| Lenguaje y política: caso Venezuela |
| Escrito por Luis Fuenmayor | X: @LFuenmayorToro |
| Lunes, 16 de Mayo de 2022 00:00 |
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cotidiano del pueblo, ni las formas comunes de expresarse de los ciudadanos, a quienes usualmente se les endosan la causa de las variaciones permanentes del idioma y su característica naturaleza cambiante, pese a los esfuerzos que se haga, cuando se hacen, por mantenerlo lo más “puro” posible. Soy una de esas personas que trata, sin conseguirlo totalmente, de hablar en forma correcta, sobre todo cuando escribo, a sabiendas hoy de que esa forma de hablar posiblemente desaparezca más temprano que tarde. Desde el inicio mismo del gobierno chavecista, en la redacción incluso de la nueva Constitución por allá por 1999, el castellano fue la primera víctima del gobierno que recién se iniciaba. Recuerdo aquello de “los estudiantes y las estudiantas”, defendido con ahínco por una mezcla explosiva de feminismo ignorante con politiquería de la más barata. Hasta hace poco me empeñaba en que la gente no usara “aperturar” en lugar de abrir, al referirse a una cuenta bancaria. Incluso, más de una vez me gané la antipatía de una bella promotora, que gentilmente me preguntaba si venía a “aperturar” una cuenta, ante mi autosuficiente y algo descortés respuesta de que no estaba interesado y que, en todo caso, sería “abrir” una cuenta, pues el verbo “aperturar” no existía, ya que sólo existía el sustantivo “apertura”. Algo que la joven ni entendía ni le interesaba entender. ¿Y todo para qué? Para que la Academia española de la lengua decidiera, sin mucha argumentación, aprobar el verbo “aperturar”. Algo así como si en lugar de cerrar una cuenta bancaria dijéramos que la vamos a “cerraturar”. Y no lo digo muy duro, no sea que a los académicos les dé por asumirlo también como nuevo verbo. Pero volvamos a los desaciertos lingüísticos en la política venezolana, que no son sólo de este siglo, en los cuales el propio Chávez jugó un papel estelar, pues su soberbia no le permitía aceptar errores que podían interpretarse como cuestionamientos de su sapiencia. Aunque lo peor era que gente, con muchos más conocimientos que el Comandante-Presidente, llegaran a asumir la defensa de sus disparates. Recuerdo cuando en uno de sus programas televisivos iniciales dijo “adquerir” en lugar de “adquirir”, para, al darse cuenta del error cometido, intentar demostrar que no había cometido error ninguno. Mucho antes que Chávez, Carlos Andrés Pérez habló del auto suicidio, palabra que utilizó como expresión superlativa de esa condición, que luego la chispa criolla popularizó en tal forma que el error cometido ya ni se recuerda. Pero hay otros que han sido mucho más fecundos en la génesis de disparates, como son los casos de Manuel Rosales, gobernador del Zulia, que se inició con el refrán de no pedirle “peras al horno”, y ha continuado indeteniblemente. “Si me matan, y yo me muero”, “hay que taparse los ojos y cerrar los oídos”, “Margarita es una isla rodeada de agua”, “el futuro es mañana”, “Chávez quiere durar 100 años, que es casi un siglo”, “un saludo a los que votaron por mí y a los que no votaron tampoco” y aquello de que la democracia tiene sus orígenes unos 500 años antes de Cristo y que fue establecida por Montesquieu, hacen de Rosales todo un catedrático imbatible en la materia. El propio Maduro no se ha quedado atrás en la producción de disparates lingüísticos: “Con Chávez no dudé ni un milímetro de segundo”, “las autoridades venezolanas trabajarán las 35 horas del día”, “Bolívar se quedó huérfano de esposa” y una afirmación que parece más una confesión que otra cosa, la de “esos capitalistas que roban como nosotros”. Otras expresiones similares han sido hechas tantas veces por el Presidente, que ha logrado aparentar que lo hace exprofeso, para molestar o hacer que la gente se dedique a criticarlas y se olvide de los graves problemas existentes. Pero lo que sí ha sido algo permanente todos estos más de 20 años de supuesta revolución, es el uso tedioso en discursos, declaraciones y conversaciones, de sustantivos y adjetivos masculinos y femeninos, repetidos en forma incesante, como una letanía que pretende demostrar un trato igualitario de hombres y mujeres, que es realmente inexistente y demagógico. Algo parecido a la proliferación de epónimos, esculturas y pinturas indígenas, como elementos probatorios de una reivindicación de las culturas precolombinas, que lucen cínicas ante el trato inhumano que reciben hoy nuestros indígenas. |
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