| De cuartel y burdel |
| Escrito por Manuel Caballero |
| Lunes, 03 de Agosto de 2009 07:16 |
Quien se acostumbra a visitar las maison closes, cree que el único amor es el que se compra. Aún después de que una ley prohibiese las maisons closes en Inglaterra y el ejemplo fuese seguido en toda Europa, alguien explicaba que siguiesen siendo tan populares en Italia porque sus latin lovers eran demasiado perezosos para iniciar una seducción y demasiado vanidosos para soportar un rechazo.
No sabemos cuál de los dos motivos -o en qué medida cada uno- impulsaban a nuestro actual Comandante en Jefe a visitarlas como remate de sus juergas. Sólo sabemos que su propia lengua nunca ha podido despojarse de las suciedades típicas de los porteros de esas casas; entre otras cosas para relatar en cadena nacional sus más íntimos apremios, provocados por un desbordamiento hormonal o más simplemente alimentario. Pero la confesión pública de esas calaveradas juveniles explica que el grueso de sus acciones políticas le deben mucho menos a haber leído a Marx o a Lenin u oído a Fidel Castro que a esas visitas juveniles.La menos peligrosa Dejemos de lado su lenguaje, no sólo porque ya hemos hablado de eso demasiadas veces, sino porque, unas con otras, y pese al poder de la palabra, esa es acaso la menos peligrosa de todas las lecciones aprendidas en esas casas donde se ejerce la profesión más vieja del mundo. En cambio, sí lo es la idea de que con dinero se puede comprar todo, y por sobre ese todo, el amor. Es por eso que interpretan de una manera muy par- ticular lo que decía el Che Guevara del revolucionario: que su pecho estaba lleno de un gran sentimiento de amor. Contrariamente a eso, estos revolucionarios de bombillito rojo no piensan en su pecho cuando hablan de amor, sino en sus bolsillos. Porque la experiencia no les ha hecho conocer un amor que no sea ancilar, pagado, mercenario. Nada de aquello de “contigo pan y cebolla”: la maquinaria de esta revolución se mueve con oro. El cual oro, en nuestro caso venezolano, no puede ser ese amarillo que es también el del cabello de esos malditos imperialistas, sino negro. Negro petróleo, por supuesto. Una austeridad ejemplar Los revolucionarios de principios del siglo pasado, tanto rusos como chinos, eran de una austeridad ejemplar que solían reconocer hasta sus peores enemigos. Como lo constató Emil Ludwig, un liberal sin la menor ninguna simpatía por los bolcheviques, el “plato de oro” con que comían en el Kremlin los líderes revolucionario eran “pura leyenda”. A ninguno de ellos se le hubiese ocurrido calmar sus urgencias asistiendo a un burdel y mucho menos jactarse de ello en una alocución pública. Su austeridad rayaba en la mojigatería: si bien no objetaban los lazos no por discretos menos estrechos de Lenin con Inessa Armand, con los líderes menores no solían ser tan tolerantes. Al buenmozo Lunacharsky, gran figura de la cultura a quien le llovían las mujeres y no se privaba de su compañía, sus camaradas lo llamaban entre bromas y veras Lupanarsky. En cuanto al sexo, contrariamente a algunos revolucionarios (acaso la misma Alejandra Kollontai ministra de relaciones exteriores o Angélica Babalanova, presidenta de la Internacional Comunista) que predicaban el “amor libre”, Lenin oponía la fórmula “ni monje ni Don Juan”. Pobres de solemnidad En cuanto a los revolucionarios que, en el seno de la Internacional trataban de expandir en el mundo entero “las lecciones cardinales de la revolución rusa”, pese a las exageraciones de los gobiernos conservadores y la prensa amarilla sobre el malfamado “oro de Moscú”, la suya era solidaridad de pobres de solemnidad: a nadie se le ocurría que ella podía tasarse, como hubiese dicho Porfirio Barba Jacob “en rútilas monedas”. Compárese aquella actitud, aquella moral, aquella mística con la de los Correa, los Morales, los Ortega, los chiquillos del Caribe subsidiado y los más ávidos de todos, la pareja de proxenetas argentinos, los Kirchner; y por supuesto, el más reciente de estos revolucionarios de Rolex de oro y sombrero tejano de a mil dólares, Manuel Zelaya. Pese a que se les llame “camaradas”, en verdad el nombre que les corresponde es el de clientes. Porque su solidaridad no las dispara ningún impulso altruista sino la muestra contante y sonante de la magnanimidad del Héroe del Museo Militar. Y, como remataban aquellas “cartas-pueblas” españolas donde se establecían las condiciones para ser fieles al rey: “e si non, non”. Tolerancia y casas Pero seamos justos. Su formación proviene de sus constantes y hasta celebradas visitas nocturnas a las casas de tolerancia: aunque hay que reconocer que esta última virtud no la aprendió allí (ni en ninguna otra parte). Pero no es sólo eso: sería mezquino negar que por lo menos la mitad de su formación la obtuvo allí; y (por lo menos) la otra mitad del cuartel. No vamos a entrar en detalle de cómo se produjo esa influencia, como tampoco lo hicimos con su otra confesa escuela. Porque eso sería lo anecdótico: lo interesante es ver el producto perceptible de ambas formaciones. La primera, ya lo hemos visto, es la idea de que con plata, y sólo con plata, con mucha plata, se compran amores. La segunda lección es que, como en el cuartel, el jefe debe ser uno y sólo uno (la versión marina de este principio es que “donde manda capitán no manda marinero”); con la novedad de que ese mando debe ser perpetuo. De allí que el primer producto de exportación y el mejor recibido de esta revolución tan “bonita” es el de la reelección: si posible hasta que la muerte los separe. |
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