Miré los muros de la patria mía
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Sábado, 18 de Noviembre de 2017 07:02

altVuelve a escenificarse el simulacro del enfrentamiento con cartas marcadas. Nuevamente habrá diálogo. Nuevamente habrá elecciones

 

A los imprescindibles 

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La sorpresa no cuenta entre los justificativos de la claudicación. Desde el 4 de febrero de 1992, en Venezuela nadie, ni del campo civil ni en el terreno militar,  ha sido sorprendido en su buena fe. Son tan obvios, reiterados y repetitivos los trucos, las celadas, las trampas con las que el régimen, comandado desde los aparatos de manipulación política de La Habana por lo menos desde abril del 2002, ha sabido engatusar, engañar e incluso quebrar y someter al liderazgo opositor, obligándolo a pasar bajo sus horcas caudinas,  – algún día sabremos si mediando cuantiosos sobornos a mediadores y sometidos -, que cabe preguntarse seriamente si argumentar inocencia o ignorancia tiene algún valor para justificar la práctica entrega de las dirigencias opositoras a los fines de la estabilidad y entronización de la dictadura. La culpabilidad ya es generalizada y cabe preguntarse si ante los hechos brutos toda argumentación legitimadora de lo que ocurre no sea prueba consensuada de quienes defienden al régimen, sea desde sus propias filas, sea desde las de quienes, enriquecidos por la traición, lo hacen travestidos de opositores. Vivimos la aberrante complicidad del mal. Un fenómeno único y, por lo mismo, tanto más aberrante en la historia del avance del castro comunismo en América Latina. Un juego de tronos practicado en los entresijos del poder cuya principal víctima sigue y seguirá siendo el pueblo venezolano. Para su inmensa desgracia. 

Vuelve a escenificarse el simulacro del enfrentamiento con cartas marcadas. Nuevamente habrá diálogo. Nuevamente habrá elecciones. Nuevamente habrá fraude. Tan evidente es la complicidad de la MUD con los objetivos de la dictadura, que ya Nicolás Maduro, consciente de los límites de su correveidile José Luis Rodríguez Zapatero,  no le para mientes al qué dirán: le pide a la MUD apersonarse en Washington para quebrar la voluntad sancionadora del gobierno Trump. Ya habrá quienes, viejos o nuevos militantes de AD y COPEI, como en el pasado, le recomienden a la Casa Blanca bajar el tono del trato discriminatorio al régimen venezolano. ¿No lo han hecho con todos nuestros aliados internacionales, a quienes, a escasos días de pedirles desconocieran la ANC les rogaran bajar el tono ante esa misma ANC en aras de no entorpecer el diálogo, éste mismo diálogo? Me lo acaba de confirmar un alto dirigente de las Cortes españolas. No sin asco. Que el desprestigio de las dirigencias de VP, PJ y AD que andaban limosneando respaldos en el exterior ha alcanzado cotas imponderables. Incluso el desprecio. 

Vuelve a subir a las tablas la vieja comedia de enredos que encubre la devastación de Venezuela. Y nuevamente quedará constancia de que la dictadura procede a su aire, según sus fueros. La llamada oposición volverá a bajar la testuz, ante otro pedazo de historia tragada por las fauces de Behemot, el monstruo bíblico que nos devora. El tiempo de nuestra historia yace en su mesa, suerte de festín de Baltasar de la politiquería reinante de lado y lado, sin siquiera dejarnos las migajas. Nos hemos convertido en los parias: pacientes testigos de nuestra agonía como Nación. Ya casi somos nada. Y como lo he dicho recientemente, ni siquiera esa nada nos pertenece. Cada barril de petróleo que aún producimos ya está alimentando la voracidad del imperialismo chino o el hambre insaciable de la mendicidad cubana. Nos quedan el aire y el agua, por ahora. Y ni siquiera.

Inútil buscar y encontrar otros culpables a esta verdadera catatonia republicana que no sean los propios demócratas venezolanos. Y el ingenuo pueblo que los avala. El rey MUD ni siquiera está desnudo: lo cubren los harapos de una historia ultrajada, los restos de un recuerdo imborrable que ya va difuminándose en el tiempo. ¿Dónde está la República? ¿Qué historiadores resguardan su memoria? ¿Quiénes administran y custodian sus obras? ¿Los decorativos diputados de una asamblea avasallada? ¿Los gobernadores arrodillados ante la Santa Inquisición Constituyente? ¿En los despachos de los secretarios generales de los viejos y nuevos partidos políticos? 

