Mensajeros del odio
Escrito por Lucy Gómez   
Martes, 11 de Agosto de 2009 08:03

altNosotros, mensajeros del odio, tenemos que decir que reflejamos en nuestros textos solamente lo que vemos en las calles y en las bocas de quienes nos rodean y que no tenemos en la vida otro objetivo, por vocación, que violar desde ahora y para siempre el artículo nueve de la nueva Ley de Educación, que primorosamente plantea prohibir la publicación y divulgación de programas, mensajes, publicidad, propaganda y promociones de cualquier índole a través de medios impresos, audiovisuales u otros que inciten al odio, la violencia, la inseguridad, la intolerancia, la deformación del lenguaje; que atenten contra los valores, la paz, la moral, la ética y las buenas costumbres, la salud, la convivencia humana, los Derechos Humanos y el respeto a los derechos de los pueblos y de las comunidades indígenas y afrodescendientes, el terror, las discriminaciones de cualquier tipo, el deterioro del medio ambiente y el menoscabo de los principios democráticos de soberanía e identidad local, regional y nacional.

Recuerdo varias mañanas de noticias: una en que vi un tanque atravesando las rejas de Miraflores, en Caracas. Otra en la que la imagen era la de un avión penetrando una torre en Nueva York. He visto inundaciones en Asia y en Venezuela con la gente llorando con el agua a la cintura, tsunamis que dejaron las playas de paraísos turísticos llenos de muertos, un comando armado de venezolanos penetrando el sitio de trabajo de una televisora caraqueña, golpeando, gaseando y humillando a otros seres humanos, alocuciones presidenciales llenas de amenazas.

Me han sacudido esas imágenes. Me han producido angustia, pesadillas, me han hecho pensar sobre si la humanidad tiene remedio, me han causado amargura, me han dolido. No sé si a otros les han hecho preguntarse si vale la pena matar a cinco mil personas en Nueva York o humillar y asustar a los dueños y trabajadores de Globovisión por cumplir con un ideario político. No sé tampoco si era mejor no enterarse de las penurias que pasan en Venezuela, de quienes buscan casa después de un derrumbe o una inundación y de cómo sobreviven esos que llaman damnificados, equivalentes a los parias de la India.

Pero no creo que debiera haberme perdido ver ninguna de esas cosas. Me han hecho persona, así como los amaneceres preciosos de mi tierra, como la gente amorosa, como saber que Dudamel es oído con respeto y admiración en todas partes del mundo o que han pasado 40 años de la llegada del hombre a la Luna. Lo bueno y lo malo, lo horroroso y lo bellísimo, son signos de nuestra humanidad. No somos ángeles, tampoco demonios. Y necesitamos enterarnos de cuál es nuestra propia naturaleza comparándola con los hechos los otros, para saber que somos y por qué. Nadie puede darnos lecciones de bondad, reprimiendo lo que debemos ver.

Me parece sí, que el intento es inútil. Que en esta época ni los gobernantes iraníes, con todo lo que significa vivir en una teocracia en pleno siglo XXI, han podido reprimir que el mundo se entere de su realidad.

Hoy, quienes discuten o intentan presentar una Ley Orgánica de Educación se mueven por eso en arena movediza. Plantean un viejo desiderátum humano: que con no hablar de algo, con no pensar siquiera en ello, podemos desaparecerlo. Que se puede impedir el input de la crueldad, de la maldad, sólo con no recibirlos conscientemente. Que basta con no ver la pobreza para que se acabe la miseria humana. Que una televisora que oculte los huecos de los calles hará que los ciudadanos se conformen con la vida de penurias que tienen. Que con no oír las denuncias sobre corrupción se olvidarán que los dirigentes que promueven el rasero de la miseria para las mayorías, andan tuteándose por el mundo con las Naomí Campell y hospedándose en hoteles de todas las estrellas posibles, festejando con sus familias que disponen de aviones del Estado para ir y volver de sus vacaciones.

Les digo a quienes proponen el silencio de las denuncias que lo único que obtendrán es no enterarse cuando las masas estén a punto de lanzárseles encima, hartas de desafueros, porque con el sonido e imágenes monocordes, salido de las radios, televisoras y periódicos tomados por el Estado, no podrán ser avisados con tiempo suficiente.


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