Cacalota
Escrito por Ramón Guillermo Aveledo | @aveledounidad   
Miércoles, 02 de Septiembre de 2026 00:00

altPor recomendar analizar las propuestas de una personalidad política sin necesariamente endosarlas, recibí respuestas positivas y discrepantes,

pero sobre todo una andanada de improperios muy reveladora del ánimo predominante que no es el de discutir, porque se supone que todo está claro, definido y definitivo y solo debe hacerse “lo que yo creo” y punto.

Entre las más agresivas, me llamó la atención la una persona que sé inteligente y culta, cuya animosidad desconocía pero que noto atrincherada y recurrente. No echa mano a la historia sino a la sicología y habla de “obsesión” y “resentimiento”. Sin darme por aludido porque entre mis no pocos defectos, no están esos, como lo saben los que me conocen, sí me preocupó por sus implicaciones socio-políticas presentes y futuras.    

Según la Clínica de la Universidad de Navarra, obsesión es una perturbación anímica producida por una idea fija, repetitiva e intrusiva que asalta la mente en contra de la voluntad de la persona y le provoca ansiedad o malestar significativo. Y en el diccionario de la Academia Española es perturbación anímica producida por una idea fija o Idea fija o recurrente que condiciona una determinada actitud. Algunos sinónimos de obsesión serían manía, neura, demonio, fijación, fobia, cacalota.

Resentimiento, leo en Psicología y Mente, es el sentimiento permanente de disgusto, enojo o amargura hacia alguien a quien se considera responsable de un daño u ofensa sufrida en el pasado. O de nuevo en la RAE, acción y efecto de resentirse que es “tener sentimiento, pesar o enojo por algo”. Sinónimos de resentimiento son rencor, despecho, resquemor, amargura, encono, odio.

De obsesiones y resentimientos cuidémonos. Cada uno y todos. El obsesionado u obsesionada y el resentido o resentida, no tienen conciencia de su mal y al revés, se sienten con un derecho que muta en deber.

Padecemos el mal producido por la obsesión de los que mandan de conservar el poder como sea. Esa obsesión ha tenido efectos destructivos para la convivencia, las instituciones y en general la vida. Tampoco hay que explicar demasiado las nocivas consecuencias de los resentimientos con sus afanes vengativos insaciables. Ya vamos para tres décadas aguantándolos.

Queremos cambiar porque no soportamos la obsesión de poder de nuestros poderosos, inagotable, resiliente, ni el resentimiento como guía de las acciones u omisiones del poder. El cambio no es sustituir obsesiones, como tampoco resentimientos.

Nunca estuvimos a salvo de la obsesión de poder o el resentimiento como motor de conductas públicas o privadas, pero en estos veintisiete años los han estimulado con verdadera gula “los de arriba” con la excusa, sentida o fingida, de ser “los de abajo”. Cuánto este festival de agravios y daños objetivos y subjetivos han contaminado el alma nacional no lo sé, pero temo que mucho más de lo que nos conviene. 

Humanamente lo comprendo y humanamente me preocupa, porque la intolerancia hoy no es monopolio del poder y en ella asoma la “idea fija, repetitiva e intrusiva” y el rencor o la amargura por “daño u ofensa”. 

Cacalota llaman los nicaragüenses a la obsesión. La idea fija que provoca ansiedad puede llevar a poner una cosa con las mismas vocales y casi las mismas consonantes. Y pura pérdida para Venezuela. 

 


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