Los frutos del odio
Escrito por Eduardo Casanova   
Sábado, 18 de Julio de 2009 06:53

altRafael Ramírez, superministro, presidente de Pdvsa, rubicundo, burgués, de hablar pausado, se fue de bruces en una asamblea de trabajadores de empresa petrolera roja rojita y proclamó su odio a la oligarquía, sin darse cuenta de que en este momento la única verdadera oligarquía del país es el Gobierno, y, sobre todo, sin darse cuenta del daño que le hace a su “revolución bonita”, al proclamar que lo que la mueve es el odio, es la antipatía, y nada que nazca del odio y la antipatía puede ser bonito. Nada que provenga del odio puede generar algo positivo. Del odio sólo nacen la destrucción, la ruina, la maldad.

Y ése ha sido el problema de Venezuela en los últimos diez años. El odio generado por el teniente coronel Chávez Frías, que ha causado división, destrucción, atraso, miedo. Se ha dado, sí, la paradoja, de que una situación coyuntural, combinada con la habilidad oratoria de Chávez, tal como fue el caso de Adolf Hitler en las décadas de 1930 y 1940, han generado en buena parte de las masas algo parecido a un amor irracional, un amor-odio que cierra los ojos de quienes lo padecen.

Un amor destructivo que lleva a un suicidio colectivo. “Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo”. Un amor-odio que cierra los ojos y el entendimiento ante realidades terribles, como la destrucción sistemática de las instituciones y la entrega del país a extranjeros que no sienten el más mínimo amor por nuestra patria, o, peor aún, la destrucción sistemática de fuentes de empleo y de riqueza, que perjudican abiertamente a los que menos tienen. Después de oír a Rafael Ramírez, superministro, presidente de Pdvsa, rubicundo, burgués, de hablar pausado, cuando a gritos destemplados proclamó su odio irracional y destructivo, nadie medianamente inteligente puede seguir creyendo en la Revolución Bolivariana como restauración de la revolución del siglo XX, como restauración de alguna esperanza.

La Revolución Bolivariana no es sino una erupción de odios, de resentimientos, de antipatías que pueden haber tenido en un momento dado una base cierta, pero que no pueden conducir a nada bueno, a nada positivo. Sus resultados son los frutos del odio, y los frutos del odio no pueden ser ni bonitos ni generadores de nada bueno. Frente a ellos hay una sola posibilidad racional: contrarrestarlos con la armonía, con el verdadero amor, y tratar de quienes se han dejado seducir por los cantos de sirena de la Revolución Bolivariana se den cuenta de que con odio sólo se va a la destrucción, a la ruina, al desastre. Frente al odio de clases, que tanto horrorizó a Bolívar al extremo de tener que fusilar a Piar, hay que proclamar la colaboración de clases, que poco a poco, pero con eficiencia, llegue a eliminar las diferencias entre las clases sociales, y a lograr, ahora sí, una verdadera revolución bonita, que bien puede ser el cumplimiento de los sueños de quienes todavía pueden soñar. No es con odio, sino con trabajo, con honestidad, con armonía, como los pueblos pueden alcanzar la felicidad.


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