Día memorioso
Escrito por Nicomedes Febres Luces   
Jueves, 02 de Abril de 2015 18:22

DÍA MEMORIOSO
Nicomedes Febres
* Anoche cené con Anapina en casa de mis hermanos Zoraida y Carlos y con Alirio Rodríguez y Alicia y con Edgar Sánchez y Yolanda: todos viejos amigos y aparte de ser ambos premios nacionales de Arte y parte importante de la historia cultural de nuestro país, son además gente muy culta y reflexiva. Rememoramos viejas historias que son parte de la historia del arte venezolano, nunca publicadas, y que probablemente se pierdan, porque por alguna razón que ignoro, los jóvenes del mundo del arte de aquí no se interesan por la historia del arte de su propio país, ni siquiera lo estudian y están solo pendiente de lo que hacen sus compañeros de generación en Estados Unidos y Europa. Presumo que se debe a la tendencia efebocrática que rige la sociedad de consumo desde el progreso de la globalización y tuvo su arrollador comienzo en la década de los años 1960, cuando los jóvenes de entonces, como manadas, establecieron patrones de consumo de carácter generacional y gregario, que predominaron como el segmento con mayor poder de compra. Hablamos anoche también mucho de literatura, uno de esos amores, que debí deje de lado en algún momento de mi vida, pues siendo un niño, mi madre me enseñó el valor de la lectura, por lo que a los 15 años, junto a mis amigos, casi todos muertos jóvenes, nos intercambiábamos los libros. A esa edad ya había leído a Tomás Mann, Herman Hesse, Dostoievski, Ayn Rand, Dickens, a mis amados A. J. Cronin, Samuel Shellabarger, Wilde, Kipling, Hugo, los Dumas y pare de contar y que me pasearon por el tiempo y por la geografía. Luego caí en manos de la amante más exigente, dominante y posesiva que existe, que es la Medicina, que me prohibió leer a nadie distinto a ella, salvo algunas infidelidades ocasionales y fue así como cayeron en mis manos García Márquez, Cabrera Infante y Vargas Llosa por citar tres. Pero como la medicina vive conmigo en un mundo que es necesario conocer más allá de sus límites, me dediqué con ahínco y con interés cartográfico a estudiar Ciencias Políticas, mucho más tolerante que la bendita Medicina, que seguía exigiendo ser la “primera dama”. Todo esto junto al primer deber que me enseñó mi padre, que era vivir y luchar, que es infinitamente divertido y apasionante, por lo que siempre me he identificado más como un hombre de acción que como un “intelectual”, término que me produce cierta urticaria, pese a los regaños de mi entrañable amiga Soledad Mendoza. Para colmo de males, mi maestro el viejo Domínguez Sisco, me presentó una nueva amante que fue el Arte y como para el “viejo” la responsabilidad, era también una norma de vida, me pidió que lo hiciera con la excelencia que acostumbrábamos. Hace cosa de tres años, un día, deseoso de entretenerme y cometer una infidelidad, compre en Khalatos un libro llamada Kafka en la Orilla de un autor japonés llamado Haruki Murakami. La obra era sublime, pero por temor a su inmensa seducción y estando escribiendo el capítulo final de mi propio libro Crónicas de las Mujeres que inquietan a los Hombres, decidí con gran pesar suspender el libro de Murakami en el penúltimo capítulo como una forma de no dejarme atrapar de nuevo por la literatura, y por ello ignoro el final de ese maravilloso libro. Siempre me arrepentiré de esa decisión, pero es bueno ser polígamo, pero no tanto, porque eso sería orgiástico y afectaría a mi propio trabajo, tomando en cuenta además mis amores secretos con la Historia de Venezuela. Lo que sí creo que es que, quién lee vive el doble o el triple del que no lo hace y es más feliz. Además, como no sabemos cuánto vamos a vivir, lo seguro es que la vida dentro de la cultura es mucho más extensa que la juventud, y ser viejo e ignorante es sinónimo de dura sobrevivencia, pero no de vida. Por eso la felicidad plena solo es posible en un Estado de Bienestar Cultural.

altAnoche cené con Anapina en casa de mis hermanos Zoraida y Carlos y con Alirio Rodríguez y Alicia y con Edgar Sánchez y Yolanda: todos viejos amigos y aparte de ser ambos premios nacionales

de Arte y parte importante de la historia cultural de nuestro país, son además gente muy culta y reflexiva.

