La génesis hitleriana del tirano
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Jueves, 27 de Agosto de 2009 20:36

altEs Hitler quien inventa la nueva forma de acceder a los gobiernos democráticos y apoderarse de los Estados liberales: debilitándolos primero mediante golpes de estado y violencia callejera, y una vez fracasados y obtenido la perseguida notoriedad, acoplándose a la dinámica electoralista



“Para obtener rápidamente una amplia aprobación en las masas trabajadoras éstos son los medios infalibles que hay que emplear.

En los mítines, copiar a los marxistas en el uso del llamativo color rojo en manifiestos, letreros y pancartas, y servirse siempre de los altavoces más ensordecedores.

Nada de cuellos blancos, sino una camisa corriente para no intimidar a los obreros. Hay que tratar a los opositores del modo más abiertamente ofensivo,

para que la prensa adversaria, que de otra forma ignoraría nuestras asambleas, se vea obligada a hablar de nosotros”.

Adolf Hitler



Hay un antes y un después en la historia de las tiranías: a.H., dH. Antes de Hitler y después de Hitler. Hitler reformula, modifica y adecua el discurso y la praxis de los tiranos de acuerdo a los avances y transformaciones de la modernidad. Recrea el totalitarismo. Tecnológica y políticamente.

Es Hitler quien inventa la nueva forma de acceder a los gobiernos democráticos y apoderarse de los Estados liberales: debilitándolos primero mediante golpes de estado y violencia callejera, y una vez fracasados y obtenido la perseguida notoriedad, acoplándose a la dinámica electoralista de democracias previamente fracturadas y reblandecidas. Es la apropiación del Estado mediante mecanismos legales. Para aniquilarlo con sus propios medios. Lo dijo negro sobre blanco: en los Estados modernos las revoluciones se hacen con, no contra el Estado.

Es él quien establece la dinámica de apropiación indebida de las instituciones democráticas: asumiéndolas constitucionalmente para vaciarlas de contenido y ocuparlas con los nuevos valores, si a las triquiñuelas y violaciones se las puede calificar de valores. Por cierto, todos ellos contrarios a la Constitución. Es él quien inventa la forma de entronizarse de manera vitalicia: mediante plebiscitos y elecciones cumplidas bajo las draconianas leyes electorales de sus mecanismos de control absoluto. Es él quien gobierna en permanente estado de excepción, sin ceñirse a ninguna otra constitución o decreto que los que establezca al paso del tiempo según sus necesidades y caprichos.

Es el modelo que siguió Juan Domingo Perón. Es el modelo que respetó hasta en sus más mínimos detalles Fidel Castro, si bien en su caso mediante el agregado de una guerra de guerrillas y la usurpación de una rebelión urbana y popular. Es el modelo que ha utilizado Hugo Chávez, respetando el guión hasta en sus puntos y comas. Jamás sabremos si de manera intuitiva y espontánea o siguiendo los dictados de alguno de sus asesores, como el argentino Norberto Ceresole. Puede que la pedagogía del golpismo parido por Hitler en 1923, cuando protagonizara el fracasado putch de la cervecería, en Munich, se haya convertido en virus congénito y letal de los caudillismos del llamado Tercer Mundo.

De todos esos aspectos de manipulación de masas y control ciudadano uno de los más llamativos y eficaces lo inventó el propio Hitler, su gran descubridor: el uso de la manipulación discursiva y el establecimiento de algunas sencillas leyes para seducir y engañar a las mayorías. Martin Bormann, uno de sus más eficientes carniceros en la persecución y asesinato de millones de judíos, recogió las enseñanzas de Hitler en su Bunker de Prusia oriental mientras dirigía la guerra contra la Unión Soviética en el frente del Este: “Para obtener rápidamente una amplia aprobación en las masas trabajadoras éstos son los medios infalibles que hay que emplear. En los mítines, copiar a los marxistas en el uso del llamativo color rojo en manifiestos, letreros y pancartas, y servirse siempre de los altavoces más ensordecedores. Nada de cuellos blancos, sino una camisa corriente para no intimidar a los obreros. Hay que tratar a los opositores del modo más abiertamente ofensivo, para que la prensa adversaria, que de otra forma ignoraría nuestras asambleas, se vea obligada a hablar de nosotros”. Ninguna casualidad que Sebastian Haffner, un gran publicista e historiador antifascista, haya escrito en esos tiempos tenebrosos que “a Hitler hay que tratarlo como a un perro”. No haberlo hecho a tiempo permitió que soltara todos sus demonios y provocara el mayor holocausto y la más gigantesca conflagración de que tengamos memoria.

Allí están prefigurados todos los elementos del fascismo cotidiano que pretende aplastarnos desde hace once años. Por andrajoso y polvoriento que sea su versión vernácula, comienza a merecer un tratamiento semejante. Cuanto antes, mejor. Mañana puede ser demasiado tarde.


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