| Empujando al abismo |
| Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs |
| Viernes, 24 de Febrero de 2012 05:42 |
La enfermedad presidencial no debe ser tema de campaña. La única enfermedad que debe preocuparnos, es la de nuestra quebrantada sociedad.
1 La extraordinaria votación obtenida en la notable jornada del 12 de febrero ha provocado indignación en las filas del chavismo, particularmente en el propio presidente de la república y sus bufones mediáticos, travestida luego de la primera impresión en mofa y escarnio en quienes comprenden que revelar la angustia que esa avalancha de votantes provoca en el alto gobierno desenmascara uno de sus más prodigiosos embustes, aquel según el cual el chavismo disfruta de una sólida mayoría. Un embuste creado y parapetado de cientificidad por encuestadores inescrupulosos al servicio del régimen para darle visos de credibilidad a la manipulación de todos los procesos electorales que hemos vivido desde el Referéndum Revocatorio. Un embuste, sea dicho en honor a la verdad, del que se han hecho solidarios sectores políticos claves de la oposición, en gran medida responsables de la permisividad y tolerancia con que se ha procedido con el árbitro electoral y los tejemanejes del régimen. Lo cierto es que, sin desmedro de lo señalado, el 12 de febrero marca una ruptura crucial en el comportamiento del electorado opositor. Si nadie daba por imaginable alcanzar e incluso superar la barrera de los 3 millones de votantes, lo lógico es pensar que tal cifra obedece al quiebre de los patrones de participación electoral tradicionales. La diferencia entre la cantidad de votos obtenidos por los partidos opositores y el total de votantes, cifra deducible del estudio de los resultados electorales, conduce a una importantísima constatación: el 12 de febrero hubo una importante migración de electores del chavismo y/o de los sectores neutrales hacia la oposición. Y el principal beneficiario, probablemente además el principal causante del fenómeno, fue sin duda el ungido candidato presidencial Henrique Capriles Radonsky. Dadas las peculiares condiciones de la campaña y la gran movilización de esfuerzos de los miles de candidatos en liza, esa cantidad no sólo puede ser considerada base de arranque de la campaña que ahora se inicia, sino un componente que combina factores duros de la oposición tradicional y agregados de un fenómeno socio político novedoso en el escenario venezolano: el caprilismo. Cuya esencia radicaría en la voluntad de cambio y recomposición de la sociedad venezolana sobre la base de las nuevas generaciones, dejando de lado e incluso desconsiderando la dinámica confrontacional de Chávez y el chavismo. Con lo cual, antes de derrotarlo electoralmente, se le aislaría políticamente. Lo interesante del fenómeno radica, además, en el componente popular y juvenil que lo sostiene. Un fenómeno que no le teme a la naturaleza social del envite, pero lo comprende dentro de un panorama ajeno a la pugnacidad, la violencia, la amenaza y las secuelas de miseria, inseguridad e injusticia que acarrea la política del socialismo chavista. Lo comprende en el marco de una sociedad democrática y con fuerte responsabilidad social. Le cabe una reflexión insólita, pero perfectamente imaginable en labios del candidato presidencial de la oposición: “La libertad sin socialismo es privilegio e injusticia. El socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad.” No lo dijo ni Willy Brandt, ni Olof Palme. Ni siquiera Felipe González o Lula da Silva. Lo dijo Mijaíl Bakunin hace más de un siglo y medio. 2 Lo sorprendente no es el escándalo que esos más de 3 millones de votantes causaron en el entorno presidencial, en las filas del PSUV o en los aledaños propiamente políticos del Poder. Tampoco el remezón que habrán causado entre quienes han traicionado sus obligaciones institucionales para convertirse en plataforma del régimen temiendo por las consecuencias de una derrota del caudillo: diputados, gobernadores, jueces, militares y burócratas. Quienes, conscientes de la tradición política nacional, deben saber que un triunfo presidencial acarrea caída y mesa limpia en las elecciones de alcaldes y gobernadores procedentes. Mucho más impresionante es la preocupación que provocan en quienes hacen de la permanencia de Hugo Chávez y del chavismo en el control del Poder del país con las mayores reservas petrolíferas de Occidente asunto de vida o muerte para sus viejos propósitos de control continental. Nos referimos a los Castro, al castrismo y a quienes perseveran en la línea injerencista del Foro de Sao Paulo, incluido, desde luego, el lulismo. No se hable de los aliados menores, todos dependientes del manirrotismo del