| La muerte de Gadafi y Venezuela |
| Escrito por Vladimir Villegas (periodista) |
| Martes, 25 de Octubre de 2011 07:30 |
Las imágenes del cadáver de Gadafi están recorriendo el mundo. Ya han pasado varios días desde su ejecución por parte
de miembros del Consejo Nacional de Transición libio y todavía impacta el macabro espectáculo, alimentado por las más disímiles versiones en torno a la forma en que perdió la vida el otrora hombre fuerte de Libia.Viendo estas fotografías y videos es inevitable pensar en los casos de Sadam Hussein y Osama bin Laden. Uno, ex hombre fuerte de Irak, ahorcado luego de una sangrienta invasión sustentada en la falsa versión de que ese país estuvo involucrado en los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, y que en su territorio había armas químicas. El otro, un ex aliado de Estados Unidos convertido en jefe de la organización terrorista Al Qaeda. Pues bien, se hizo costumbre mostrar los cadáveres de estos personajes, bien bañados en sangre o luego de ser ahorcados. El método no importa, sino la lección que se pretende dar. La lección es que los enemigos de Occidente terminarán tarde o temprano de esa manera. Cosidos a tiros o pendiendo de un grueso e implacable mecate. No es esa la justicia internacional que uno desea, no es la que parece coherente en un mundo como el actual, en el cual existen en el papel tratados, convenios, convenciones y normas para regir las relaciones internacionales. No podemos acostumbrarnos ni a las dictaduras mesiánicas, autoritarias, sanguinarias que se llenan la boca con discursos antiimperialistas pero que terminan siendo semejantes a las de Pinochet o Somoza, para hablar de dos asesinos que actuaron en estas latitudes. Tampoco podemos acostumbrarnos a la idea de que las grandes potencias económicas y militares invadan, ejecuten o protejan a tiranuelos de acuerdo con sus conveniencias e intereses. En el mundo de hoy reinan la doble moral y la fuerza. La ONU luce cada vez más decorativa. Entonces a uno no pueden obligarlo a escoger entre dos alternativas que son francamente perversas. O estás con el tirano que justifica su poder omnímodo con el argumento de que el imperio está al acecho, o callas en forma cómplice frente a las bárbaras intervenciones militares que se hacen en nombre de los pueblos sometidos, y terminan siendo estos los que ponen la sangre y los muertos. La ejecución de Gadafi, o la presunta ejecución, para ser más cautos, ha generado suspicacias en el mundo, y ya se escuchan pronunciamientos exigiendo que se aclare este hecho. Sinceramente deja muchas dudas y muchos temores que un nuevo gobierno, nacido de la resistencia contra un dictador, y con el apoyo innegable de Occidente, tanto en lo económico como en lo militar, comience sus primeros pasos llenándose las manos de la sangre de un prisionero, lo cual no puede justificarse ni siquiera porque se tratara de un sanguinario. Y cuando uno ve estas muestras de salvajismo y de sadismo, como la larga fila para exhibir ante niños y adultos el cadáver congelado de Gadafi, es imposible no pensar en Venezuela y en lo que puede ocurrir si unos siguen ejerciendo el poder de la forma como lo hacen, con prepotencia, con alevosía y ventaja, con la bandera de la exclusión y de la criminalización de la disidencia; y otros sólo esperan el momento en que la tortilla se dé vuelta, como tarde o temprano ocurrirá, para poder usar el grueso talonario de facturas que tienen guardado. Por fortuna, nos esperan unas elecciones y no una guerra como la que hoy desangra a Libia, lo cual tampoco nos libera definitivamente de esa amenaza. Sólo estaremos a salvo si de todos nosotros se apodera una sana reflexión en torno a los peligros que nos acechan. No somos Libia, pero tampoco Suiza... Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla EN |
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