| El dilema |
| Escrito por Colette Capriles |
| Jueves, 01 de Marzo de 2012 07:23 |
Cuando ya nada es como solía ser. El hecho es este: los acontecimientos recientes revelan un cuadro que permanecía oculto, a saber, que el país cambió.
Atención: el cambio viene ocurriendo subrepticiamente, poco a poco, a expensas de la alharaca; pero ahora está a la vista. Es curioso que muchos interpreten el momento como de incertidumbre; a mi modo de ver es al revés: es precisamente el fin de la incertidumbre lo que está desarrollándose. El régimen chavista se sostiene sobre la arbitrariedad de una única voluntad y eso, sin duda, es el grado cero de la certeza. Lo que vemos ahora, lo que vamos a ver en estas próximas semanas, es la emergencia de muchas fuerzas, orientadas por dos ejes: por una parte, la consolidación de la oposición unitaria como opción de poder; por otra, el drama de la sucesión.Un drama que tiene que ver con la falta de una línea estratégica para enfrentar el nuevo estado de cosas, en el que la salud presidencial es un factor central pero no único. La enfermedad de Chávez es un evento desafortunado pero que se vuelve catastrófico en la medida en que revela el grado de improvisación y mediocridad con el que el Gobierno, si así puede llamarse, opera. A mediados del año pasado, la conmoción por el anuncio del paciente fue seguida por una "fórmula de recuperación" que repetía la de 2004, como si el país fuese el mismo: una segunda (¿o tercera?) ola de misiones, esta vez más faraónicas si cabe, y siempre fundamentadas en el aparato de propaganda. Pero tocar de oído no funciona siempre; a veces hay que saber leer la partitura. O tener una partitura, al menos. Como ocurre típicamente en estos regímenes subdemocráticos, la cúpula de poder, y el autócrata especialmente, carecen de una visión razonable tanto del estado de la nación como de la evolución de las fuerzas que lo adversan. Por una parte, la inexorable ley de los rendimientos decrecientes se ha apoderado de la gestión pública. Cada vez más gastos, cada vez más corrupción, cada vez menos eficiencia y más desencanto, más desapego. Por otra parte, se ha agravado la ilusión de la supremacía moral de la nomenklatura; la omnipotencia de tantos privilegios oscurece su percepción de las fortalezas que ha venido adquiriendo la oposición democrática. Se la ha subestimado. Hay ciertos errores políticos que son fatales. Se ha dicho mucho que a Chávez lo ha acompañado la fortuna; es cierto: ha podido manejar sus errores porque sus adversarios han cometido algunos peores. Pero eso ya no es así. En la medida en que la oposición ha podido organizarse estratégicamente el costo de los errores está del lado del Gobierno. En mi opinión, la gran equivocación tuvo que ver con el manejo del primer brote de la enfermedad presidencial. En medio del secretismo y la confusión se puso de manifiesto un conflicto que nunca ha sido resuelto en el interior del régimen: la tensión entre personalismo y corporativismo, que también aparece como una tensión entre insurgencia y reforma. Había (y hay, porque sigue esta tensión, ahora con más fuerza) dos caminos: plantear la posibilidad de construir un nuevo candidato, lo que supone toda una reconfiguración de los factores del poder chavista, o, por el contrario, mantener el culto personalista y proceder, como se hizo, a fortalecer la figura de Chávez en detrimento de su salud y arriesgándolo todo. Un candidato distinto a Chávez perdería las elecciones, pero podría significar la conservación del capital político del chavismo y su normalización como factor político. La apuesta por la persona del Presidente supone en cambio un gran riesgo que hace depender a las fuerzas del Gobierno del imponderable factor de su salud, en medio de un caos de gestión pública y económica, una lucha sórdida de los distintos clanes, y muchos menos grados de libertad geopolítica. La cuestión está entre quienes quieran conservar algo y los que quieran jugar al todo o nada. @cocap www.el-nacional.com |
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