Rememoramos viejas historias que son parte de la historia del arte venezolano, nunca publicadas, y que probablemente se pierdan, porque por alguna razón que ignoro, los jóvenes del mundo del arte de aquí no se interesan por la historia del arte de su propio país, ni siquiera lo estudian y están solo pendientes de lo que hacen sus compañeros de generación en Estados Unidos y Europa. Presumo que se debe a la tendencia efebocrática que rige la sociedad de consumo desde el progreso de la globalización y tuvo su arrollador comienzo en la década de los años 1960, cuando los jóvenes de entonces, como manadas, establecieron patrones de consumo de carácter generacional y gregario, que predominaron como el segmento con mayor poder de compra.

Hablamos anoche también mucho de literatura, uno de esos amores, que debí deje de lado en algún momento de mi vida, pues siendo un niño, mi madre me enseñó el valor de la lectura, por lo que a los 15 años, junto a mis amigos, casi todos muertos jóvenes, nos intercambiábamos los libros. A esa edad ya había leído a Tomás Mann, Herman Hesse, Dostoievski, Ayn Rand, Dickens, a mis amados A. J. Cronin, Samuel Shellabarger, Wilde, Kipling, Hugo, los Dumas y pare de contar y que me pasearon por el tiempo y por la geografía. Luego caí en manos de la amante más exigente, dominante y posesiva que existe, que es la Medicina, que me prohibió leer a nadie distinto a ella, salvo algunas infidelidades ocasionales y fue así como cayeron en mis manos García Márquez, Cabrera Infante y Vargas Llosa por citar tres. Pero como la medicina vive conmigo en un mundo que es necesario conocer más allá de sus límites, me dediqué con ahínco y con interés cartográfico a estudiar Ciencias Políticas, mucho más tolerante que la bendita Medicina, que seguía exigiendo ser la “primera dama”.

Todo esto junto al primer deber que me enseñó mi padre, que era vivir y luchar, que es infinitamente divertido y apasionante, por lo que siempre me he identificado más como un hombre de acción que como un “intelectual”, término que me produce cierta urticaria, pese a los regaños de mi entrañable amiga Soledad Mendoza. Para colmo de males, mi maestro el viejo Domínguez Sisco, me presentó una nueva amante que fue el Arte y como para el “viejo” la responsabilidad, era también una norma de vida, me pidió que lo hiciera con la excelencia que acostumbrábamos.

Hace cosa de tres años, un día, deseoso de entretenerme y cometer una infidelidad, compré en Khalatos un libro llamado Kafka en la Orilla de un autor japonés llamado Haruki Murakami. La obra era sublime, pero por temor a su inmensa seducción y estando escribiendo el capítulo final de mi propio libro Crónicas de las Mujeres que inquietan a los Hombres, decidí con gran pesar suspender el libro de Murakami en el penúltimo capítulo como una forma de no dejarme atrapar de nuevo por la literatura, y por ello ignoro el final de ese maravilloso libro. Siempre me arrepentiré de esa decisión, pero es bueno ser polígamo, pero no tanto, porque eso sería orgiástico y afectaría a mi propio trabajo, tomando en cuenta además mis amores secretos con la Historia de Venezuela.

Lo que sí creo que es que, quién lee vive el doble o el triple del que no lo hace y es más feliz. Además, como no sabemos cuánto vamos a vivir, lo seguro es que la vida dentro de la cultura es mucho más extensa que la juventud, y ser viejo e ignorante es sinónimo de dura sobrevivencia, pero no de vida. Por eso la felicidad plena solo es posible en un Estado de Bienestar Cultural.


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