| Hay que atraparlos |
| Escrito por José Carlos García Fajardo |
| Sábado, 24 de Marzo de 2012 06:48 |
¿Por qué la gente no es feliz? No se trata de alcanzar la felicidad, la “felicidad” no existe. Es una idea, una abstracción, una hipótesis como mañana o pasado mañana.
Lo que sí podemos hacer son momentos felices. Momentos en los que el tiempo ya no es cronos (cada hora tiene 60’), sino kayros, vivencia única, sin forma, transformadora y que no se puede repetir a voluntad pero se “reconoce” cuando sucede. Podemos fomentar espacios, situaciones, ejercitar la serenidad, la justicia que trae la paz, gozar el placer vivido, inclinarse como el junco ante el golpe; austeridad, alegría, instantes de verdad, de belleza y la armonía.Es una práctica: observar, respirar, tocar, acariciar, saborear un chorro de agua fresca. Hasta “caer en la cuenta”. De que la virtud más eminente es hacer lo que tenemos que hacer. Desde siempre se han constatado estas disposiciones para la admiración. No es otra cosa la contemplación, a la que llaman meditación, cuando ésta es sinónimo de reflexión. Es dejarse afectar por la naturaleza, agua, árbol, viento, nube, montaña, atardecer, olas… el sabor de los alimentos, olor de la cosas y aromas de flores o hierba recién cortada, de pieles, cabello… el tacto del agua que discurre entre rocas y arena; corteza de un árbol, una roca o música de la arena cuando la acariciamos bajo el agua. Respirar a fondo al comenzar y, cada vez más suave, al espirar. No hay más misterio en el yoga, sentarse del Buda, danza de giróvagos, suffíes, en círculo de sioux y dakotas; en Za-Zen. Se trata de vivir con atención, abiertos a la sorpresa, permitiendo que las cosas nos rocen, nos hagan esbozar una sonrisa. Nos conmuevan. Los seres humanos siempre se admiraron con la lluvia, y danzaban bajo ella; el rayo, y se estremecían ante el fuego; la tormenta, y con las chispas arrancadas de piedras y de metales; descodificaban formas en las nubes, y eran capaces de interpretar el vuelo y los cantos de los pájaros. Hubo personas más sabias, por sensibles y constantes, que aprendieron a curar dolencias de los demás, a servirse de sus manos en una quiropráctica que permanece. Sabían escuchar, captaban aromas de diversas partes, tonos de la piel y brillo de los ojos, percibían silencios y hasta códigos de sudores y de fluidos. Luego, emitían un diagnóstico, “conocimiento a través de síntomas” y sugerían una terapia adecuada. Comprensión en sintonía con el enfermo cuyos males ellos “atraían” con gestos para hacerlos suyos. Era la actividad de los curadores, chamanes, abuelos y personas sabias que colonizadores y misioneros condenaron como magia, hechizos y supersticiones “del maligno”. Los dejaron desarraigados, los desalmados. Deberíamos convertirnos en espectadores de la propia vida. Precavernos ante el automatismo de nuestros pensamientos y emociones. No intentar cambiar nada, sino observemos para hacernos conscientes de nosotros mismos. Observar lo que está ocurriendo dentro y fuera de ti como si sucediera a otra persona. Podríamos observarnos mientras preparamos el desayuno o nos arreglamos. Tenemos que desprogramar la parte emocional del autómata que llevamos dentro. La autoobservación puede ser aquí nuestro gran aliado. Cuando percibes ese nivel, te das cuenta de que ya te pertenecía desde largo tiempo. Una vez alcanzada la otra orilla, “al otro lado del río”, tenemos que caminar sin llevar a cuestas la balsa que nos sirvió para cruzarlo; mejor, hacer una buena hoguera con ella para disfrutar los nuevos perfumes de la noche y de la aurora. Es cuando surge la palabra que hace todas las cosas al darles nombre. Hasta que aparece la palabra no estaban el caballo, la orquídea, la arena, la alondra o el río que nos lleva. Estamos mal programados y es preciso tratar de desapegarnos de todas esas ilusiones. Porque la esperanza no es de lo futuro, sino de lo invisible. Hay que atraparlo. |
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