En tiempos de fanatismo político
Escrito por Sixto Medina   
Viernes, 09 de Marzo de 2012 04:18

altUna mirada a los hechos reñidos con la idea democrática, ocurridos el domingo 4 de marzo en San José de Cotiza, durante la caminata del candidato de la unidad Henrique Capriles Radonski, deja al descubierto una vez más que la política y el debate, en la militarizada hora actual bolivariana, se han refugiado en la violencia, el denuesto y la ofensa. Indica la poca valoración que tiene el ser humano. Es el reflejo de lo que los amantes del poder absoluto consideran que es el país. La brutalidad verbal y la acción brutal se complementan. Una potencia a la otra. La inseguridad ya no es sólo una amenaza: estamos en la selva. La degradación prospera. Se va extendiendo como un río desbordado. Quienes la auspician no enmascaran su desprecio por la miseria, por el dolor, por la vida humana. Todo lo contrario: se jactan de lo que hacen, ostentan su impunidad.

Dicen que no sucede lo que pasa. Y al que pretenda lo contrario, se lo aprieta. Sus voceros enumeran las espaldas que partirán a palos, los ojos que harán saltar. Este es nuestro tiempo. El tiempo en que las investiduras tienen precio.

El de la mentira enmascarada.

Es bueno que todos tengamos convicciones y las defendamos con firmeza.

Pero el fanático está convencido de que su idea es la mejor y la única válida.

La pasión exacerbada, desmedida y tenaz es el clima en el cual el fanático se desarrolla y crece vigoroso. La exaltación que lo caracteriza encuentra su caldo de cultivo en la tensión, el conflicto, el choque, la pelea. Detesta la tranquilidad y el dialogo. La voz del fanático es su grito, cree a pie juntillas en la verdad absoluta de las suyas.

El fanatismo puede darse en distintos aspectos de la vida. Hay fanáticos de algún club de fútbol, de cantantes o grupos musicales, por ejemplo, pero también, aparece en la religión con personas que persiguen y castigan a los que no creen en lo mismo que ellos, y al girar en torno al poder político suele desplegar todo un sistema para la imposición de sus certezas, castigando a los opositores con la cárcel o incluso con la muerte. Para el fanático, la distinción es entre amigos y enemigos, tiene siempre un carácter colectivo: enemigo es una totalidad de hombres situada frente a otra totalidad en la lucha por la existencia, como lo desarrolló en Escritos Políticos Carl Schmitt.

"No es solamente el interés lo que hace a los hombres matarse entre sí. Es también el dogmatismo.

Nada es tan peligroso como la certeza de tener razón.

Nada causa tanta destrucción como la obsesión de una verdad considerada absoluta.

Todos los crímenes de la historia son consecuencia de un fanatismo. Todas las masacres han sido llevadas a cabo a nombre de la virtud, de la religión verdadera, del nacionalismo legítimo, de la política idónea, de la ideología justa, en nombre del combate contra la verdad del otro" (François Jacob).

El fanático concibe el mundo como un sistema binario. Él ama la confrontación entre los opuestos. Como el negro se opone al blanco, el bien se enfrenta al mal, el pueblo al antipueblo, la izquierda a la derecha. Estas categorías estancas, incomunicables y enfrentadas entre sí, le parecen, en última instancia, reflejo de aquella división primigenia. Dios versus el Maligno.

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