| "Feo, católico y sentimental: Hispania la huella perenne" |
| Escrito por Ángel Rafael Lombardi Boscán | X: @lombardiboscan |
| Lunes, 22 de Septiembre de 2025 00:00 |
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Para Nietzsche, el que es diestro en algo, debe ofrecer respuestas sencillas. En el caso del pasado venezolano hay un combate entre memorias promiscuas. En su mayoría: inventadas. Éste escrito lo hago en lengua española por qué mi identidad fundamental proviene del tronco hispánico. Lo cual no me impide asumir también la identidad del criollo como una amalgama de otros aportes junto a lo indio y africano. El venezolano nació del colapso de España en América a partir de 1808. Antes fuimos americanos españoles. Bolívar mismo buscó esposa en Madrid donde se casó. La crisis española creada por Bonaparte tuvo su réplica en América Hispana. Las élites criollas se convencieron de que podían prescindir de los reyes. Inglaterra, USA y Francia hacían alardes de la nueva propuesta liberal. En España la Constitución de Cádiz del año 1812 también fue un ataque directo contra el Absolutismo. El pactismo criollo de 1810 y 1811 tropezó con los radicales pro independencia y quiénes defendieron al realismo. La guerra civil fue la nota dominante de la Independencia de Venezuela entre 1810 y 1830. Lucha de partidos fue el dictamen del principal publicista y más ácido contendor de Bolívar: José Domingo Díaz. Uno separatista. El otro es monárquico. Esta perspectiva es muy poco conocida. La Guerra Internacional fue una elaboración posterior. Había que darle prestancia y alcurnia a la más cruel matazón. Los anales patrióticos, que debían inspirar a la nueva identidad, borraron todo vestigio hispano. España, ausente del conflicto, fue entonces negada. Y vilipendiada. Bolívar en 1813 y 1815 cometió el parricidio. En 1813, con el Decreto de Guerra a Muerte, estableció el exterminio de españoles y canarios. Una parte de él mismo moría también. Su afán bonapartista, el amor por el poder, ya era en ese entonces más que evidente. En 1815, en Jamaica tiene que hacer demostraciones interesadas de su anti hispanismo para ganar la ayuda de Inglaterra. Lo cual logró con el arribo de pertrechos de guerra y mercenarios. Estos le ayudarían desde el año 1817, con base en Angostura, en ganar la guerra civil. Guerra civil para nada heroica. El único ejército que vino desde la península fue el de Morillo. Y éste fue aniquilado en menos de dos años por el paludismo y la falta de dinero. En Boyacá (1819) y Carabobo (1821) lucharon básicamente criollos realistas y criollos republicanos. Los primeros querían seguir siendo súbditos y seguidores de Dios, el Rey y la Virgen. Los segundos, ciudadanos. Aunque sentimentalmente. Bolívar fue devorado por la Guerra Civil. Cayó bajo el repudio de sus principales lugartenientes como Santander y Páez. Y ya antes de morir en 1830, con una melancolía que recogía sus recuerdos, se arrepintió de haberse rebelado contra su propia familia hispánica. Este acto de contrición, para un temperamento poco empático y yoista, es la manifestación más grande acerca de su propia decepción. Obviamente que ésta versión de la Independencia es más mundana, aunque más real que la ficción patriótica posteriormente elaborada como la principal moral y cívica del Estado venezolano. Vallenilla Lanz, un albacea de la dictadura gomecista, tuvo el atrevimiento de explicar la verdadera naturaleza de la guerra de Independencia (1810-1830). Hoy, en las escuelas bolivarianas, se le sigue silenciando. No somos españoles. Y es importante que esto quede claro. Aun así, hay que buscar la manera de reconciliar nuestra memoria histórica hecha de jirones y muchos cabos sueltos. No solo el idioma nos define. También el catolicismo junto al referente jurídico de base hispánica. El petróleo es del Estado porque el subsuelo le pertenece. Otra impronta del viejo regalismo ibérico. Ahí si no hubo queja de parte del Estado venezolano cuando la bonanza petrolera nos marcó positivamente por más de una centuria. La herencia hispánica en éste caso, y de una forma insospechada, hizo del Estado venezolano el Rey de la Pradera. Somos lo que somos. Premisa que evadimos para seguir en el extravío histórico de negar lo evidente. Y lo sencillo.
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