| Palabras peligrosas |
| Escrito por Clara Presman |
| Viernes, 02 de Enero de 2015 02:29 |
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Palabras peligrosas
La palabra negro incomoda. No importa el contexto, todavía incomoda. El apartheid terminó hace más de veinte años y desde entonces, al parecer, las personas de la etnia históricamente discriminada “gozan” de los mismos derechos que el resto de sus pares. En las democracias occidentales más “avanzadas” nadie se atrevería a sentenciar que algunos tienen derecho a votar y otros no según el color de su piel. Pero si podrían matarlos. Esto ocurrió en Estados unidos hace unas semanas. Un joven inocente murió a manos de un policía. Pero la violencia es moneda corriente en la capital del imperio, la noticia no fue que un joven murió; sino que este era negro y el policía que lo mató blanco.
En Ferguson, después del asesinato, la llama volvió a prenderse en ese suburbio de San Luis, capital del estado de Misuri, cuando el lunes la Justicia decidió no enjuiciar a Derren Wilson, el policía que el 9 de octubre pasado asesinó de seis balazos a Michael Brown, el joven de 18 años que estaba desarmado y cuyo único pecado fue ser afroamericano. A partir de esta decisión de dejar impune al asesino policial, comenzó una ola de manifestantes que fueron reprimidas con fuerza desproporcionada. En pleno siglo XXI, la segregación racial y la brutalidad policial son una constante en el supuesto “país de la libertad”. Un joven murió, a causa de un rasgo físico y su asesino esta libre. ¿Habrá mayor impunidad que la muerte de, como dice Eduardo Galeano, esos nadies, que cuestan menos que la bala que los mata?
Luego del asesinato, la inmensa mayoría de los titulares de diarios y revistas sentenciaron que un blanco mató a un negro. Resulta paradójico que los artículos dedicados al tema en los medios, que se posicionaron en contra de la discriminación y la injusticia ocurrida, plagaron sus líneas de eufemismos como “hombre de color” o “joven negro” los cuales no contribuyen a eliminar el racismo. Mucho peor: lo camuflan. Pese a las luchas históricas contra la discriminación racial esta continúa. Grabada en el ADN de nuestra sociedad como una carga genética. Disfrazadas de compasión, las palabras son la prueba de que aun cuando creemos no hacerlo, discriminamos.
El semiólogo argentino Eliseo Verón en su libro “Fragmentos de una teoría de la discursividad”(1993) plantea la teoría de la semiosis social donde explica cómo el sentido es una producción discursiva. Verón explica que los fenómenos de sentido aparecen bajo la forma de conglomerados de materias significantes como son las palabras. El analista sostiene que los discursos que circulan socialmente están cargados de huellas generadas por el sistema productivo del que surgen las sociedades. La teoría de los discursos sociales descansa sobre una doble hipótesis de los modos de funcionamiento de la semiosis social entendida como la dimensión significante de los fenómenos sociales): de un lado, toda producción de sentido es social. Es decir, todo proceso significante descansa sobre condiciones sociales de producción; de otro, todo fenómeno social contiene un proceso de producción de sentido, todo funcionamiento social tiene una dimensión significante constitutiva).
Este doble sentido en lo social y de lo social en el sentido quiere decir que es en el nivel de la discursividad donde el sentido manifiesta sus determinaciones sociales y los fenómenos sociales develan su dimensión significante. Es en la semiosis donde se construye la realidad de lo social. De este modo, sostiene Verón, el análisis de los discursos sociales abre el camino al estudio de la construcción social de lo real.
De acuerdo con el analista latinoamericano, basta con leer algunos titulares para comprender cómo frases que aparentan condenar la discriminación, en realidad maquillan el más profundo racismo del que aún nos cuesta despojarnos. La violencia implícita en el lenguaje es peligrosa para una sociedad. Es una acción constante, casi imperceptible que cala hondo en el tejido social y se asienta en las estructuras inconscientes de las personas reproduciéndose. La discriminación racial que parece una cuestión tan saldada en los discursos progresistas, es todavía una deuda pendiente. Las palabras son la muestra de que aun nuestros ojos ven en blanco y negro.
