Talar la democracia
Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos   
Lunes, 27 de Junio de 2022 00:00

altUno de los  grandes enemigos de la democracia es el populismo, sea  este de derecha, centro, izquierda, de arriba o de abajo.

No es un fenómeno exclusivo de América Latina ni de los países pobres. Por ejemplo, en los Estados Unidos, según opinión generalizada una de las democracias más sólidas del planeta, tuvo una severa manifestación en el período presidencial de Donald Trump (2017-2021).

Lo desdeñable del populismo es que ataca inmisericordemente las instituciones  republicanas y las bases constitucionales. De ahí que podamos constatar su embestida  frontal contra la misma esencia de la democracia.  No está demás advertir que esta propuesta política tiene unas  características muy propias e inconfundibles y  una capacidad de adaptación asombrosa.

Los discursos populistas no dejan de ser atractivos, simplistas y de fácil comprensión. Por eso despiertan  inmediata simpatía. Hacen uso desmedido de  “latiguillos” y frases impactantes, lo que desencadena una seducción y adhesión inminente.  Lo peor del caso, es que alguna gente y sectores que se suponen educados, preparados, destacados profesionalmente, exitosos empresarios y comerciantes, personas prestigiosas y “cultas” -  como se diría popularmente -   resultan francos seguidores, defensores a ultranza o decididos promotores de su instauración.

El populismo tiene a la cabeza un líder, una especie de mesías, histriónico y carismático. Son “profetas de turno”, críticos de todo y con soluciones para todo. No hay tema que les sea ajeno o ignoto. Opinan con tal sabiduría y autoridad que podrían desmontar, si no nos avispamos, cualquier racional argumento en contrario.

El populismo ha hecho de las suyas en nuestra región. En Venezuela, lamentablemente,  ha estado presente desde hace muchos años. 

El yerro o desliz más grande que algunos  voceros políticos y  personalidades de viejo cuño han podido cometer, es  haber confundido el propósito de reformar, adaptar, modernizar, ampliar y hacer eficiente la democracia, con “caerle encima”, criticarla de manera despiadada y, de paso, fomentar subrepticia e irresponsablemente su suplantación o reemplazo. Acaso ¿podemos olvidar  lo que ha sucedido desde febrero de 1992 en adelante? Alguien dijo que en el populismo la culpa no es de los votantes sino de quienes lo auspician, impulsando, avivando y orquestando hábiles y eficaces campañas en pro de determinadas  candidaturas y futuros gobiernos. En otras palabras, el populismo tiene unos oficiantes y patrocinadores muy resueltos y eficaces en sus propósitos.

El populismo no tiene nada que ver con la aparición de un  nuevo liderazgo, con la renovación de propuestas, con el reanimar y fortalecer  los partidos políticos históricos o con el surgimiento de otros (cuidado con  aquellos que se constituyen en movimientos detrás de una figura). Porque un cosa es podar  y otra talar la democracia. La primera sugiere  suprimir las ramas sobrantes, enfermas o secas; el agregar vitaminas, abonos y planteamientos frescos para revitalizarla. La segunda apunta al hacha inmisericorde, a su total derribo o eliminación.

La democracia mundialmente no está en sus mejores momentos. Es verdad que no tiene  parecido con aquellas etapas de persecución u opacidad. Pero atención, cualquier descuido puede retrotraernos a situaciones y tiempos ya superados.

Ya se ha dicho y reiterado (Hannah Arendt dixit) que el populismo es la antesala  del autoritarismo. No ha habido un solo caso que se haya  sustraído o escapado de esta realidad. En consecuencia, tenemos que hacer un enorme y conjunto esfuerzo para impedir la tala definitiva de lo poquito que nos queda de democracia.

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|*|: Especial para www.opiniónynoticias.com


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