| Ciudadanos de Televisión |
| Escrito por Francisco Gámez Arcaya |
| Lunes, 09 de Abril de 2012 18:22 |
La tragedia de la inseguridad personal caraqueña tiene muchas nefastas consecuencias. Sin duda, la principal de ellas es el luto permanente en que decenas de familias
se consumen de forma semanal. Otro efecto devastador es la ganada reputación de pueblo violento cuando la realidad es que los venezolanos somos mayoritariamente gente decente. Sin embargo, hay un elemento de este flagelo que resulta alarmante y de consecuencias silentes. El hampa criolla ha hecho que las familias circunscriban su vida al encierro doméstico y a las limitadas zonas aledañas a sus viviendas. Tal situación hace que los días, semanas y años de los caraqueños transcurran mientras éstos van enlatados en vehículos que van de la casa al trabajo, al colegio o a la universidad, y de regreso a sus guaridas. Mientras esto ocurre, niños y jóvenes permanecen absortos frente a un televisor, esperando la llegada de la tarde, de la noche, de la cena y del sueño. Sus padres, sus escuelas, sus amigos y vecinos, permanecen en un estado de pánico colectivo que inhibe cualquier iniciativa que pretenda exceder el perímetro de la supuesta segura habitualidad. Esta parálisis hace de las suyas en el corazón mismo del país. Los niños se quedan en sus casas, los estudiantes se quedan en sus escuelas, las familias no pasan del centro comercial más cercano. En la medida que esto ocurre, se desconoce la Plaza Bolívar de Caracas. No se pasan los pies por los mismos sitios que recorrió Bolívar en su infancia. Se ignora la fascinante casa de Lorenzo Mendoza Quintero, oasis de armonía para la recreación y el estudio. Pasa la vida sin contacto alguno con la Catedral, Santa Capilla y San Francisco donde tantos acudieron dominicalmente y donde ocurrieron eventos trascendentales de nuestra historia. Los libros de la Biblioteca Nacional permanecen inertes en sus estantes, cuando su fin es el uso frecuente y masivo. Transcurren las décadas sin conocer ni palpar nuestra historia, pasando desapercibida la Casa Natal del Libertador y el Cabildo y la Casa Amarilla. La consecuencia inmediata de estas privaciones es la pérdida paulatina de la venezolanidad, la desaparición lenta y sin pausas de la idea real de nuestra historia, el desalojo inexorable de nuestra nacionalidad. Terrible situación que da cabida a caudillos manipuladores de una sociedad que desconoce su identidad y su origen. Mientras tanto los niños llenan los vacíos propios de sus edades con la programación televisiva de turno, usualmente carente de identidad y fatua de mensaje. Por su parte, nuestra historia se suple de forma escasa y fría con aburridos textos escolares y sesiones en aulas que nada tienen que ver con la admiración y el aprendizaje. Debemos retomar la pasión, la vivencia y el estudio de nuestra historia, para así garantizar en nuestros hijos el conocimiento y el amor por Venezuela. Un buen comienzo sería la reconquista de nuestros sitios históricos, en especial los situados en el Centro de Caracas. Hagamos del Centro un lugar de visita familiar frecuente, exijamos que sea seguro, limpio y fácil acceso para que se inunde de visitas escolares y familias de toda Venezuela, lleno de niñitos correteando sus esquinas, plazas y edificios, donde maestros y padres puedan aprender y enseñar nuestro pasado recorriendo las calles del presente. @GamezArcaya |
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