amplio sector social real o virtualmente indiferente al destino supremo de la Nación.
En términos concretos y reales se trata de aceptar o rechazar el sistema imperante, de avalar los crímenes, abusos, atropellos, corruptelas, exacciones, robos y tropelías inherentes al régimen que ya se traducen en 200 mil asesinatos, la ruina de nuestra economía, la perversión de nuestras instituciones y la entrega de nuestra soberanía o de restablecer el Estado de Derecho, recomponer nuestro aparato productivo – industria, agricultura, comercio – reinsertarnos en la economía global y dar paso a un futuro de prosperidad, entendimiento y reconciliación nacional y asumir nuestro liderazgo regional, como lo exigen las circunstancias de la nueva era global. Se trata de apostar a un futuro en el que la felicidad de la convivencia sea un bien alcanzable. O desbarrancarnos definitivamente por el abismo de la dictadura.
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Como se puede advertir, se trata de dos concepciones de la vida y la sociedad absolutamente antagónicas. Entre las que no cabe convivencia posible, como bien lo señala el propio presidente de la república y sectores de la cúpula militar y de gobierno que adelantan, a través del ministro de la defensa, su disposición a no aceptar ni tolerar una victoria opositora. Lo cual sería efectivamente posible si nuestra victoria electoral no es lo suficientemente concluyente como para desanimar cualquier intento cuartelero, golpista y dictatorial.
He allí el meollo de la circunstancia en que nos encontramos: no se trata tan sólo de ganar, así sea por una mínima diferencia. Como acontece y es suficiente en regímenes democráticos, tal como lo viviéramos en Venezuela cuando la victoria del primer gobierno de Rafael Caldera ante Gonzalo Barrios o recientemente del presidente Felipe Calderón, presidente de México por infinitesimales diferencias de votos ante López Obrador. Se trata de la necesidad de vencer de manera tan contundente, pública y notoria que dicho resultado se imponga nacional e internacionalmente sin la menor sombra de duda. Desarmando de un solo envión la tentación de escamotearnos el triunfo.
Se trata, finalmente, de que en el enfrentamiento nacional, Henrique Capriles triunfe de la misma manera contundente e irrebatible con que se impusiera a los restantes aspirantes a la candidatura presidencial en las PRIMARIAS. Por cientos de miles, ojalá por muchos cientos de miles de votos.
Podemos lograrlo. Nadie esperaba, ni siquiera el candidato electo, superar los 3 millones de electores. Pero es innegable que todos, mancomunados, lo hicimos posible. Con el esfuerzo descomunal desplegados por todos los precandidatos de todos los partidos a lo largo y ancho del país. Junto a todos ellos, cada uno de nosotros se convirtió en un agitador, en un movilizador, en un promotor electoral. Recuerdo la consigna que echamos a rodar en la red: DALE CUERDA A TU CORAZÓN. Fue lo que logramos. Movilizar nuestros corazones. Es lo que debemos volver a poner en acción: la voluntad democrática y participativa de todos y cada uno de nosotros: trabajadores, profesionales, técnicos, amas de casa, empresarios, académicos, artistas, sacerdotes, soldados, comunicadores, estudiantes, deportistas, personalidades, vecinos. Y, desde luego: el concurso vigoroso y rector de nuestros líderes políticos.
Pues, como lo venimos señalando desde hace años, no se trata tan solo ni principalmente de un proceso electoral: se trata de una cruzada moral, profundamente patriótica y nacional que debe movilizar nuestros mejores y más puros recursos. Una cruzada que se convierta en un tsunami que al vencer de manera irrevocable supla al nuevo gobierno, este sí auténticamente nacional, de una sólida base de legitimación y respaldo. Y de un instrumento de acción que haga posible el cambio al que aspiramos.
Hay que conmover al país. Y esa tarea no es sólo ni principalmente tarea del candidato y su comando. Es la tarea de todos nosotros. Debemos romper los tradicionales esquemas de campañas electorales indiferentes al sentimiento popular. Debemos realizar una campaña llena de emoción, de alegría, de confianza, de seguridad en la victoria. Que nos involucre a todos y desde nuestras raíces. Cuyo protagonista sea el pueblo, sean los electores, sean los dueños de la Patria. El cambio comienza hoy, no mañana. Echemos a andar el carro de la historia. Es nuestro compromiso, nuestro deber, nuestra obligación moral. @sangarccs
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