Por si acaso no la cuento… me despido a mi manera
Escrito por Heymar Díaz Matamoros   
Viernes, 28 de Septiembre de 2012 09:30

altLos posibles motivos por los que la Embajada Americana negaría mi visa, son los mismos por los que en caso de un secuestro, los hampones acabarían mi vida. Y es que, a pesar de ser una profesional con más de diez años de experiencia y una trayectoria dilatada y variopinta, no poseo el tipo de bienes materiales que demuestren un “vínculo con el país” y que mi familia y amigos pudiesen intercambiar con mis captores en caso de ser privada de la libertad en contra de mi voluntad. “Hay que darle un toque jocoso al asunto”, diría en condiciones normales. Pero nada tiene de normal (mucho menos jocoso) conocer semanalmente de al menos un caso de secuestro, extorsión o muerte de un conocido, familiar o amigo, por la inseguridad. No llevaré el asunto al plano numérico porque es lo humano lo que deseo destacar. ¡Pero vamos que las pérdidas son cuantiosas!

Semanalmente fallecen más venezolanos en manos del hampa que nacionales de otros países en guerra, con problemas de narcotráfico institucionalizado o situados geográficamente en zonas de altos riesgos naturales.

Quizá si alguien se dedica a hacer una investigación con cifras y datos históricos encontraremos que las proporciones son las mismas que hace veinte años (cosa que desde mi casi mediocre habilidad numérica me permito dudar), con lo que quedaría completamente destruida la posibilidad de responsabilizar directamente al discurso violento y agresivo con el que hemos crecido los últimos años. O a la pobreza cada vez más profunda de bolsillo,  intelecto y de espíritu con la que nos tienen sometidos e inactivos, atados e inmovilizados que en el periodismo llamamos “bozal de arepa”. Tal vez sea improbable que determinemos desde un punto de vista teórico, las cinco principales razones por la cuales la degradación social y moral de nuestros individuos ha llevado a la pérdida de la noción de la VIDA como significado, pongámosla simple y no hablemos de la vida como VALOR.

Lo que sí queda claro y a todas luces es un hecho irrebatible, es que la mal definida “Sensación de Inseguridad” que aqueja a esta patria se ha vuelto una realidad casi equiparable con un problema de salud pública. Vivimos en la paranoia que llegar a nuestras casas significa. Ya ni siquiera es necesario que hablemos de llegar en las noches de una fiesta porque, no sé ustedes, pero yo dejé de salir hace mucho tiempo y guardo el recuerdo de las fiestas universitarias como tesoros valiosísimos. Sufrimos la incertidumbre de no saber si la batería agotada en el celular de algún familiar es el anuncio de una mala noticia. Lloramos lágrimas secas y nos solidarizamos con oraciones mentales, mordiéndonos de la rabia y la indignación, cuando vemos las escenas frente a las morgues de todo el país e incluso, eventos como los del Rodeo nos han sensibilizado hacia la situación de un grupo de venezolanos en los que no solíamos pensar.

Hacemos colas con nuestros muertos en funerarias y cementerios. ¿Se habían dado cuenta de eso? Me niego a imaginar que la solución sea ampliar los hornos crematorios y las capillas funerarias. También me niego a darle un matiz político a mi reclamo, porque en el punto en el que estamos venga quien venga o se vaya quien se vaya, el problema está allí. Tuve una muy práctica jefa que ante la más terrible metida de pata de mi carrera (por el momento) y mis disculpas a moco tendido, lo único que me dijo con su más franca sonrisa fue: “saca la pata del barro gorda, y trabaja en la solución”.

Mi primera solución es despedirme. No porque me vaya, mucho menos porque me quiera ir. Sino porque en el escenario actual no sé cuándo me van. En abril casi me fueron y providencialmente me salvé. ¿Cuántas veces más podría caer sobre mis pies?

Luego, seguir aquí. Respeto la decisión de vida de quienes se van y créanme, muchas veces he pensado en hacerlo. Sé que la mayoría se va con el corazón vuelto una ciruela pasa, más por las malas experiencias que por la nostalgia; pero así como no escogí a mi familia y siento un amor desproporcional e ilógico por ellos, tampoco escogí nacer en esta tierra. Lo mismo: desproporcional e ilógicamente, llevo a Venezuela en mi corazón.

Cada vez nos tocan más de cerca estas noticias, estas experiencias. “Cuidar nuestra salud, por obvio que parezca. Redoblar nuestras medidas de seguridad por tonto que suene y no caer en provocaciones, por imposible que lo creas”, fue el consejo que me dieron comenzando agosto en una conversación sobre el futuro electoral en Venezuela. Como todo es transferible y aplicable a cualquier escenario, creo que en materia de preservar nuestras vidas y la de nuestras familias este consejo es fundamental. Sin intención de ser profeta del desastre porque soy incorruptiblemente optimista, casi a nivel biológico, los próximos meses serán complejos y debemos estar alertas.

El siguiente paso es votar. La primera lección democrática que me dieron en mi hogar fue el ejercicio del voto como mecanismo de protesta, de respaldo, de ideología y de futuro. Sonará poético e impráctico, pero si no votas, ¿con qué moral reclamas? Imagina qué perfecta es la democracia (en sus bases filosóficas) que aún sin contar contigo y sin tú quererlo, te da ese derecho. Un perdedor es aquel que sin objetivos, se queda mirando cómo los demás alcanzan la cima de los suyos. Tienes menos de dos semanas para decidir si aún no lo haces y para unirte a los que como tú, tienen un objetivo.

Leí hace unas semanas un proverbio chino que reza que “una generación planta un árbol y la siguiente disfruta de su sombra”. A la generación que sembró mi árbol  le salió chueco y no recibió el abono necesario. Sus raíces están podridas y su sombra es insuficiente. En este punto es lo que tengo. Justo ahora yo estoy plantando mi árbol en Venezuela y sus raíces son la PAZ.

Pero por si acaso no la cuento me despido. A mi manera.

@Heymar33


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