| El aberrante culto a la personalidad |
| Escrito por Vladimir Villegas (periodista) |
| Martes, 03 de Enero de 2012 08:02 |
La muerte Kim Jongil en Corea del Norte puso de relieve nuevamente una de las aberraciones que tanto daño le han hecho a la idea del socialismo,
y me refiero al culto a la personalidad, gracias al cual en nombre del proletariado, de la revolución y de la transformación social, una casta dirigente, encabezada por un líder supuestamente infalible e insustituible, se entroniza en el poder y no sale de allí sino "con los pies para delante", como se dice popularmente.Tuve la oportunidad de conocer Corea del Norte, o la República Popular Democrática de Corea, como es su denominación oficial. Fue cuando se realizó en la capital norcoreana, Pyongyang, el XIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, y un conglomerado de jóvenes venezolanos acudimos al evento. El de Corea del Norte es un Estado verdaderamente policial, en el cual, por supuesto, no hay cabida para ideas distintas y mucho menos opuestas a las que predica el Partido del Trabajo (comunista). Todo gira en torno a la adoración del líder. Incluso el arte y la música popular están sometidos a esa camisa de fuerza. Después del culto a José Stalin en la Unión Soviética y a Mao en la China Popular no hay otro lugar del mundo donde a un gobernante se le endiose como en Corea del Norte. A diferencia de los casos de Stalin y Mao, en Corea del Norte el socialismo, revestido de la llamada "idea Zuche", es de carácter dinástico. Es decir, si en algún momento el nuevo líder supremo, Kim Jon-un, llega a desaparecer físicamente, todo indica que un nuevo descendiente del Gran Líder Kim Ilsung asumirá las riendas del país. Hay quienes argumentan que ese culto a la personalidad, muy frecuente en países asiáticos, no es fácil de desterrar por razones de carácter histórico. Eso puede ser cierto, pero el muchacho que es llorón y la mamá que lo pellizca. La dirigencia norcoreana, comenzando por el viejo Kim y su hijo, reforzó esa tradición al punto de que en Pyongyang y otras ciudades de ese país abundan estatuas de Kim Il-sung, de su hijo y, seguramente, ya estarán construyendo las del recién entronizado heredero. ¿Cuánto tiempo más aguantará el pueblo de Corea del Norte ese calamar? ¿Alguien cree que fueron absolutamente auténticas y espontáneas las llorantinas en masa por la muerte de Kim Jong-il, transmitidas profusamente por la prensa internacional? ¿O estamos, como parece, frente a un esquema de terror en el cual funciona de verdad, verdad aquello de que "el que no llora no mama"? Es innegable que bajo el liderazgo de Kim Il-sung el pueblo coreano dio heroicas batallas por su independencia y contra las agresiones de potencias extranjeras, entre ellas Estados Unidos. Pero también es innegable que de la batalla épica se pasó a la edificación de un sistema político asfixiante, apoyado en terror colectivo, en el chantaje ideológico y político y en la criminalización de cualquier idea extraña al "esclarecido pensamiento del líder". No puede ser que el sueño de libertad, de independencia, de justicia, de soberanía y de igualdad termine en la pesadilla del culto a un hombre. Que la vida cotidiana, que la economía, que la educación, que la cultura, que la relación entre vecinos o entre compañeros de estudio y trabajo estén marcadas por la sumisión perruna a un autócrata y sus veleidades y caprichos. Al Presidente y a quienes le refuerzan el culto a su personalidad les sugiero que se den un paseíto por Corea del Norte, y que hablen incluso con los amigos rusos y chinos sobre el daño que este jalamecatismo ideológico trajo a sus países. Obviamente, no hemos ido tan lejos en esta materia como los camaradas coreanos. Pero, mosca, para allá nos llevan, si nos dejamos.. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla www.el-nacional.com |
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