En torno al 11 de abril
Escrito por Antonio Sánchez García | @sangarccs   
Domingo, 15 de Abril de 2012 12:06

altPues en rigor ésa esla disyuntiva: ¿dictadura o democracia? ¿Legitimación de un Estado forajido o retorno a la institucionalidad democrática?


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La teoría del estadode excepción, desarrollada por Carl Schmitt, nos provee del más certero aparatoconceptual para comprender la situación d excepcionalidad y sin duda la crisismás prominente vivida en estos últimos trece años: la colosal rebelión populardel 11 de abril de 2002.Una sociedad pasa a un estado de excepción cuando su legitimidad, susinstituciones y su juridicidad se ven suspendidas sine dia por causa de hechosextraordinarios. Ese momento en que una sociedad queda a la deriva ante laausencia de legitimidad y la quiebra de los fundamentos éticos y jurídicos delPoder. Exactamente lo que sucediera el 11 de abril, cuando debido a lascircunstancias de Puente Llaguno, el alto mando pidiera la renuncia delpresidente de la república – “la cual aceptó” - y pusiera sus cargos a la ordende las nuevas autoridades. En ausencia de la posibilidad real de obedecer lopautado en la Constitución por la desaparición de tales autoridades y sucarencia de legitimidad, el Poder debía ser asumido por quienes podíanimponerse mediante un ejercicio inédito en la historia de la repúblicademocrática: el de la imposición y establecimiento de una nueva soberanía.Exactamente como sucediera el 18 de Octubre de 1945 y el 23 de enero de 1958.

Era, en efecto,  el momento preciso para que dicho estado deexcepción fuera resuelto. Quien tuviera la capacidad de resolverlo, esto es:IMPUSIERA un nuevo poder: ése sería el soberano. Como lo dice la primera frasedel escrito más importante de Carl Schmitt: “es soberano quien resuelve elestado de excepción”.  Su legitimidad esun acto legítimo en sí mismo, no derivado. Es fundante, no consecuente. Laaparente contradicción entre esa nueva vida que busca expresarse y el marcoinstitucional suspendido sine dia por la excepcionalidad de las circunstanciasse resuelve por vía de la acción misma: la decisión soberana.  Una situación intrínsecamente contradictoria,pero inevitable: la legalidad de una ilegalidad,  la emergencia de una nueva realidad que nacede entre las ruinas de la que desaparece. El futuro que se introduce en elpresente, incluso siguiendo el acierto hegeliano: la violencia como partera dela historia. Una violencia especular, metafórica, absolutamente inerme, pero deuna gigantesca capacidad disuasiva: la mera exhibición de una fuerza popularcomo no se la viera nunca antes en la historia de Venezuela. Contra la que unrégimen deslegitimado actuaría derrochando el máximo atributo del poderestablecido: decidir del derecho de vida o muerte de sus ciudadanos. En elcaso: ordenando que francotiradores al servicio del régimen asesinaran amansalva una veintena de ciudadanos, honrados luego de superada la crisis deexcepción como héroes mientras los auténticos héroes eran condenados a treintaaños de cárcel.

Ante la imposibilidad objetiva de obedecer lo pautado en la Constitución, debido a la desaparición y/o el rechazo a obedecerla de parte de quienes estaban llamado a restablecer el orden jurídico, hubiera sido a través de la acciónde tal soberano, fiel expresión de esa fuerza fundante de derecho,  que se hubiera debido crear un nuevo orden eintroducir en el corpus jurídico, la nueva juridicidad, y en la sociedad misma,un nuevo protagonismo histórico. El hecho político, histórico y jurídico ciertoes que el 11 de abril se vivió un estado de excepción, se suspendió por fuerzade los hechos la vigencia de la Constitución, el Poder cayó en la acefalía ysólo la imprudencia, la pusilanimidad y la incapacidad existencial de los protagonistaspara   asumir y llevar hasta sus últimasconsecuencias la decisión de fundar una nueva soberanía mediante la fuerza delos hechos impuso la necesidad de traicionar la voluntad popular regresando alstatus quo ante. En la circunstancia, se confirmó de maneraparadigmática la falencia congénita de sociedades liberales en crisis – laconfusión e ineptitud de una dirigencia política que hizo honor de aquelcomportamiento propio de “una clase discutidora” denunciado por Donoso Cortés:postergar sine dia la decisión crucial y dejarla en manos del sector másradical del ejército, fiel a Hugo Chávez.