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Recuerdo los azares y los días de nuestra democracia y me parece un sueño. Tan eficiente y devastadora ha sido la obra de destrucción de quienes heredaron los logros y conquistas de sus viejos partidos, que sus historias parecen fantasmagorías. ¿Existió Rómulo Betancourt? ¿Vivió Rafael Caldera? ¿Hubo alguien llamado Luis Herrera Campins? ¿Gobernó alguna vez Carlos Andrés Pérez? ¿Dónde están los constructores de la mejor Venezuela que jamás tuviéramos? ¿Dónde los líderes sindicales que levantaran con orgullo la frente del movimiento obrero venezolano? ¿Dónde la memoria del faro de democracia en la región que un día fuéramos?

Si la amnesia causa estupor en el terreno civil, en el uniformado causa espanto. Escribí un libro que llamé Machurucuto, la invasión de Cuba a Venezuela, sobre el testimonio que le grabara a Héctor Pérez Marcano, uno de los comandantes invasores. Hoy dudo de todo lo allí narrado, pues ¿cómo explicarse que los mismos soldados que arrastraron por los campos del Oriente y del Occidente venezolanos los vencidos despojos de los más destacados y exitosos comandantes cubanos – Arnaldo Ochoa Sánchez, Ulises Rosales del Toro, Tomás Menéndez Tomasevich – expulsándolos quebrantados y con la cola entre las piernas e infringiéndole a Fidel Castro la peor derrota que recuerde su historia -,  hoy, sus sucesores, sean los diligentes mercenarios al servicio de Cuba y su satrapía en Tierra Firme? ¿Que sin haber disparado un solo tiro se apoderaran de nuestro territorio?  ¿Cómo comparar a los comandantes de los zapadores y al Estado mayor que salió victorioso de esas contiendas con quienes hoy trafican coca, asaltan el erario, reprimen y martirizan a nuestros habitantes, se enriquecen a costa de la miseria y el sufrimiento de los venezolanos?

He compartido amistad con grandes venezolanos del pasado. Que en su momento pusieran a valer la industria petrolera convirtiendo a PDVSA en una de las más importantes empresas petroleras del mundo: Alberto Quiroz Corradi, Humberto Calderón Berti, Gustavo Coronel, Horacio Medina, Julio Sosa y tantos otros. Me he preciado de la amistad de políticos ejemplares e intachables, como mi siempre recordado Pompeyo Márquez, Pedro Pablo Aguilar, Marco Tulio Bruni Celli, Octavio Lepage, Carlos Canache Mata. Miro a mi alrededor y no encuentro en las bajas y rastreras alturas de Miraflores ni en su opositor patio trasero, a nadie que alcance esa estatura. Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera son gigantes inmarcesibles comparados con quienes usurpan el poder de un pueblo humillado, aherrojado, zaherido. 

Tampoco hay en ese artilugio entreguista y claudicante que dice representar a la oposición venezolana, siempre presta al diálogo y la traición, nadie que le llegue a los talones a quienes, como Alejandro Armas o el mismo Pompeyo intentaron un día enfrentar la canalla. ¿Caben algunas esperanzas? ¿Volverá el pueblo a las calles de la resistencia o la claudicación ha terminado por aplastar todo embrión de decencia y rebeldía? ¿No avergüenza que los mejores y más valerosos defensores de nuestra libertad ya no sean venezolanos, sino uruguayos, argentinos, brasileños, peruanos, norteamericanos? Que en lugar de encontrar nuestro agradecimiento reciben la maledicencia y el desprecio de quienes reclaman la patria potestad del desastre. ¡Cosas veredes...!

No es la primera ni será la última vez que un pueblo se hunda en las marismas de su fracaso y en el pantano de la cobardía y la traición. Aún quedan los imprescindibles, aquellos que siguen leales y fieles a María Corina Machado y Antonio Ledezma. Y vive SOY VENEZUELA, el último refugio político de un pueblo que clama por un nuevo, lúcido, valeroso y recio liderazgo. Que del resto, más vale el silencio. Y la vergüenza. O recordar ese inolvidable soneto de Francisco de Quevedo que llevo grabado a sangre y fuego en mi corazón:

Miré los muros de la patria mía

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salime al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

 

 

 

 


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