presidente venezolano. Pues una proyección probabilística adelantada por expertos en procesos electorales señala que los resultados obtenidos en primarias pueden ser multiplicados por 2.5 o por 3 veces para dar con el eventual resultado final. En este caso, la oposición democrática unida liderada por el caprilismo podría perfectamente alcanzar una cifra cercana a los 7,5 o 9 millones de votantes. Esa cifra, independientemente de lo manipulado que se encuentre el REP, la existencia de votantes fantasmas y la voluntad fraudulenta de las autoridades hace prácticamente imposible impedir el triunfo de Henrique Capriles. Hugo Chávez tendría sus días contados. Y el desalojo de la llamada revolución bolivariana fecha fija de vencimiento. Es la conjunción de todas esas eventuales viudas del chavismo la que lo empuja a mantenerse en el Poder, a involucrarse a fondo, dirigir y protagonizar la campaña electoral y a abandonar toda voluntad de sobrevivencia personal, sin importar el costo incluso de su propia vida. Pues al margen de la gravedad de su enfermedad, la veracidad de los datos con que contamos y la certeza que pueda obtenerse de lo verdaderamente delicado de su situación, lo cierto es que su vida es inseparable del proyecto estratégico que lleva a cabo. No existe el chavismo sin Chávez. Y lo que parece todavía más grave: no existe el castrismo sin Chávez. Desalojado del Poder y carente la nomenklatura castrista de la fabulosa subvención económica que le garantiza el control sobre la Venezuela petrolera, la situación cubana se tornaría posiblemente inmanejable. Ecuador, Bolivia y Nicaragua se verían obligados a caminar sobre sus propios pies. Y el inmenso aparato de criminalidad globalizada que ha hecho de Venezuela la capital del narcoterrorismo, el lavado de dinero y otros delitos planetarios se vendría abajo. No hablemos del puente de ingreso al continente para el extremismo talibán. De allí las inmensas consecuencias del éxito opositor del 12 de Febrero. Es el comienzo del fin. 3 Américo Martín se preguntaba recientemente por la responsabilidad de quienes empujan a Hugo Chávez a mantenerse en campaña, estando perfectamente conscientes de que al hacerlo lo estaban empujando posiblemente a la muerte. “Son desalmados – escribió vía twitter el miércoles 22 de febrero. “Para intentar perpetuarse empujarán al enfermo a competir el 7-0. Perderá elección y arriesgaría su vida”. Da en el hueso. Si bien, como dice el refrán, sarna con gusto no pica. El principal promotor de su candidatura es él mismo. La gran, la descomunal ambición de este proceso que lleva ya 30 años de existencia es el propio Hugo Chávez. El personaje más desaforado, poseído y prometeico de la modernidad política venezolana. Una auténtica fuerza de la naturaleza, dotado de una infatigable vitalidad y una ambición de poder descomunal, amén de una insólita capacidad de comunicación con los sectores material, cultural y espiritualmente más desvalidos de la sociedad venezolana, pero carente, como casi todos los caudillos, de la capacidad de instaurar instituciones y fundar una nueva sociedad sobre bases sólidas y perdurables. Lo que culmina en una suerte de juego del Poder por el Poder, del que ganan quienes financian de esa guisa sus propias ambiciones regionales. En la ocasión, ha sido el pivote material e ideológico del que se ha servido el castrismo y el neo castrismo representado en el Foro de Sao Paulo y la llamada nueva izquierda para dotarse de gigantescos recursos y acorralar a las democracias latinoamericanas. Son los factores que están detrás de la presión por mantenerlo en campaña. Será imposible determinar la veracidad de los males que padece y recibir la información médico científica adecuada para saber a qué atenernos. Los vaivenes de su enfermedad forman parte, para bien o para mal, de la estrategia electoral. El control que mantiene el gobierno cubano sobre su suerte se traduce de manera directa en control político estratégico. El centro de la campaña del chavismo no estará en Caracas. Estará en La Habana. Razón más que suficiente para que la campaña opositora no se preste al juego de la confrontación y persevere en la vía de la comunicación directa con los sectores populares, al mismo tiempo que fortalece su conexión con los sectores medios de la sociedad, clave del esfuerzo modernizador que enfrentaremos. La enfermedad presidencial no debe ser tema de campaña. La única enfermedad que debe afligirnos y preocuparnos, es la de nuestra quebrantada sociedad. Que en un sorprendente giro de la historia parece enrumbarse por fin y definitivamente por el camino de la paz, la reconciliación, la prosperidad y el progreso. |
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