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El 11 de Abrilreproduce así, en la impotencia del tirano, que renuncia, y en la incapacidadde decidir por parte de quienes se la exigen, la clásica situación retratada por Walter  Benjamin en su gran obra, Origendel Drama Barroco Alemán: “Se trata de la incapacidad para decidir queaqueja al tirano. El príncipe, que tiene la responsabilidad de tomar unadecisión durante el estado de excepción, en la primera ocasión que se lepresenta se revela prácticamente incapaz de hacerlo”. Una situación en extremoparadójica, pues el máximo despliegue de poder exhibido por las masas popularesque ponen un millón de combatientes frente a Miraflores, coincide con su máximaimpotencia decisoria: un gobierno de utilería. La historia ha descorrido eltelón para que entre en escena el nuevo protagonista e inaugure un nuevo ciclohistórico. La absoluta orfandad de un liderazgo a la altura de lascircunstancia permite la transmutación de un parto de soberanía en sacrificioritual de un feto muerto. Venezuela arrastra hasta hoy esa primera granfrustración histórica. El resultado ha sido la parálisis y la degradación de lacapacidad política de su dirigencia. Cuya auténtica capacidad de decisión antegraves circunstancias eventualmente por venir - la muerte del presidente de la República durante su período de gobierno, por ejemplo - pondrá a prueba una vez más el viejodilema: ¿enfrentar y vencer al tirano o caer víctima de la pusilanimidad y laimpotencia?

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Vivimos desde entonceslas circunstancias derivadas de la ausencia de un factor capaz de resolver elestado de excepción sufrido durante los sucesos del 11 de abril. Vacío dePoder, le llamaron los constitucionalistas. Ante la falta absoluta de quienasumiera la responsabilidad histórica, militar, política, existencial de lacrisis resolviendo el impasse, y el horror al vacío y la desintegración puestosde manifiesto por la incompetencia de quienes usurparan el papel de unauténtico soberano, la historia dio un paso atrás y la sociedad retrocedió alstatu quo ante bellum, reponiendo en el cargo a quien había perdidomanifiestamente toda legitimidad. El 11 dejó Miraflores un presidente que, porese mismo acto, perdía su legitimidad. El 13 regresó una figura sin legitimidadalguna, un fantoche. Que auxiliado por Fidel Castro y con la venia de la nuevay la vieja izquierda latinoamericana se convertiría en el dictador de nuevocuño que busca su entronización vitalicia. Es la situación que vivimos desdeentonces.

El estado de excepciónse ha convertido en norma y la legitimidad ha asumido carácter estrictamentesimbólico, metafórico, ilusorio. Venezuela se ha partido en dos: la que detentael Poder  al margen de la Constitución ylegisla para establecer una imaginaria dictadura revolucionaria, y laabsolutamente mayoritaria que le da la espalda y espera el momento propiciopara derribarlo. La parte mayoritaria, de creer en todas las encuestas, y sinduda la de mayor jerarquía específica de nuestra sociedad, no le reconocelegitimidad alguna. Espera por una nueva ocasión de excepcionalidad extrema,posiblemente provocada por la negativa del régimen a reconocer su derrota electoral,  caso de darse el próximo 7 de Octubre, para resolver la crisis de raíz, abriendo lahistoria hacia un nuevo tiempo. Mientras quien usurpa el cargo espera resolversu transitoriedad convenciendo a la sociedad civil de respaldarloelectoralmente, mediante la expresión consensuada de las mayorías y dotando asíde relegitimación a un régimen intrínsecamente ilegítimo, “revolucionario”,espurio. O, en caso de su muerte, mediante un golpe de Estado de los factores uniformados nacionales e internacionales que lo respaldoan Asunto altamente problemático, dado el estado de virtual rebelióncivil – incluso de naturaleza electoral - que caracteriza a la voluntad ciudadanacontra esa “revolución”, por una parte; y la decisión inquebrantable de quienejerce el Poder de no permitir un traspaso de poderes que revierta en 180grados su voluntad transgresora, falsamente trascendente, “revolucionaria”.

