El Gran Sismo de los Andes: la noche que la tierra borró pueblos enteros
Escrito por Luis Perozo Padua | X: @LuisPerozoPadua   
Sábado, 15 de Agosto de 2026 00:00

altLa noche andina estaba recogida sobre sus montañas. En Mérida, las calles habían perdido el movimiento del día y muchas familias se disponían a dormir.

En los pueblos del Mocotíes, del Chama y de las tierras que descendían hacia el lago de Maracaibo, las lámparas comenzaban a apagarse y las casas de tapia, bahareque y tejas guardaban el silencio habitual de una noche de abril.

A las 10:15, sin embargo, la tierra dejó de ser firme.

El 28 de abril de 1894, un terremoto de extraordinaria violencia atravesó los Andes venezolanos y alcanzó una extensión que desbordó cualquier experiencia local. El movimiento fue tan amplio que también se sintió en regiones alejadas de la zona epicentral, desde Caracas hasta Maracaibo y desde los Andes colombianos hasta Curazao.

En Mérida, el periodista, historiador y testigo Tulio Febres Cordero describió aquella noche como una catástrofe. Muchos edificios se desplomaron; las casas quedaron severamente averiadas y los techos cedieron bajo el movimiento. La ciudad sobrevivió, pero buena parte de ella quedó convertida en un paisaje de paredes vencidas, habitaciones inhabitables y escombros.

Lo extraordinario, observó Febres Cordero, no era únicamente la magnitud de la destrucción, sino que una población entera no hubiese sucumbido bajo ella.

La noche todavía no había terminado.


Mérida entre ruinas

La arquitectura religiosa, que durante siglos había marcado el perfil urbano de Mérida, fue una de las grandes víctimas.

La Catedral perdió su torre y buena parte de sus techos. La iglesia del Carmen quedó sin frente, mientras los templos de las parroquias Milla, El Llano y Belén sufrieron el colapso de sus cubiertas. La Casa de Gobierno tampoco escapó al desastre.

En una sociedad donde la iglesia era mucho más que un lugar destinado al culto, el derrumbe de los templos tuvo además una profunda carga simbólica. Aquellos edificios formaban parte de la memoria cotidiana de la ciudad y representaban una idea de permanencia que el terremoto acababa de pulverizar.

Las calles se llenaron de personas que buscaban espacios abiertos. El polvo ocultaba parcialmente las formas conocidas. La oscuridad hacía más difícil distinguir una casa en pie de otra que amenazaba con caer. Y cada nuevo crujido podía significar que otra pared estaba cediendo.

Pero Mérida no fue el centro exclusivo de la tragedia.


Pueblos que desaparecieron

Hacia el sur y el occidente, la destrucción adquirió proporciones todavía más severas.

En Zea, según los reportes de la época, prácticamente nada quedó en pie. La prensa calculó allí unas 300 víctimas mortales. Entre Chiguará y Santa Cruz se contabilizaron unas 200; La Tala habría perdido alrededor de 120 habitantes. En Guaraque, Garcitas y Torondoy se estimaron otras 300 muertes. Mesa de Culebras registró 26; Tovar, 10; Lagunillas, 20; y La Cuchilla y La Palmita, siete.

Las cifras, sin embargo, deben leerse con cautela.

La prensa decimonónica dependía de testimonios enviados desde poblaciones incomunicadas, muchas de ellas rodeadas por montañas cuyos caminos habían quedado destruidos. Las noticias podían tardar días en llegar y los primeros cálculos se realizaban en medio del caos. Por eso, las cifras publicadas inmediatamente después del terremoto no coinciden con las estimaciones posteriores.

La tragedia, en cambio, no admite discusión.

En Tovar, Gerónimo Maldonado, uno de los testigos de aquella destrucción, comparó su ciudad con una hermosa ninfa escondida en los valles del Mocotíes. Después del terremoto, escribió, de aquella figura ya no quedaba sino un cadáver.

Los relojes de Tovar se detuvieron con el movimiento sísmico. La imagen quedó grabada en la memoria: las agujas inmóviles como si también el tiempo hubiese quedado sepultado bajo los escombros.


La montaña también se movió

El Gran Sismo de los Andes no destruyó solamente edificios.

Cambió el paisaje.

En Lagunillas, los grandes deslizamientos produjeron enormes nubes de polvo que todavía podían observarse durante los días siguientes. La laguna sufrió alteraciones y, según los testimonios recogidos entonces, sus aguas se desplazaron hacia la plaza del pueblo. Los caminos quedaron prácticamente inutilizados y la topografía experimentó modificaciones perceptibles.