Clara Presman
Periodista
al parecer, las personas de la etnia históricamente discriminada “gozan” de los mismos derechos que el resto de sus pares. En las democracias occidentales más “avanzadas” nadie se atrevería a sentenciar que algunos tienen derecho a votar y otros no según el color de su piel. Pero si podrían matarlos. Esto ocurrió en Estados unidos hace unas semanas. Un joven inocente murió a manos de un policía. Pero la violencia es moneda corriente en la capital del imperio, la noticia no fue que un joven murió; sino que este era negro y el policía que lo mató blanco. En Ferguson, después del asesinato, la llama volvió a prenderse en ese suburbio de San Luis, capital del estado de Misuri, cuando el lunes la Justicia decidió no enjuiciar a Derren Wilson, el policía que el 9 de octubre pasado asesinó de seis balazos a Michael Brown, el joven de 18 años que estaba desarmado y cuyo único pecado fue ser afroamericano. A partir de esta decisión de dejar impune al asesino policial, comenzó una ola de manifestantes que fueron reprimidas con fuerza desproporcionada. En pleno siglo XXI, la segregación racial y la brutalidad policial son una constante en el supuesto “país de la libertad”. Un joven murió, a causa de un rasgo físico y su asesino esta libre. ¿Habrá mayor impunidad que la muerte de, como dice Eduardo Galeano, esos nadies, que cuestan menos que la bala que los mata? Luego del asesinato, la inmensa mayoría de los titulares de diarios y revistas sentenciaron que un blanco mató a un negro. Resulta paradójico que los artículos dedicados al tema en los medios, que se posicionaron en contra de la discriminación y la injusticia ocurrida, plagaron sus líneas de eufemismos como “hombre de color” o “joven negro” los cuales no contribuyen a eliminar el racismo. Mucho peor: lo camuflan. Pese a las luchas históricas contra la discriminación racial esta continúa. Grabada en el ADN de nuestra sociedad como una carga genética. Disfrazadas de compasión, las palabras son la prueba de que aun cuando creemos no hacerlo, discriminamos. El semiólogo argentino Eliseo Verón en su libro “Fragmentos de una teoría de la discursividad”(1993) plantea la teoría de la semiosis social donde explica cómo el sentido es una producción discursiva. Verón explica que los fenómenos de sentido aparecen bajo la forma de conglomerados de materias significantes como son las palabras. El analista sostiene que los discursos que circulan socialmente están cargados de huellas generadas por el sistema productivo del que surgen las sociedades. La teoría de los discursos sociales descansa sobre una doble hipótesis de los modos de funcionamiento de la semiosis social entendida como la dimensión significante de los fenómenos sociales): de un lado, toda producción de sentido es social. Es decir, todo proceso significante descansa sobre condiciones sociales de producción; de otro, todo fenómeno social contiene un proceso de producción de sentido, todo funcionamiento social tiene una dimensión significante constitutiva). Este doble sentido en lo social y de lo social en el sentido quiere decir que es en el nivel de la discursividad donde el sentido manifiesta sus determinaciones sociales y los fenómenos sociales develan su dimensión significante. Es en la semiosis donde se construye la realidad de lo social. De este modo, sostiene Verón, el análisis de los discursos sociales abre el camino al estudio de la construcción social de lo real. De acuerdo con el analista latinoamericano, basta con leer algunos titulares para comprender cómo frases que aparentan condenar la discriminación, en realidad maquillan el más profundo racismo del que aún nos cuesta despojarnos. La violencia implícita en el lenguaje es peligrosa para una sociedad. Es una acción constante, casi imperceptible que cala hondo en el tejido social y se asienta en las estructuras inconscientes de las personas reproduciéndose. La discriminación racial que parece una cuestión tan saldada en los discursos progresistas, es todavía una deuda pendiente. Las palabras son la muestra de que aun nuestros ojos ven en blanco y negro. (*): Periodista |
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