| Sentido común |
| Escrito por Víctor Maldonado C. | X: @vjmc |
| Lunes, 09 de Enero de 2012 17:46 |
Llegamos al 2012 con trece años de problemas acumulados y algunas evidencias de que la ideología del socialismo del siglo XXI no ha podido honrar
ninguna de sus promesas, entre otras cosas porque tanto arrebato marxista tiene como consecuencia un divorcio fatal con la sensatez. En el mismo sitio se encuentran nuestros barrios pobres, con los mismos déficits de empleo, educación y servicios públicos. Pero ahora la pobreza de los venezolanos se encuentra asediada por la ausencia de movilidad social y esa sensación de que al gobierno le conviene tener en su puño una masa compacta de miseria y dependencia para garantizarse ciertos índices de popularidad y la aquiescencia que tanto disfruta a la hora de disponer arbitrariamente de las oportunidades nacionales. La inseguridad ha llegado a ser tenebrosa en sus cifras. 19 mil muertes violentas acumuladas en el 2011 se suman a las anteriores para extender un duelo inexplicable que sume en la tristeza y la desesperanza sobre todo a las familias más pobres. Y la inflación asalta los bolsillos y demuele cualquier posibilidad de hacer algo más que sobrevivir para la mayoría de los asalariados del país. Un cuadro complejo que, sin embargo, tiene su origen en un mal punto de vista sobre lo que puede ser y debe ser la sociedad venezolana. El país no funciona apropiadamente desde el puño de hierro del centralismo autoritario. Las regiones han sido castradas en términos de competencia y de presupuestos. Ya no funciona la equidad territorial y el gobierno pervierte el presupuesto al asignar recursos a los gobernadores oficialistas, mientras que se los mutila al resto. La consecuencia es lo que los venezolanos del interior de la República aprecian con horror: el declive de los servicios públicos en buena parte del país, y la administración irresponsable y ostentosa en donde gobierna el oficialismo. En tanto crece el déficit y se acude al endeudamiento. La economía no funciona apropiadamente si se privilegian los controles a cualquier otra consideración. El régimen de control de divisas se ha hecho acompañar del control de costos, precios, salarios y empleo. No hay arista económica que no esté monitoreada por el gobierno, y sin embargo, la inflación y la escasez campean a pesar de que el interés y el propósito principal de todas estas medidas sea el garantizar una economía más sana. Desgraciadamente, en la forma de hacer las cosas está el error. El campo luce desvalido e improductivo, y es por las mismas razones: esa mezcla de autoritarismo, impunidad e irrespeto por los derechos que han convertido al país en el anti-milagro latinoamericano. El gobierno concentrado en engullirse al país luce inhábil para transformar tanto poderío en algo de bienestar. Los funcionarios del gobierno intentando abatir sus propias alucinaciones (especuladores golpistas y enemigos del pueblo) pierden tiempo precioso para resolver los problemas reales mientras por los méritos de su conducta se alejan las inversiones, desaparece el emprendimiento nacional, se exilia el talento y se achican, por tanto, las oportunidades del país. A pesar de la propaganda oficial, que opera como una destiladora masiva de la felicidad del venezolano, la gente sigue desesperada buscando la medicina, el alimento o el producto que no consiguen. Porque el gobierno se ha especializado en regular y hacer desaparecer todo lo que el pueblo considera útil o necesita vitalmente. Y sigue siendo la misma causa la que provoca todo este enredo, mientras el gobierno insiste en el mismo error, profundizándolo día a día a través de nuevas leyes, nuevas instituciones y nuevas medidas, que como ocurre con las arenas movedizas, solo tienen la facultad de hundirnos más y más en la miseria. El gobierno está enfermo de insensatez. Cualquier revisión de sus políticas debería ser suficiente para convencerlos de que hay tres cambios que resultan imprescindibles: la deposición de la ideología comunista; el cambio de las políticas económicas; y por supuesto, la sustitución del gabinete que nos ha traído hasta esta ruina. A este gobierno lo único que podemos exigirle es un poco de sentido común para que se ciña a una mayor disciplina fiscal, reabra la economía, garantice la ley, respete los derechos, y practique una política social sostenible, enfocada y con verdaderos impactos. Al régimen habría que sacarle de su esencia ese gen de demagogia populista que le impide encarar con seriedad los problemas nacionales, buena parte de los cuales son ocasionados por sus propias medidas. A este gobierno hay que pedirle la sensatez suficiente como para que sea menos gobierno y nos permita a la sociedad civil el espacio necesario para emprender y participar en la construcción del progreso. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla |
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