En el páramo de El Tambor, cerca de Jají, se abrió una grieta de considerable longitud. Jají quedó prácticamente destruido. En Tabay, algunas viviendas se redujeron a escombros; en Ejido cayeron el templo y numerosas casas.

La violencia del terremoto convirtió las montañas en una fuente adicional de peligro. Los derrumbes bloquearon caminos, arrastraron vegetación y barro y modificaron temporalmente el comportamiento de ríos y quebradas.

Durante semanas, las aguas de los afluentes del Chama descendieron turbias, cargadas de restos vegetales y sedimentos procedentes de las laderas desgarradas.

En la hoya de Onía, los testimonios describieron una selva alterada hasta sus raíces: árboles centenarios arrancados de cuajo y extensiones de vegetación destrozadas por los movimientos del terreno.

La tierra no solamente había temblado. En algunos lugares parecía haberse abierto.


Del Chama al lago

La devastación se extendió por las tierras meridionales del lago de Maracaibo.

En Santa María, un pequeño puerto situado al sur del lago, los habitantes escucharon primero una fuerte explosión cuyo origen nadie pudo explicar. Después comenzó el movimiento sísmico. De las grietas del suelo brotaron columnas de agua mezcladas con arcilla, mientras los campos se abrían y los ríos desbordados inundaban viviendas y sembradíos.

En algunos lugares, el agua parecía surgir desde el propio subsuelo.

En Bobures y Gibraltar resultaron afectados los templos y varias edificaciones. En Maracaibo, aunque el terremoto llegó con menor intensidad que en los Andes, produjo daños visibles en los templos de la Inmaculada, Chiquinquirá y San Francisco, además del Palacio Legislativo, la Universidad y varias viviendas.

En la calle Comercio se desplomó una casa y su caída arrastró algunos cables del alumbrado eléctrico.

La noticia de que un terremoto ocurrido en las montañas andinas había producido daños en una ciudad situada a orillas del lago revelaba la extraordinaria extensión del fenómeno.

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El temblor cruzó fronteras

La sacudida tampoco terminó en Venezuela.

En Cúcuta se abrieron grietas en la iglesia parroquial y centenares de casas y paredes quedaron vencidas. Pamplona sufrió graves daños, particularmente en la iglesia de Santo Domingo, mientras numerosos inmuebles presentaron desplomes.

En San Cristóbal, los testigos describieron un ruido seco y siniestro, seguido por el movimiento violento del piso y el bamboleo de las casas. Rubio, Táriba y San Antonio también sufrieron daños importantes.

Hacia el norte y el centro del país, el terremoto fue percibido en numerosos lugares. Guanare registró el derrumbe de cinco viviendas y daños en la Casa de Gobierno, el colegio nacional y la iglesia.

En Trujillo, prácticamente ninguna casa quedó indemne. El templo de San Francisco sufrió una destrucción particularmente severa, desde el coro hasta el presbiterio. Boconó también experimentó fuertes daños y una profunda consternación.

En El Tocuyo, la mayoría de las casas quedaron seriamente averiadas y los templos de la Concepción, San Francisco, Santa Ana y Santo Domingo presentaron daños que hicieron peligroso permanecer en ellos durante las ceremonias religiosas.

El movimiento también fue sentido en Valera, Escuque, Quíbor, Zaraza, Río Chico, Ortiz, San José de Tiznados, Santa Lucía y Cúa. En San Félix, estado Falcón, se percibió con fuerza, aunque sin consecuencias graves. Incluso en Curazao fue registrado, aunque débilmente.

El mapa de la conmoción era enorme.


El número de los fallecidos

Con los años, uno de los problemas más difíciles de reconstruir ha sido precisamente el número de víctimas.

Las informaciones periodísticas de la época, sumadas entre sí, llegaron a producir una cifra cercana a 986 muertos. Si se agregaban un hombre fallecido en Maracaibo por la impresión y el caso, transmitido por la tradición testimonial, de un hombre que habría sido tragado por una grieta cerca de Zea, el total alcanzaría 988.

Pero Tulio Febres Cordero, que había vivido directamente la catástrofe, estimó posteriormente 319 fallecidos.

El geógrafo alemán Wilhelm Sievers calculó 314.

La diferencia es demasiado grande para ignorarla y demasiado comprensible para atribuirla simplemente a un error.

En 1894 no existían censos modernos de población disponibles para cada localidad, sistemas nacionales de registro de defunciones capaces de cruzar información, comunicaciones rápidas ni organismos especializados en la documentación de desastres. Además, numerosas poblaciones quedaron incomunicadas precisamente por los derrumbes provocados por el terremoto.

Las primeras noticias podían mezclar muertos confirmados, desaparecidos, rumores y cálculos aproximados.

