| De un falso dilema |
| Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj |
| Lunes, 26 de Marzo de 2012 01:07 |
Del dicho al hecho hay un buen trecho, reza la sentencia popular. Ahora, el problema es que no existe distancia alguna entre lo que se dice, con la grandilocuencia de siempre,
y lo que se hace, cada vez más con maquillada brutalidad.Aseveremos, las escuelas positivista y marxista ya tienen experiencia de poder en Venezuela. Curiosamente, coinciden en la terca pretensión de prolongarse en la dirección del Estado, lo que – inevitablemente – las obliga a sincerar sus propuestas, dejando atrás hasta las más elegantes metas enunciadas. La una, culminó su franqueza con Pérez Jiménez, mientras que la otra está todavía pendiente con Chávez Frías. No por casualidad, las caracteriza una profunda vocación militarista. El caso actual estriba en la abierta sospecha y prédica con todo lo que juzgue y califique como traición, procurando identificar y arrinconar a los apátridas, entreguistas y corruptos incurables, en nombre de un socialismo definido de acuerdo a las circunstancias. Y ello, inicialmente, se materializa en un feroz despliegue de la descalificación y persecución personal, el odio, el rencor, la desconfianza, y toda la gratuita violencia verbal que antecede a la física. Casualidad alguna es que, por ejemplo, sin que el video correspondiente lo evidencie, el candidato favorito a la gobernación del estado Aragua, Richard Mardo, sea acusado por agredir a una periodista y, sorpresivamente, se plantee una investigación en la plenaria de la Asamblea Nacional con el objeto de allanarle la inmunidad parlamentaria e inhabilitarlo para los comicios regionales. No existe otra herramienta para zanjar las diferencias que, al profundizarlas, apueste por el sempiterno juego suma-cero. Parece la única alternativa para los venezolanos, un socialismo que no redime al proletariado que ha aniquilado paulatinamente, agigantándose el Estado a favor de sus privilegiados conductores, predisponiéndonos y habituándonos a unas relaciones de agresión que tampoco tardan en darse en el seno del partido de gobierno. Sin embargo, inadvertidamente realizamos la otra opción. Avisados por los estudios de la organización “Liderazgo y Visión” hacia 2005, en un porcentaje significativo de la población, hay disposición de sacrificar los derechos políticos fundamentales a favor de la prosperidad económica que ha de garantizar un gobierno fuerte, equiparando la vocación nacionalista con un decidido propósito de protagonismo geopolítico. Prosperidad visible con la construcción de grandes obras de infraestructura que, además, empleen masivamente a los venezolanos, por efímero y keynesiano que luzca. Obviamente, la fortaleza del gobierno dependerá de la reducción y administración de la disidencia política, interesando la continuidad de aquellas actividades económicas que se desean tan imperturbables, como exclusivas de la ungida dirección del Estado. Esta vez, el suma-cero se afianza en la prédica de la transformación del medio físico y el mejoramiento de la raza. Versamos sobre un falso dilema necesario de combatir, inscrito en el vicioso círculo y no menos popular dictamen del Guatemala-al-Guatepeor. Es necesario disertar sobre la cultura democrática que se afianzó sobre la tolerancia, el respeto, la confianza, el disenso y el consenso, que por siempre fue perfectible e inspiró y legitimó - ¿por qué olvidarlo? – la política de pacificación en un país con más de 150 años de rencillas, escaramuzas y guerras civiles. Disertación que, por cierto, puede sintetizarlo el varias veces citado acuerdo de las juventudes políticas de noviembre de 1958, comprometidas a un debate ideológico y al destierro de lo que dio en llamarse el canibalismo político. Inmediatamente después, nadie puede negar que el Pacto de Punto afianzó las relaciones agonales entre los venezolanos, que no las existenciales que se hicieron una fatal costumbre en el pasado. El positivismo y el marxismo, trastocados en la cultura política impuesta desde el poder, no constituyen opciones valederas. Significa reconstruir, incluso, la que compartieron e inspiraron en buena medida a los redactores de la Constitución de 1961: la del humanismo cristiano. @luisbarraganj |
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