| Oscuridad nacional |
| Escrito por Freddy Marcano | X: @freddyamarcano |
| Martes, 19 de Mayo de 2026 00:00 |
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millones de ciudadanos enfrentan diariamente el deterioro progresivo de los servicios públicos, especialmente el del sistema eléctrico. Hablar de electricidad en el país ya no es referirse únicamente a energía; es hablar de calidad de vida, producción, estabilidad emocional, educación, salud y futuro. El problema dejó de ser técnico hace años para convertirse en una expresión visible del deterioro institucional que atraviesa la nación. Y aunque se anuncien cronogramas, inversiones o planes de contingencia, la realidad cotidiana siguemarcada por apagones indiscriminados, fluctuaciones intempestivas y una incertidumbre permanente que anula cualquier expectativa de progreso sostenible. El ciudadano común vive atrapado entre la resignación y la adaptación forzada. En buena parte del interior del país los llamados “horarios programados” rara vez se cumplen. Las personas organizan sus actividades bajo anuncios oficiales que terminan modificados arbitrariamente, lo que genera incuestionables pérdidas económicas, imprevistos daños a equipos eléctricos y profundas alteraciones en la vida familiar y productiva del país. Las consecuencias son obvias: comercios paralizados, alimentos dañados, fallas de conectividad, hospitales vulnerables y comunidades enteras sin respuestas forman parte de una rutina con la cual el venezolano ha aprendido a tolerar, pero no a normalizar moralmente. Todos sabemos que detrás de cada apagón existe una sensación silenciosa de abandono estatal. El problema eléctrico venezolano no nació de un día para otro ni puede atribuirse únicamente al paso del tiempo. Tomó años el desmontaje de todo el sistema: destruir las capacidades técnicas, desplazar el talento especializado y sustituir la planificación por la improvisación política. Las instituciones encargadas de garantizar la estabilidad energética dejaron de funcionar bajo criterios técnicos para convertirse en estructuras centralizadas, opacas y profundamente ineficientes. El resultado fue el desperdicio de miles de millones de dólares en proyectos inconclusos, plantas que nunca operaron plenamente e infraestructuras que terminaron siendo símbolos de corrupción antes que soluciones para el país. La consecuencia de todo ello ha sido un sistema eléctrico frágil, incapaz de responder a las necesidades reales de la población. Lo más preocupante es que quienes hoy administran la crisis continúan siendo, en gran medida, los mismos actores responsables del deterioro acumulado en todos los rubros y servicios del país. Se intenta construir una narrativa de recuperación parcial mientras el ciudadano sigue padeciendo la precariedad diaria. Existe un esfuerzo comunicacional por maquillar el problema, reducir expectativas y presentar la emergencia como una situación circunstancial, cuando, en realidad, es una crisis estructural vinculada directamente al debilitamiento institucional del Estado venezolano. Ningún sistema eléctrico moderno puede recuperarse sin transparencia, supervisión, profesionalización y planificación de largo plazo. La energía no se estabiliza con propaganda ni con discursos; se estabiliza con instituciones funcionales y confianza pública. La crisis eléctrica también revela una fractura social más profunda. Cuando un país pierde estabilidad energética, pierde competitividad económica, capacidad industrial y condiciones mínimas para garantizar bienestar colectivo. Las familias viven en constante incertidumbre, los jóvenes pierden expectativas de futuro, las empresas reducen operaciones y las regiones más vulnerables quedan sometidas a una desigualdad todavía mayor. La precariedad termina convirtiéndose en mecanismo de control social, porque una sociedad ocupada en sobrevivir difícilmente puede desarrollarse plenamente o exigir transformaciones estructurales sostenidas. Venezuela necesita comprender que la recuperación eléctrica no será posible sin una verdadera reinstitucionalización democrática del país. El problema no se resolverá únicamente cambiando transformadores o anunciando nuevos planes de administración de carga. Se requiere reconstruir confianza, recuperar capacidad técnica, garantizar transparencia y abrir espacios para una gestión moderna y profesional de todos los servicios públicos. El debate energético debe convertirse también en un debate ciudadano y democrático. Porque mientras las mismas prácticas políticas continúen administrando el deterioro, el país seguirá atrapado entre anuncios y apagones. Y la verdadera recuperación nacional solo comenzará cuando Venezuela logre reconstruir instituciones capaces de garantizar no solo electricidad, sino dignidad, estabilidad y calidad de vida para todos sus ciudadanos. IG, X: @freddyamarcano
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