Por eso, convertir la cifra de 986 o 988 en una certeza histórica sería un error metodológico. La cifra de 314 o 319 tampoco debe asumirse automáticamente como definitiva. El dato responsable es reconocer la discrepancia y entender las condiciones en las que fue producida.

La historia de un desastre no termina cuando se publica un número.


Miedo al fin del mundo

Para los sobrevivientes, las cifras vendrían mucho después.

Primero estuvo el miedo.

Las aves abandonaban sus nidos. Los árboles se inclinaban violentamente. Los ríos se salían de sus cauces. Las montañas se desprendían. El suelo se abría bajo los pies. Las casas, que hasta entonces habían sido refugios, podían convertirse en trampas mortales.

En La Dificultad, los testimonios describieron un espectáculo aterrador: el pueblo parecía venirse encima de sus habitantes.

La explicación religiosa formaba parte inevitable de aquella sociedad. El terremoto de 1812 todavía pertenecía a la memoria colectiva venezolana y su destrucción había quedado asociada a una interpretación providencial de la tragedia. El nuevo cataclismo reavivó ese imaginario.

Para muchos sobrevivientes de 1894, no se trataba simplemente de un fenómeno natural. La dimensión de la destrucción parecía anunciar algo más definitivo.

El fin del mundo.

La frase no debe entenderse como una simple exageración literaria. Expresaba la manera en que una sociedad sin conocimiento moderno de la sismología interpretaba un fenómeno capaz de alterar simultáneamente la arquitectura, el paisaje, las comunicaciones, la economía y la vida cotidiana.

La tierra había dejado de obedecer.


Memoria de una ciudad

Mérida tardaría años en recomponerse.

En 1895 se decidió construir una nueva plaza que funcionara como jardín y, de alguna manera, como obsequio a una ciudad golpeada por la destrucción. El proyecto se prolongó durante años. La construcción del acueducto de Mérida retrasó su culminación y finalmente el espacio quedó terminado en 1907.

La plaza fue concebida alrededor de una fuente, acompañada por caminerías y jardines.

Pero la memoria urbana cambiaría otra vez.

En 1930, durante el gobierno de Juan Vicente Gómez, la Plaza Bolívar fue reformada y la fuente cedió su lugar central al monumento ecuestre del Libertador, inaugurado el 17 de diciembre de aquel año, centenario de la muerte de Simón Bolívar.

El monumento no fue concebido para recordar el terremoto de 1894. Su propósito era honrar al Libertador. Sin embargo, uno de sus lados dejó grabada una frase que conectaba la historia de Mérida con otra gran tragedia: la destrucción de la ciudad y el sacrificio que había realizado por la causa independentista en 1813.

Así, sin proponérselo, la plaza terminó convirtiéndose también en un lugar donde distintas capas de la memoria merideña quedaron superpuestas.


La tierra que no olvidó

El Gran Sismo de los Andes fue mucho más que el derrumbe de iglesias y viviendas. Fue una fractura en la experiencia colectiva de una región.

En pocas horas, pueblos que durante generaciones habían construido su identidad alrededor de sus iglesias, plazas, caminos y casas quedaron enfrentados a un paisaje irreconocible. La tragedia atravesó los Andes venezolanos, alcanzó el sur del lago de Maracaibo, golpeó ciudades del occidente del país y llegó hasta territorio colombiano y el Caribe.

Con el paso de los años, las ruinas fueron retiradas, las casas reconstruidas y las plazas transformadas. La vida regresó a los pueblos y el movimiento cotidiano terminó cubriendo los vestigios del desastre.

Pero quedaron los testimonios.

Quedaron los relojes detenidos de Tovar, las grietas de las montañas, los ríos cargados de barro, los templos heridos y aquella memoria de una noche en que los habitantes de los Andes sintieron que el mundo podía terminar bajo sus propios pies.

A las 10:15 de la noche del 28 de abril de 1894, la tierra hizo algo que ninguna crónica puede describir completamente: convirtió por unos minutos la estabilidad en incertidumbre y el paisaje conocido en un territorio extraño.

Después, como siempre ocurre con las grandes catástrofes, llegó la reconstrucción.

Pero reconstruir las casas no significó reconstruir el tiempo. Para quienes sobrevivieron, aquella noche permaneció allí, inmóvil como las agujas de un reloj detenido: una hora que la tierra escribió para siempre en la memoria de los Andes.

 

Fuente: Rogelio Altez, Si la naturaleza se opone... Terremotos, historia y sociedad en Venezuela. Editorial Alfa, Colección Trópicos / Historia. Primera edición, impresa en Venezuela, 2010

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