| Venerando la derrota |
| Escrito por Colette Capriles |
| Jueves, 02 de Febrero de 2012 04:33 |
¿Por qué alguien querría celebrar una derrota? En vista de que la gramática del verbo "celebrar" remite a triunfos, la fiesta conmemorativa del 4 de febrero
sólo apunta a transvalorar su origen, procurando, en el ocaso ya obvio de este régimen, forjar una ficticia acta de nacimiento con laureles militares y, así, establecer una ilusoria continuidad entre aquel Génesis y este Apocalipsis.Que el elemento militar ha sido lo esencial en todos estos años no es ninguna novedad. Lo es, en cambio, que el factor militar no sólo se convierta en partido personal del señor Chávez sino que así se le exhiba desmesuradamente. Lo civil ha cumplido, parece, su parábola vital; ya no es necesario en la gran maqueta de la última batalla. El espíritu que se pretende revivir es el de las logias militares que escarnecieron a las fuerzas armadas durante tantos años, y que se doblegó ante la evidencia de que una victoria política, para 1998, exigía la alianza con los denostados civiles. Una victoria política que ya no es posible repetir, por cierto. Aquella alianza fructificó por una conjunción de circunstancias que ya han desaparecido; la más importante, la atmósfera tóxica de la antipolítica y del antipartidismo de élites y clases medias. Sin embargo, la estrategia de consolidación puesta en práctica por el Gobierno a partir de la crisis de 2002 va en la dirección de construir un partido político hegemónico que a la manera del PRI mexicano instituyese la "dictadura perfecta". El aparato fue creado pero su poder limitado. A su vez, el ejercicio cada vez más personalista del gobierno tampoco favoreció el afianzamiento de un poder corporativo de las fuerzas armadas. El resultado, una gestión por clanes o tribus con diversos grados de combinación cívico-militar, que reproducen el personalismo cupular al rotar alrededor de unos jefezuelos. Pero crecieron algunos enanos y ante la perspectiva de una sucesión en el horizonte, estos clanes mostraron la autonomía relativa que habían adquirido. La abierta militarización parece ser una respuesta a estas "autonomías". Falta mucho para poder interpretar esta historia. Pero en lo inmediato, establece de nuevo, otra vez, insaciable una división en este país. De un lado el poder militar; de otro, el mundo civil. De un lado la antipolítica de las armas, del otro, la política del voto. No importa si esta partición es un artefacto táctico, si lo que se quiere es simplemente enviar el mensaje electoral de que un gobierno puramente civil, en Venezuela, sería imposible. No lo es. No lo ha sido. Pero sí importa lo que nos dice de la voluntad de separarnos. Y una separación que ya ni siquiera pretende ser ideológica sino existencial. El asunto es que el giro militarista es una reacción personalista para reconstituir el poder carismático, y no es de ningún modo un efecto corporativo. La verdad, parece que Chávez nunca captó el espíritu de cuerpo que presuntamente informa las lealtades y jerarquías tan necesarias en la vida militar. Esta no fue más que un medio de cultivo de ambiciones ilimitadas, pero sirvió de tal precisamente porque el pretorianismo es una enfermedad endémica entre nosotros. Sí hay una lucha existencial, si a ver vamos. Entre la unidad del país y la división de las armas. Entre la vida civil y la perspectiva del sultanato. Detrás de la levedad con que tratamos a la política, como a tantas otras cosas, se dejan entrever difíciles dilemas. Las interpretaciones frívolas que siguen reduciendo el presente a dilemas carismáticos, a simpatías pasionales cuantificadas, no pueden ocultar que hay una amortiguada conciencia de gravedad. Como si detrás de todo ese ruido estuviéramos formulándonos, sin querer, y no precisamente en lenguajes sofisticados, la pregunta política por excelencia: la que inquiere acerca de si esto, hoy, aquí, es un "vivir bien". @cocap www.el-nacional.com |
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