| De Betancourt a Capriles |
| Escrito por Elías Toro |
| Sábado, 25 de Febrero de 2012 07:14 |
De apenas 23 años, en 1931, durante su primer exilio y desde Barranquilla, Colombia, Rómulo Betancourt ya proclamaba que la rebelión contra la dictadura gomecista,
problema político central de la Venezuela de su juventud, no podía ser obra exclusiva de la clase obrera sino de una alianza de clases.Tal afirmación, dirigida principalmente a los comunistas de su tiempo, partía sin dudas de la certeza de que para aquellas fechas, pese al desarrollo de la economía petrolera, el proletariado industrial o campesino constituía un hecho marginal frente a la enorme masa de población secularmente excluida 85%, o más, del total que vegetaba dispersa y sin esperanzas en un territorio prácticamente virgen desde tiempos coloniales; y de la evidencia complementaria del acelerado crecimiento de una novedosa y sui generis clase media urbana cuya actividad, en el sector terciario de la economía, no se debía por cierto a algún desarrollo productivo endógeno, como diría el chavismo, sino a la administración y redistribución de la fortuita renta del subsuelo. Ello seguramente fue la razón que lo llevó a proclamar el carácter policlasista de su partido Acción Democrática, fundado diez años más tarde, con el cual conseguiría efectivamente dar un paso determinante en el camino de la inclusión de aquellas mayorías secularmente excluidas. Apenas cinco años después consiguió una abrumadora victoria en las elecciones para la Asamblea Constituyente del 46, y, gracias a ello, se pudo elaborar la primera Carta Constitucional consagratoria de los derechos civiles para todos los venezolanos sin excepción ni condiciones; y, sobre todo, la elección directa, universal y secreta del Parlamento Nacional y del Presidente de la República, disposiciones cuyo rechazo por parte de Medina Angarita habían sido invocadas para justificar el golpe de Estado del 18 de octubre de 1945. Apartando la controversia que suscitó aquella sedición militar, fuerza es reconocer que gracias a ese enfoque de la política y los crecientes recursos financieros que entonces comenzaban a fluir con la sobrevenida renta petrolera, Betancourt y su partido consiguieron romper la inercia que mantenía segregados e incomunicados los dos universos en que hasta entonces transcurrió la vida colectiva: el vasto y apartado mundo rural y el exiguo ámbito urbano. Luego de ese primer impulso aplicado por el Betancourt de los años cuarenta del siglo pasado al cambio social, y a la actuación de los presidentes que lo sucedieron inmediatamente incluido Pérez Jiménez las ciudades venezolanas fueron capaces de asimilar sin sufrir grandes calamidades, la enorme masa de población proveniente del campo que en el cortísimo plazo de 25/30 años emigró a ellas para incorporarse a la esperanza de la ciudadanía, y en cuantía significativa, a la clase media urbana. A pesar de lo atropellado de aquel proceso de urbanización, fueron cuarenta años de relativa estabilidad y crecimiento económico-social que terminaron frustrados abruptamente en los ochenta, coincidiendo y con toda probabilidad resultando de la estatización, que no nacionalización petrolera, y que por vía de la concentración de un insólito poder financiero en el Estado, desató los demonios de la ambición y la corrupción que nos han traído hasta aquí. Ese cambio en efecto provocó muy pronto la aparición del viejo fantasma del "gendarme necesario" teorizado a principios de siglo por Vallenilla Lanz; de manera que sin muchos problemas y la colaboración de viejos y naufragados zorros de las izquierdas, este militar felón que hoy nos gobierna, se hizo con holgura de la presidencia prometiendo todo aquello que no estaba dispuesto a hacer. Y, como sus mentores, Hitler y Mussolini, apenas accediendo al mando comenzó a desmontar con diligencia digna de mejores propósitos, el aún frágil andamiaje institucional de la República, levantada con mucho esfuerzo durante los cuarenta años precedentes. Hoy, luego de casi catorce años de una acción de gobierno que no puede ser calificada sino de destrucción nacional, realizada sistemáticamente para perpetuarse en el poder, siempre como sus mentores políticos, Hitler, Mussolini, o Stalin, que a la final es más de lo mismo, la clase media que hasta ayer por bisoña y desorientada lo llevó y lo mantuvo en el poder, ha por fin rectificado y convocando, como Betancourt, a todos los estamentos sociales a un reencuentro histórico, se prepara para asumir nuevamente la conducción de los destinos del país en la persona de su abanderado, escogido en las más prístinas y nutridas elecciones primarias que se conozcan: Henrique Capriles. Su metáfora del autobús del progreso con espacio para todo el mundo, sin lugares privilegiados, revela un talante democrático tan acendrado como aquel que fue del más notable de sus predecesores. www.eliastoro.net @toroelias |
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