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Ese es el auténtico significadode todas las mediciones electorales que tuvimos y tengan lugar en el futuro: una lucha tenaz de vida o muertepor la defensa o la destrucción del sistema de libertades y el estado dederecho. Puesto seriamente en duda por la clarinada de excepcionalidad del 4 dediciembre de 2005, cuando nueve de cada diez venezolanos desconocieran el actode legitimación electoral y se negaran a convalidarlo con su presencia en lasurnas. Un hecho objetivo de inmensa trascendencia que perdió toda significaciónpolítica al no encontrar, otra vez más, un liderazgo capaz de asumirlo y continuarlo hasta sus últimasconsecuencias. Tal cual sucediera el 2 de diciembre de 2007, cuando el rechazo a la reforma constitucional aprobado mayoritariamente por la ciudadanía fuera olímpicamente desconocido y atropellado por el proceso impuesto contrariendo la Constitución en febrero de 2008. Del mismo modo que se repitiera con el desconocimiento de las atribuciones de alcaldes y gobernadores electos en septiembre de dicho años. Y volviera a manifestarse mediante el desconocimiento de la mayoría electoral de las parlamentarias del 2010.

No se tratará este 7 de Octubre, pues, de elecciones corrientes, inmanentes a lanormalidad institucional, como en los casos de todas las eleccionespresidenciales, parlamentarias o edilicias que están ocurriendo en AméricaLatina. Se trata del intento por obtener legitimidad de parte  de quien no la posee o resolver la gravecrisis existencial que vive la república recuperando una auténtica legitimidad,por ahora nacida de las urnas, por quienes poseyándola, no tienen la capacidadde ejercerla. Mientras el régimen insiste en dichos eventos bajo suregimentación a la búsqueda de legitimación, la oposición debiera participarplenamente consciente del estado de excepción que vivimos. Y de que en juego noestán unos cargos, ni siquiera una asamblea o la presidencia, sino la Repúblicamisma. Sea imponiéndose electoralmente – hecho inmensamente dificultoso sin elcumplimiento por parte del régimen de las condiciones electorales exigidas porla oposición – sea volviendo a aflorar en toda su crudeza el estado deexcepción latente en que vivimos.

Puesen rigor ésa es la disyuntiva: ¿dictadura o democracia? ¿Legitimación de unEstado forajido o retorno a la democracia? La cuestión fue y seguirá siendo deuna claridad meridiana: desde el 11 de abril de 2002 vivimos un estado deexcepción.  Aún no se resuelve elenfrentamiento existencial que arrastramos desde entonces.  ¿Se resolverá mediante una transiciónpacífica y electoral a partir de un cambio en la correlación de fuerzas?  ¿Contribuirán las elecciones del 7 de octubrea descorrer el velo e inaugurar una fase superior del enfrentamiento?¿Permitirá el gobierno que se lleven a cabo si vislumbra su derrota?  ¿La aceptará de buen grado si la victoriapopular es irrebatible? ¿Permitirá el pueblo que se le escamotee su voluntaddemocrática? ¿O decidirá asumir su rol supremo, el del soberano, expulsando delpoder al usurpador mediante los medios extra parlamentarios que la Constituciónle faculta, incluso si ella, la Constitución, se encuentre suspendida de facto?

Esees el problema.

@sangarccs


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