| El trabajo en socialismo es la servidumbre |
| Escrito por Víctor Maldonado C. | X: @vjmc |
| Viernes, 01 de Mayo de 2020 00:56 |
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y todos aprovechan la oportunidad para hacer loas al obrero y alabar el genio del trabajador. No deja de ser extraño que sea feriado el cuadragésimo octavo día de un encierro que amenaza con prolongarse más allá de la capacidad de resistencia de la mayoría de los ciudadanos. Un feriado sumergido en un detente de la vida que dice celebrar lo que casi ya no existe. Los socialismos son especializados en el destruccionismo. Son el ejercicio contumaz de esa prepotencia que transforma a los políticos en planificadores centrales, o sea, en los que pretenden doblegar la compleja realidad, constituida por millones de interacciones entre millones de personas, para reducirla a una matriz de insumo-producto que quiere ser el alfa y omega de todas las cosas. Pero no solo quieren determinar la realidad a sus cálculos sobre la felicidad y la justicia. También quieren ser los propietarios de todos y también de sus propiedades. Los socialistas, prevalidos de la fuerza ejercida con rasgos psicopáticos, te proponen una oferta que no puedes rechazar: cambiar tus grados de libertad por servidumbre “benevolente”, administrada por un estado todopoderoso que, sin embargo, solo te plantea como alternativa la muerte si es que se te ocurre intentar la disidencia. ¿Cómo alguien puede pensar que ocurra el trabajo como hecho social en un ambiente determinado por el exterminio de la libertad? El sistema de mercado es, al igual que el Estado, un método para coordinar y controlar el comportamiento de la gente, mediante interacciones favorables cuyo mediador universal es el dinero. Ud. solicita un servicio, lo paga y a cambio, lo recibe. El estado socialista se lo devora para quedar como la opción totalitaria. Por eso en los socialismos el dinero deja de tener valor y los mecanismos de intercambio son penalizados. Un sistema de mercado existe cuando los mercados proliferan y se interrelacionan unos con otros de una manera muy peculiar. Este orden peculiar, cuando se logra, tiene el objetivo de organizar y coordinar buena parte de las actividades de una sociedad, mediante las interacciones mutuas de los compradores y vendedores. La señal de lo valioso no es un decreto, ni una ideología. Es el precio que se transa. Obviamente, detrás de millones de transacciones ocurre el milagro del capital, resultado del trabajo continuo y sistemático y de la inversión productiva. Detrás de los bienes y servicios que se ofrecen en el sistema de mercado está el mercado laboral, donde se ofrecen y se demandan talentos que se transan por un precio que se llama salario. Sin sistema de mercado no hay posibilidad de imaginarnos un mercado de trabajo, solo desempleo, informalidad, grandes grupos de ciudadanos que son perdedores netos y un sistema de servidumbre que se ceba en la necesidad de sobrevivir que tienen los seres humanos. La planificación central con toda esa parafernalia de proclamas, decretos y propaganda, que son la negación forzada de una lógica masiva que quiere ser la intérprete irrevocable de todas las expectativas sociales. Como no puede, le toca aplicar la simplificación autoritaria: salario mínimo, bolsas CLAP, cadenas nacionales de radio y televisión, censura generalizada y morral tricolor. Los ciudadanos quedan reducidos a categorías operacionalizables y a condiciones mínimas de supervivencia. Un sistema de órdenes centralizado no es capaz de superar la eficacia de las interacciones mutuas, en forma de transacciones. Un ejemplo notable es la comparación imposible entre la telefonía estatal (que no existe) y la competencia privada (que tampoco existe al estar regulada y controladas sus tarifas). Porque solo mediante este sistema global de transacciones, propia del sistema de mercado, se puede lograr una asignación eficiente de las tareas, habida cuenta de que es una sociedad entera la que debe coordinarse, y es necesario obtener el fruto de muchas – casi infinitas – tareas diferentes. Sin un sistema de mercado complejo, no hay trabajo. Porque el trabajo es la forma del hacer posible la satisfacción de la oferta y de la demanda. Si esa lógica resulta obstaculizada hasta casi exterminarla, desaparecen las empresas y con ella desaparecen los empleos, los bienes y los servicios, se produce escasez e inflación, y al final nos conseguimos con que “solo tenemos patria”. O sea, ese socialismo tóxico que le importa poco inmolarnos a todos para ellos preservarse en el poder y seguir saqueando nuestro presente y nuestro futuro. Entonces ¿Qué es lo que estamos celebrando hoy? ¿En serio somos capaces de hacer loas al trabajo que no existe, al sistema de mercado aplastado por el destruccionismo socialista, a la falta de un mercado robusto que demande talento para resolver problemas? ¿En serio hay algo que celebrar? ¿En serio tenemos que acompañar la solicitud de reivindicaciones imposibles de pedir a un régimen que supuestamente desconocemos por usurpador? Un país sin economía, sin sistema de mercado, sin mercado laboral, no debería hacer de este día nada diferente a un silencio luctuoso. Por eso mi llamado a que conquistemos el primer bastión de la liberación, que no es otro que el sentido de realidad. Si no sabemos qué vivimos, cuáles son sus causas y sus terribles consecuencias, nunca podremos descifrar el laberinto en el que parecemos irremisiblemente perdidos. El rechazar una efeméride irrelevante podría ser el primer paso.
Caracas, 1 de mayo de 2020 Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla |
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