La revolución del desconocimiento |
Escrito por Antonio José Monagas | X: @ajmonagas |
Sábado, 30 de Agosto de 2025 00:00 |
No necesariamente, esta realidad es producto de lo que se llamó la Revolución Industrial. Causada la misma, por la aparición de la máquina de vapor cuyo resultado transformó la vida al proporcionarle, transcurrida la primera mitad del siglo XVIII, razones tecnológicas que se tradujeran en beneficios económicos y sociales para aquellas naciones que se esforzaron en agregarle valor a todo lo que refería la industria en su plano más extenso. El cambio que se dio en la producción y consumo de bienes, revolucionó la manera de atender y entender la vida. Se incorporaron nuevos esquemas de organización del trabajo aplicados a mecanismos dirigidos a incrementar el rendimiento de procesos que requerían de la dinámica del movimiento. Aun cuando, posteriormente, exaltaron nuevas causas que dirigieron el apogeo del capitalismo. Ello produjo un cambio en el mundo de las finanzas. Así, comenzó a soportarse y garantizarse los elevados costos determinados por la incidencia de la naciente economía.
Implicaciones importantes La avalancha de emprendimientos de mayúscula tendencia, devino en posteriores revoluciones industriales. Estas, marcadas por la innovación asociada al denodado trabajo de atrevidos genios que se dispusieron a concebir un mundo a tono con las exigencias de sociedades ilustradas. En consecuencia, hoy se habla de la revolución 4.0. Es decir, una nueva revolución industrial caracterizada por la presencia e incidencia de novedosas tecnologías de la información y comunicación. En el ámbito de lo que dichos eventos determinan, el mundo vuelve a verse sacudido por nuevas formas de relacionar no sólo al hombre con tendencias digitales. Sino también, y más importante aún, al hombre consigo mismo. Si esas realidades se llevaran al campo de la política, esta habría sido actualmente objeto de trascendentales cambios. Aunque algo en esa línea, pareciera suceder. Aunque lejos de países todavía insertados en el oscurantismo que depara el populismo. O, mejor dicho, el tecnopopulismo. Más, porque es posible reconocer que si bien las tecnologías digitales lograron algo, deberá decirse que no ha sido para hacer de la política un medio habilitador de talentos. Por lo contrario, y he ahí lo contradictorio de dicha realidad. La demagogia hizo al populismo su más incondicional y leal aliado para hacer sucumbir oportunidades de desarrollo de la política.
Deducciones primarias De manera que, de desenvolverse así dicha situación, luciría imposible afirmar que, por meros pronunciamientos, un país pueda convertirse en potencia social, económica, cultural y política. Más aún, cuando una propuesta de tales proporciones considere como objetivo estratégico desarrollar el poderío económico aprovechando de manera óptima las potencialidades que ofrece cualquier realidad. El afán por usufructuar el poder, ha llevado a gobernantes de todas partes, a valerse de los más temerarios fraudes para enquistarse en el ejercicio del gobierno al margen de lo que rezan las leyes. Sigue desatendiéndose que la economía está reservada al conocimiento. Pero el populismo demagógico sigue ilusionando a muchedumbres con el cuento de que el desarrollo económico de una nación depende del trabajo corporal o manual, alcanzado. No obstante, las realidades reflejan otra cosa. La politizada presunción, es rebatida por el paradigma que habla de la sociedad del conocimiento como pivote del progreso posible. Esto es fácil de observar si se compara el valor de mercado de una transnacional ubicada en la cima de la innovación, con el valor monetario de la producción de bienes y servicios de demanda final (PIB) de cualquier país situado en el coso del subdesarrollo o por su única condición de productor de materia prima. Resulta pues difícil aceptar el parangón dada la inmensa diferencia entre ambos valores.
En conclusión Las realidades expuestas por realidades confundidas por el consumo a ciegas de tanto populacherismo, son atrozmente reveladoras de contradicciones animadas por la ignorancia, el idealismo, la obcecación. O por la obstinación de cuadros gubernamentales empeñados en torcer la historia política a instancia de la deformación que sobrelleva el desarrollo nacional pretendido y pautado por engañosas ofertas. Muchas, casi siempre, inspiradas en criterios superados por países que alcanzaron la condición de verdaderas potencias. Pero la desvergüenza de inicuos gobernantes, transita por un espacio estropeado sin conciencia ni decencia alguna. Tanto, que justifican sus temeridades en lo que pudiera llamarse la revolución del desconocimiento. |
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