Habermas, Rosalía y Emeterio Gómez
Escrito por Rodolfo J. Méndez   
Lunes, 13 de Abril de 2026 00:00

altEn la filosofía contemporánea, Jürgen Habermas (1929-2026) representa la apuesta más sofisticada por una ética racional sin fundamentos metafísicos.

Su proyecto post‑metafísico confía en que las normas morales pueden justificarse mediante el consenso racional entre ciudadanos libres. Pero en su etapa final, post-secular, Habermas reconoce un límite decisivo: la razón puede justificar normas, pero no siempre puede motivar a las personas a vivir conforme a ellas.  La ética necesita algo más que procedimientos; necesita energía interior, convicción, horizonte de sentido.

Ese reconocimiento abre un espacio inesperado para el diálogo con la religión y la espiritualidad en general. Habermas admite que las tradiciones religiosas y espirituales conservan recursos simbólicos, afectivos y narrativos que la razón secular no puede producir por sí misma. La modernidad —dice— vive de presupuestos normativos que no genera.  Este es el legado de su tardío giro post-secular: la intuición de que la ética necesita alma, no solo estructura.

Lo sorprendente es que esta misma intuición aparece, desde otro camino, en el pensamiento de Emeterio Gómez (1942-2020) , el economista y filósofo venezolano, décadas antes, como bien lo describe Daniel García en su ensayo "El recorrido existencial de Emeterio Gómez" (Prodavinci).

Tras su ruptura con el marxismo y su tránsito por el liberalismo, Emeterio descubre que la razón occidental tropieza con un límite decisivo: la diferencia entre deducción y elección, entre lo que se impone lógicamente y lo que exige un acto libre, responsable y profundamente humano.  La ética —concluye Gómez— no puede fundarse en la lógica, porque la lógica no decide por nosotros. La razón explica, pero no impulsa. La motivación moral requiere un fundamento extra‑racional, una dimensión espiritual que abra el horizonte del sentido.

En su búsqueda, Gómez se adentra en la mística, la introspección y la poesía. Allí descubre que la experiencia espiritual no es evasión, sino lucidez del espíritu, un contacto con un misterio que no se deja reducir a conceptos pero que despierta responsabilidad, amor y creatividad moral. La ética, para él, nace de esa apertura trascendente: no de un silogismo, sino de una experiencia humanizante de amor.  
Es la misma intuición que Habermas, desde la razón post-secular, termina reconociendo: la motivación moral necesita un horizonte que la razón sola no puede producir.

Pero Gómez va un paso más allá. Su espiritualidad no lo lleva a la disolución del yo, sino al descubrimiento —muy judeocristiano— de la irreductibilidad de la persona y de su responsabilidad ante el mundo. La mística no lo aparta de la realidad: lo devuelve a ella con mayor compromiso. La ética no se funda en la lógica, pero tampoco en un vacío emocional; se funda en una experiencia de sentido que impulsa a actuar.  

Por eso, para Gómez, la espiritualidad no es un refugio, sino un motor: la fuente de la energía moral necesaria para enfrentar la pobreza, la injusticia y la fragilidad humana. Lo que resuena con la frase de Simone Weil (1909-1943) popularizada por Rosalía (1992) en su disco LUX: "El amor [a Dios] no es consuelo, es luz".

Así, desde caminos distintos, Habermas y Emeterio Gómez convergen en una misma verdad:  la razón puede decirnos qué es lo correcto, pero no siempre puede movernos a hacerlo.  La motivación moral requiere una dimensión más profunda: un horizonte de sentido, una experiencia espiritual, una convicción interior que no se deduce, sino que se vive.

Ese es el punto donde la filosofía post‑metafísica y post-secular de Jürgen Habermas y la búsqueda espiritual de Emeterio Gómez convergen: la ética necesita fundamentos que no son sólo racionales, sino existenciales. Y en ese cruce —entre razón y espíritu, entre justificación y motivación— se juega hoy el futuro moral de nuestras sociedades.

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