Comenzar por el principio
Escrito por Ovidio Pérez Morales   
Viernes, 28 de Agosto de 2009 08:01

altA menudo lo más obvio es de lo que menos tomamos conciencia. Es así como para tejer una convivencia que merezca el calificativo de genuinamente humana, no iniciamos espontáneamente esa hermosa y obligante tarea por donde deberíamos hacerlo: identificar primero lo que une, para examinar luego lo que diferencia.

Dicha labor exige superar, ya desde el inicio, concepciones excluyentes, que imposibilitan el diálogo y la comunión, como, por ejemplo, el racismo, la intolerancia, el fanatismo, la absolutización de ideologías con sus inevitables consecuencias monopólicas, totalitarias.

Una sociedad democrática pluralista, respetuosa de las personas y los grupos, exige la búsqueda de comunes denominadores, sobre los cuales ir asentando progresivamente los encuentros y la unidad. En este sentido es imprescindible marginar maniqueísmos de cualquier género, dogmatismos del “todo o nada”, que cortan puentes para entendimientos y acuerdos.

Hay algo en sí muy obvio y sencillo como partir de nuestra coincidencia en humanidad. Antes que cualquier especificación, somos personas humanas. Es aquí donde se hace indispensable subrayar la centralidad de la persona, que es fin y no medio en el proceso social. La persona es portadora de derechos y deberes, que brotan de su misma condición y dignidad como sujeto libre y consciente.

Y si se es creyente, se ha de interpretar la persona como criatura de Dios y, por lo tanto, acreedora de un aprecio con fundamento trascendente. Para los cristianos esa estima y valoración van en mayor profundidad, por cuanto la persona aparece asumida íntimamente por Cristo en su encarnación y destinada a participar en la plenitud de la comunión celestial. Por otra parte, el Evangelio es claro en la opción privilegiada de Cristo por los más débiles, que deben hacer y poner en práctica sus discípulos y la Iglesia toda.

Colocada esta base común, progresivamente ampliable, resulta entonces connatural el esfuerzo por situar las diferencias en su justo sitio y buscar la superación de indebidas desigualdades así como la aceptación de legítimas diversidades. Si se valora la persona y se cree en Dios inevitablemente se es impulsado a comprometerse por la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad y la paz.

Esta metodología evita el que alineamientos político-partidistas u otras definiciones de orden socioeconómico y cultural, encierren en cotos cerrados, impenetrables, o casi, a un trabajo conjunto, compartido.

Ayudará en esta labor unificante tener presente que no hay ser (realidad, sistema de ideas, filosofía o ideología), totalmente malo y, por consiguiente, falso. Alguien ya afirmó que toda herejía es la exageración de una verdad. Se hace, por lo tanto, no sólo comprensible sino también obligante, un serio y honesto discernimiento, que permita distinguir lo positivo y lo negativo, los logros y las carencias.

Resulta evidente entonces lo errado de comenzar por lo que desune, a la hora de construir una sociedad abierta, pluralista, tal como lo exige un sano humanismo y lo postula la Constitución nacional. Lemas como “patria, socialismo o muerte” y actitudes fundamentalistas de cualquier especie, constituyen graves barreras para la edificación de una sociedad fraterna, de un país que sea casa común de la amplia familia nacional, abierta siempre solidariamente a espacios mayores de integración.


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