| Mostrar la cédula |
| Escrito por Rodolfo Izaguirre |
| Domingo, 18 de Enero de 2026 05:37 |
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En efecto, soy esa pequeña lámina plastificada en la que aparece mi rostro, mi nombre y apellidos, mi estado civill y la fecha de expedición al lado de la de vencimiento. En el borde de arriba, los colores de la bandera y el número de la cédula y finalmente otro número misterioso al lado del nombre del Director del Centro de identificación que expide el documento. Ese trozo plastificado soy yo, es decir, soy el que dice o cree ser pero convertido en un número, en una cédula de identidad, y me basta con mostrarla a quien exige que me identifique para que no tenga que pedir mi nombre de nuevo. Puedo enseñarla sin pronunciar palabra alguna, pero si me obligan, si me presionan o me constriñen puedo agregar seis palabras: “soy un intelectual de clase media” y con esto no solo me estoy identificando sino que estoy asumiéndome en todos los intelectuales de clase media que han nacido o residen en el país venezolano o en otras latitudes, pero con idiomas ajenos. Somos diferentes, más altos, más bajos; morenos, lerdos, astutos, brillantes, sanos o enfermos, pero hemos leído a Rimbaud y a Anton Chejov, a Picón Salas y a Thomas Mann, a Haruki Murakami y a Mario Vargas Llosa. Hemos escuchado obras de Beethoven, de Mozart y de Prokofiev y quien sabe si de Schoenberg o de Luigi Nono; además, vamos al teatro, estudiamos sociología, visionamos películas de Bergman o Antonioni (de acuerdo a la edad que tengamos) de Kubric o de Tarantino o de los hermanos Washowskis si somos mas contemporáneos y conocemos los nombres de ríos, mujeres célebres y capitales de países remotos. Todos somos números en cédulas de identidad aunque arrastremos ideologías o pareceres opuestos o similares, sumisos al gobierno de turno o en franca rebeldía si resultan autoritarios La vida, con cédula o sin ella, siempre es caprichosa, pero en Venezuela es incierta y temeraria, de derecha o de izquierda, civil o militar, pero pocas veces de centro. Hace años escuché decir a uno de mis hermanos que el día que saquemos la cédula en una sola jornada el país venezolano habrá mejorado notablemente. Hoy, obtenemos nuestras cédulas con asombrosa prontitud. !Lo hemos logrado, pero el país no parece haber mejorado mucho! Sigue tropezando y nosotros continuamos siendo habitantes pero no ciudadanos como aspira Gustavo Coronel que seamos. !Sin embargo, cuando andábamos bien vestidos nos preguntaban si íbamos a sacar la cédula o si nos encaminábamos hacia Miraflores! En una de las “alcabalas o puestos de control militar que la Guardia Nacional instalaba caprichosamente, pero con perversa intención en los caminos y carreteras para extorsionar a los viajeros en tiempos de Pérez Jiménez, el Guardia detuvo el automóvil y exigió nuestras cédulas. Uno de mis amigos mostró una penosa lámina deshecha, impresentablecon risueño cinismo. “!Ciudadano, ¿porqué no ha renovado su cédula!?” Con amplia sonrisa mi amigo dijo que “le había salido muy buena” . El Guardia, permaneció inmóvil, pero endureció el torso. Movió el brazo hacia atrás y sin decir palabra, pero con torva mirada y por encima del hombro echó al monte lo que quedaba de aquella cédula. Fue la manera ferozmente personal y arbitraria que encontró para obligar a mi amigo a tramitar una nueva cédula. Después, con risueño cinismo, nos quitó el dinero que llevábamos y dejó un dinerillo… “para las cervecitas”, djo. Mi profesora de francés, adulta y fervorosamente católica, estando yo interno en el liceo de Hugo Ruán en Sabana Grande, contó en clase que en Nueva York, además de saludar al presidente Isaías Medina Angarita arrojado al exilo por una junta cívico (Betancourt) militar (Pérez Jiménez), visitó una fábrica de armas, no obstante ser ella enemiga de las armas blancas y de fuego, “pero en ese momento, mes enfants, no era el número de la cédula de identidad que siempre he sido”. No! !Era Venezuela! Con valentía sostuvo el fusil en sus manos y disparó. Uno de los chicos, burlonamente, preguntó si había dado en el blanco y mademoiselle respondió enfática y afirmativamente, pero empleando un verbo poderosamente ambiguo y traicionero en aquella aula llena de adolescentes atormentados por la líbido: “Mi padre, dijo, me enseñó a tirar en las playas de Macuto!”. Debió haber dicho que su padre le había enseñado a “disparar” porque todos nos estremecimos y soltamos risa y comentarios al punto que la católica profesora de francés se percató de la marejada que ella misma estaba provocando y mirándonos enfurecida exclamó: “!Cloacas, cloacas es lo que son!” y abandonó el aula para quejarse en la Dirección y regresar con un Hugo Ruán enardecido y dispuesto a castigarnos severamente, como en efecto hizo, negando a los internos nuestra anhelada salida dominical, después de oír misa obligatoriamente en la iglesia de Sabana Grande llamada Inmaculada Concepción y San José de El Recreo con el cura montado en el púlpito mostrando albas, casullas, estolas, toda una nueva vestimenta sacerdotal y su costo. En el mundo torcido y complejo que padecemos estamos obligados a cargar en la cartera una cédula o cualquier otro documento que acredite identificación. Mi cédula ofrece señales mías, es decir, breves y precisos datos de alguien que cree ser, pero que desearía ser menos necio y mas brioso, mas sensato e inteligente que el personaje inútil y pretencioso al que me veo atado a una lámina plastificada. Nuestra auténtica cédula de identidad no es la que nos reduce a un número sino la que glorifica la honestidad que debe asomar en todos y cada uno de nuestros gestos, miradas y comportamientos. La veracidad que da vida y libertad a nuestras palabras y la capacidad y entereza de no mentir, de no traicionar a nuestro vecino o a nuestro propio pensamiento .!De no claudicar jamás!. Aceptar y reconocer el error; no considerar a la vida como si fuese una enfermedad sino como el alegre manantial que brota de una mente abierta y esclarecida. |
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