Cerrado el bar
Escrito por Ignacio Ávalos Gutiérrez   
Miércoles, 09 de Mayo de 2012 07:10

altLa de prohibir la venta de alcohol ha sido la última, anunciada por el Gobierno y apoyada por la dirigencia del balompié criollo


I

Yo estudié sociología en la UCV y tuve grandes profesores, de esos que te hacen ver que escogiste, para tu vida, la mejor carrera posible. Pero claro, nadie es perfecto, y siempre les tuve una queja: ninguno de ellos me dijo, nunca, ni siquiera una palabra sobre el fútbol, a pesar de ser éste un fenómeno de enorme importancia política, económica, cultural y social, con pocos equivalentes en otros ámbitos. Me extrañó que no hubiera en el pensum una materia que lo descifrara y lo explicara en sus razones y en sus características y me pasé la carrera, así pues, pendiente únicamente de lo que ocurría en la alfombra verde, ese enorme rectángulo adornado con dos porterías, sin mirar lo que ocurría fuera de ella.

II

El fútbol es, cierto, el deporte que más le gusta a los terrícolas, el que más los ilusiona y apasiona. Pero, más allá del balón - ese objeto mágico que siempre ha pretendido ser su centro de gravedad -, es también, muchas otras cosas que no me enseñaron mis profesores.

Un deporte gobernado de manera autocrática por la FIFA y su cadena de organizaciones a lo largo y ancho del mundo. Un negocio tan grande como los más grandes de hoy en día. La globalización antes de que los economistas supieran de ella. Una convocatoria al sentimiento nacional en todas sus formas, sin excluir las más perversas. El fanático y el misterio a través del cual se hace partidario de un equipo, creando un sólido vínculo de pertenencia, casi imprescindible para ciertos grupos sociales. La homofobia y el machismo, arraigados en un deporte en el que deben desplegarse todos los atributos supuestos en la masculinidad. Y, por citar sólo una última cosa, la violencia en la cancha, a pesar de la cruzada del "fair play", abogando por un deporte políticamente correcto, pero, sobre todo, la violencia fuera de ella, expresión de un coctel de razones muy complejas que se combinan en distintas dosis según las circunstancias, siempre con un toque, cada vez más relevante, de criminalidad.

III

De paso, esta violencia ya es, infortunadamente, un dato del fútbol nacional que, desde hace un tiempo, viene asomado rasgos que deberían preocuparnos seriamente. Hasta ahora las medidas para encararla han sido pocas y hasta tibias, además de sueltas, sin llegar a integrar una política.

La de prohibir la venta de alcohol ha sido la última, anunciada por el Gobierno y apoyada por la dirigencia del balompié criollo, aunque muchos creen, con razón, que el cierre del bar no toca el fondo del asunto. Es que el tema no es tanto la bebida, como el contexto en el que se bebe, volviéndola un factor tan explosivo.

Lo peor que nos podría ocurrir es creer que, con decisiones como ésta, le estamos torciendo el pescuezo a la bestia, ignorando la tragedia de otros países, por ejemplo Argentina, de donde, por cierto, hemos importado parte del "know how" de las llamadas barras bravas, empapelado con cánticos y gestos. Dichos grupos, se han convertido en ese país en el núcleo de un complejo delictivo, fruto de múltiples complicidades que incluye a policías, dueños de equipos y bandas de fanáticos (hinchas mercantilizados, los llaman) que manipulan la pasión futbolera y cuyo control parece cosa peliaguda. Desde luego no es ésta la situación venezolana, pero no está de más prender la alarma, aunque te tilden de ave agorera. No olvidemos, además, que desde fuera del estadio soplan vientos muy fuertes provenientes de una de las sociedades más violentas del continente.

HARINA DE OTRO COSTAL

Me creo poco que en Venezuela esté ocurriendo, como se dice, una gran transformación, aunque la renta petrolera da para impresionar. Pienso, más bien, que tenemos un relato oficial, paralelo a los hechos. Con referencia a las cárceles, por ejemplo, hay una narrativa que es desmentida reiteradamente por los muertos de cada mes, las evasiones, el hacinamiento, en fin, por desacomodos de toda índole. Es que en estos tiempos, con la palabra se pretende crear la realidad y fijar los códigos desde los que se debe leer. Pero ella sigue en sus trece: las cárceles actuales se parecen a las peores de las peores épocas, aunque puede ser que la ministra diga que estamos confundidos por una sensación térmica.

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www.el-nacional.com / OyN


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