| El Luis Herrera que conocí |
| Escrito por Luis Perozo Padua | X: @LuisPerozoPadua |
| Sábado, 10 de Mayo de 2025 00:00 |
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El cronista Carlos Enrique Guerra Brandt revive en esta entrevista los días juveniles del presidente y los lazos indelebles que lo unieron a la capital larense Carlos Enrique Guerra Brandt, entonces un adolescente de 14 años recuerda aquel episodio como si lo proyectara una cinta sin cortes. “La Guardia de Honor rodeó toda la cuadra. Era extraño ver tanta vigilancia, hasta que nos avisaron que el presidente estaba a escasos metros, en la casa de los Zapata Escalona, vecinos nuestros. Salimos con curiosidad y asombro. Allí estaba él, sentado en la sala, enflusado, como uno más de la familia”. Luis Herrera Campins no había nacido en Barquisimeto. Lo hizo en Acarigua, pero como muchos otros que se afincan en la ciudad crepuscular, se volvió un barquisimetido, ese gentilicio afectivo con el que los locales adoptan a quienes la hacen suya para siempre. “La palabra clave con él fue siempre el arraigo”, afirma Carlos Enrique Guerra Brandt. “Conocía a todos, recordaba nombres, anécdotas, esquinas, casas y melodías”. El Barquisimeto silencioso Luis Herrera Campins vivió en la carrera 17, entre calles 29 y 30, a cuadra y media de la casa de los Guerra. Era un joven aplicado, criado por doña Rosalía Campins de Herrera, su madre, en una casa que compartía patios y paredes con otras familias tradicionales. Estudió en el Colegio La Salle, el más antiguo de Venezuela dirigido por los hermanos lasallistas. Allí fue discípulo aventajado del hermano Nectario María. “En los libros de notas, siempre aparece de primero”, cuenta Carlos Enrique Guerra Brandt con un dejo de orgullo ajeno pero sentido. Pero más allá de los salones, lo que marcó su sensibilidad fue el rumor melódico de la ciudad. La Orquesta Mavare, dirigida por el maestro Miguel Antonio Guerra Ravelo —abuelo del entrevistado—, ensayaba todas las tardes en la quinta familiar y luego en la esquina de la carrera 16 con calle 29, cerca del templo de La Paz. “Luis Herrera Campins me decía que después del colegio se sentaba a escuchar los ensayos como quien va al teatro. Para él era un concierto diario. Aquellas cuerdas, metales y maderas eran parte del ambiente natural del Barquisimeto de entonces: un Barquisimeto silencioso, musical, apacible”. Ese contacto temprano con la música y la cultura afiló su sensibilidad y sembró en él un compromiso que años después llevaría a la presidencia: fomentar el arte, la lectura, la identidad. Pocos presidentes venezolanos han tenido la relación que Luis Herrera Campins mantuvo con su ciudad de afecto. Asistía cada 14 de enero a la procesión de la Divina Pastora, incluso antes de ser figura pública, y jamás dejó de caminar con la Virgen por las calles de Barquisimeto, incluso siendo presidente de la República. Lo hacía con discreción, entre la multitud, como uno más. Pero no solo venía a rezar, también a preguntar. Esa lucidez no era pose: fue rasgo. Su cultura general era desbordante. Estudió Derecho en la Universidad Central de Venezuela y luego cursó estudios en la Universidad de Santiago de Compostela, en España. Leía con avidez, escribía con estilo, debatía con ironía y amabilidad. Como presidente, su gestión no solo se enfocó en infraestructura o economía. Apostó por el alma del país. Fundó casas de la cultura, ateneos, bibliotecas. Apoyó giras nacionales de músicos y conciertos públicos. Hizo que la cultura viajara por todos los rincones de Venezuela. Una de sus obsesiones fue llevar el arte al espacio urbano. Y Barquisimeto recibió de él una joya: la Cromoestructura Radial, del maestro Carlos Cruz-Diez. “Luis Herrera Campins lo llamó personalmente a París y le pidió una obra para la ciudad. Cruz-Diez vino a Barquisimeto, escogió el lugar y la obra fue financiada por la Secretaría de la Presidencia de la República”. Una llamada al mes “Hablábamos por teléfono una o dos veces al mes. Siempre tenía tiempo. Te atendía personalmente. Nunca delegaba en secretarios. Era como hablar con un viejo amigo, con la diferencia de que ese amigo había sido presidente de la República”. Lo definía su sencillez, esa humildad difícil de encontrar en las alturas del poder. “Tenía un humor sabroso, una mirada penetrante, y una capacidad de análisis que asombraba. Hablaba pausado, meditaba cada palabra, y siempre concluía con una enseñanza”. Carlos Enrique Guerra Brandt lo dice sin alarde: “Aprendí mucho de él. No solo por lo que fue, sino por cómo fue. Era una clase constante de historia, humanidad y cultura”. Aplausos al barquisimetido Luis Herrera Campins fue presidente de Venezuela, sí. Pero en Barquisimeto fue mucho más: un hijo adoptivo que devolvió con creces el cariño recibido. Carlos Enrique Guerra Brandt hace una pausa, como si volviera a tener 14 años y lo viera de nuevo, sentado en la sala de los Zapata, rodeado de vecinos. “Luis Herrera Campins no se fue nunca. Se quedó entre nosotros, como la música de la Mavare, como una buena conversación, como un recuerdo noble”. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla |@LuisPerozoPadua
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