| Regreso |
| Escrito por Rodolfo Izaguirre |
| Domingo, 17 de Mayo de 2026 00:00 |
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pero la muerte la detiene cuando está a punto de iniciar o continuar su espléndido recorrido. Vincent van Gogh es un patético ejemplo porque fue víctima de las jugarretas del tiempo: ayudó al artista a buscarse y encontrarse a sí mismo, pero también frenó sus impulsos creativos. Logró vender solo un cuadro por cien francos y murió perfectamente inembargable, pero en Japón, años más tarde, alguien compró uno por ochenta millones de dólares. Me siento privilegiado en un país que hace enormes esfuerzos por serlo, abrumado políticamente, tratando de ser moderno pero sin tener consigo el pensamiento de la modernidad. Cierro los enormes vidrios del ventanal y la reja que protege la casa y me asomo al mundo cada mañana maravillado al constatar que sigo vivo, asombrado ante el prodigio de un nuevo amanecer y la luz que me ofrece el sol que también permanece en su sitio, pintando de azul el firmamento o luchando contra la blancura del cielo en el frío aunque siempre bello comienzo del día. Es el mundo y me veo reflejado en él. Antes, extasiado, me preguntaba: ¿qué he hecho para merecer semejante regalo? y bajaba la mirada, humilde y lleno de culpas como un penitente agobiado de su propia arrogancia. Y me sentía intruso en el prodigio que me ofrecía aquel amanecer de gloria. Pero hoy, a mi avanzada edad en lugar de sentirme humilde y flagelado levanto la mirada y me digo que sí lo merezco porque he hecho de mi vida una liturgia, adoro al sol que da luz al mundo y respeto a los seres que me rodean e igualmente me respetan, trato de afinar constantemente mi propia sensibilidad sin torcer jamás el rumbo, sin claudicar camino como un demócrata y me busco a mí mismo en los reflejos del arte y en la belleza de lo creado. Comprendo que no solo estoy naciendo de nuevo sino que estoy aprendiendo a vivir, miro cada amanecer y me recorre la certeza de que de ahora en adelante debo parecerme más al mundo ue se me aparecería nuevo día, desplazarme por la vastedad de mi propio cielo y rechazar a ls engreídos autoritarios compatriotas que creen poseer la verdadera y todo lo señalan con un índice acusador. Reconocer y aceptar, por el contrario, que los seres que me rodean me enseñan a vivir; que son ellos el verdadero amanecer porque miran y respiran por mí. Me siento libre, ágil, capaz de emprender el vuelo de los pájaros del cielo y de estimularme cada vez que corro los vidrios y la reja del ventanal que se abre al mundo y a los helechos que me hablan en el jardín de mi casa advirtiéndome sobre los riesgos de la actividad política bolivariana. En este sentido, he perdido junto al país el miedo que nos paralizó durante años y puedo decir sin que me tiemble la voz que me importan un rábano Donald Trump, Marco Rubio, la señora que está en Miraflores y los que temen aparecer de pronto en una cárcel en Brooklyn. ¡Lo único que pido es que 1919 vuelva a nosotros no solo con los votos que le arrebataron sino abrazada a las madres que, gracias a ella, han regresado al país que somos! |
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