| El derrumbe |
| Escrito por Víctor Maldonado C. | X: @vjmc |
| Lunes, 19 de Marzo de 2012 19:16 |
Esta semana se hizo evidente lo que era más que una sospecha: Que el agua que tomamos está severamente contaminada porque las “hidro” no están haciendo su trabajo.
Tal vez esta sea una de las muchas consecuencias perversas del trance revolucionario que vivimos, porque no hay tiempo ni tampoco demasiada disposición para hacer las cosas que deben hacerse, y por lo tanto el país comienza a fallar en sus condiciones más elementales. No estamos hablando de los grandes desfiles militares, tampoco de las inmensas concentraciones de funcionarios públicos que luchan por obtener su segundo de gloria, pescueceando frente a las cámaras o intentando declamar en vivo y en directo una lealtad a la que inmediatamente se le pone el precio de la satisfacción instantánea de una gran necesidad. No es precisamente esta forma de dirigir al país como si todos fuéramos partícipes de un “reality show” la que resuelve los problemas de los venezolanos, sino la gestión que permite que se recoja y se distribuya agua, se garantice la calidad del servicio eléctrico, se recoja la basura, se hagan vías y luego se mantengan, haya alimentos en los comedores escolares, policías vigilando las calles, medicinas, médicos y equipos en los hospitales, material para hacer pasaportes y funcionarios dispuestos a atender una denuncia criminal. Gobernar un país tiene menos espectáculo y declamación y mucho, pero mucho más sudor y continuidad sistemática de los que por ahora están demostrando los que están al frente del socialismo del siglo XXI. El régimen está herido de un infantilismo político que tarde o temprano lo va a desplazar del poder.El gran filósofo e historiador británico Arnold Toynbee desarrolló un concepto esencial para entender lo que nos está ocurriendo. Toda civilización tiene que resolver satisfactoriamente el desafío que significa la hostilidad del mundo físico y social. Frente a ellos, o intentan una respuesta apropiada, o sucumben en el intento. Ninguna civilización sobrevive a la victoria de la decadencia. Por eso los políticos no pueden permitirse el lujo de un pueblo consciente de que en las ejecutorias de sus gobernantes no hay ningún éxito notorio, y que por lo tanto todos están viviendo de las ganancias de otros tiempos. Cuando eso ocurre, la gente comienza a preguntarse qué hicieron con sus reales ¿Alguien acaso ha oído que este gobierno haya inaugurado alguna obra que mejore las condiciones y posibilidades de la distribución de agua potable? Allí, en ese silencio que busca afanosamente una respuesta que no se va a encontrar se encuentra la descripción del fracaso que estamos viviendo. Pero nos estamos dando cuenta. Más bien, estamos sufriendo las consecuencias concretas del derrumbe, y no nos gusta. La decadencia tiene indicadores concretos. Son nueve: Impunidad, Indisciplina Económica, Burocracia Creciente, Crisis Educativa, Desinstitucionalización de la República, Ruptura con la tradición civilista y democrática, Corrupción, Inseguridad, y finalmente crecimiento de la inmoralidad. Los venezolanos tenemos que aprender a relacionar mejor la entropía creciente que vivimos con la descomposición cultural, social y moral cuyos indicadores inventariamos anteriormente. Que el agua salga con olor a podredumbre es toda una metáfora de lo que le está ocurriendo al país y que termina concluyendo en la tragedia de los servicios públicos que tenemos a disposición. Que el gobierno crea que Maturín puede pasar sesenta días sin agua corriente, y que en lugar de resolver el problema el gobierno se afane en engañar y presionar a los monaguenses para que acepten sin rechistar el líquido nauseabundo que sale por las tuberías, solo puede representar una inmensa descomposición, un alud de incapacidades que se nos viene encima y que como en una película, se compone de cuadros en los que se ven el deterioro de la justicia, la desfachatez de los que están del lado del gobierno, la corrupción y el autoritarismo, la contumaz forma de insultar y de perseguir que tienen los medios públicos, y esa sordidez con la que se manejan los bienes de la nación, ahora empeñados a chinos y cubanos como si aquí nadie pudiera ser digno de la más mínima confianza. Toda esa constelación conspira hasta pudrir el agua, producir apagones, generar la violencia y ocasionar el crimen. En eso consiste el derrumbe, en el ciclo de respuestas fallidas y en la incapacidad para darle un significado trascendental al fracaso. Aquí el chasco tiene cara de Chávez, esforzado en ser omnipresente. Tiene la cara de un gabinete trasmutado hasta el agotamiento, las mismas caras, los mismos engaños, la misma capacidad para no dar respuesta alguna, e invocar con osadía y cinismo una lucha fantasmal contra un imperio que nunca se ha dado por aludido. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla |
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