Cuando éramos felices y no lo sabíamos
Escrito por Luis Fernández Moyano   
Domingo, 20 de Septiembre de 2009 08:59

altSiento estar en absoluto desacuerdo con el buen Teodoro cuando afirma que jamás fuimos felices.

A Teodoro Petkoff

Y que lo sabíamos. 

A Teodoro Petkoff

Siento estar en absoluto desacuerdo con el buen Teodoro cuando afirma que jamás fuimos felices. Y que lo sabíamos. Creo, muy por el contrario, que la frase que recorre por bajo cuerda barrios y empedrados es literalmente cierta: la inmensa mayoría de los venezolanos fue feliz e indocumentada hasta el aciago día en que se les ocurrió la nefasta idea de designar de presidente de la república a un cantinero de mala muerte.

 

La prueba de que no lo sabían quedó dramáticamente de manifiesto cuando millones de felices y desenfadados venezolanos siguieron al flautista hasta las orillas del Guaire, tirándose de cabeza cual piara de cerdos en los cloacales abismos de las letrinas nacionales.

Tal cual en el pasaje bíblico. La más fehaciente prueba de inmadurez, de ignorancia, de ingenuidad y de estupidez nacional.

Hoy despiertan de la atroz borrachera, se miran al espejo de su pasado y recuerdan los tiempos en que nos reuníamos adecos y copeyanos, comunistas y masistas, católicos y evangélicos sin tener ni idea de las diferencias ideológicas o religiosas, políticas o culturales que en un día no muy lejano surgirían como de la nada para lanzarnos al despeñadero de los rencores, los odios, las divisiones, las arrecheras.



Casi nadie lo sabía. Pero había quienes tanto lo supieron, que en cuanto pisaron tierra venezolana dijeron: esta es la tierra de promisión, este es el país en el que siempre soñé vivir. Aquí dejaré mis huesos. Y hablo de judíos, moros y cristianos, de latinoamericanos y europeos, de negros y blancos, de jóvenes y viejos.

Pero, a decir verdad, también es cierto: en algún rincón de esa Venezuela que era profundamente feliz había una ínfima minoría de amargados, de resentidos, de inconformes, de chupa sangres que vivían la pepa pero le sacaban el cuerpo a la consecuente identificación con esta patria, su patria.



Era el 5% histórico al que Petkoff pertenecía y del cual era posiblemente su líder estratégico. Junto a Guillermo García Ponce, a José Vicente Rangel y a quienes fueron anidando el odio más parido contra la felicidad nacional hasta reventar con su caballito de batalla, el actual presidente de la república.

También es cierto que Petkoff no fue de esa partida. Quedándose en el limbo de los que ni lavan ni prestan la batea. Otros se vinieron con camas y petacas y son orgullo de la oposición democrática, aquella que anda a la búsqueda del tiempo perdido. Pompeyo Márquez, Américo Martín y tantos otros arrepentidos de la primera y la última hora. Hoy, también Teodoro, pluma acerada en la lucha contra el despotismo. Bienvenidos a esta labor proustiana. No para reponer a Alfaro Ucero en el coroto, como equivocadamente cree Teodoro, sino para que AD y COPEI vuelvan a ser los partidos históricos de esa nacionalidad que fue feliz y no lo sabía. Junto a los nuevos partidos de la modernidad. Paridos de la matriz de AD y COPEI e hijos ilustres de la nueva familia democrática venezolana.

Porque es matemáticamente cierto: con AD y COPEI vivíamos mejor. Y lo estamos sabiendo.


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