| Memorias de sangre |
| Escrito por Dr. Ángel Rafael Lombardi Boscán | @lombardiboscan |
| Jueves, 25 de Septiembre de 2025 01:50 |
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"Gran montaña ardiendo en fuego". Apocalipsis de San Juan
Las palabras encubren la realidad. La Independencia puede que no sea lo que hasta ahora nos han hecho creer. La Independencia fue lo más parecido a una Guerra Civil. El orden colonial se desplomó primero en la Metrópoli (1808) y su onda expansiva desarticuló a los americanos como vasallos de la Monarquía. Guerra Internacional, y de baja intensidad, sólo a partir de 1815. Morillo no viene a combatir contra una nueva nación sino contra rebeldes patriotas y rebeldes realistas. En 1817 la presencia de mercenarios británicos, sin el apoyo legal de Inglaterra, hizo su aparición en la guerra tropical. La Guerra de Liberación contra una fuerza de ocupación es una balada épica. Un cuento patriótico. Un traje nuevo sobre unas mismas estructuras de dominación. Esta vez con simbología liberal. De Colonia a República es como decir del Infierno al Paraíso. Sólo que la República fue una idea reñida con la realidad rural, pobre y atrasada. Colombia, la Grande, lo que tenía de tamaño lo tenía al revés en poderío. No hubo ejército de ocupación español sobre América. Los mismos americanos de las clases pudientes defendieron esa estructura colonial que les favoreció siempre. El Cabildo fue criollo y mantuano. Y los pocos peninsulares que habían eran aliados de esos criollos. Otra cosa diferente era la "mayoría promiscual". Pardos, canarios pobres, negros e indios varados en los brazos del desprecio. Invisibles jurídicos y mano de obra castigada. Los que hicieron la Revolución contra España fueron los mantuanos. La plebe se involucró como carne de cañón y bandas de delincuentes. El dique institucional al venirse abajo creó la anarquía "Democrática". Por ello Boves es el primer demócrata. Aunque ésta idea es provocadora, la mayoría de los venezolanos, es incapaz de procesar. Ni siquiera la clase política que habla mucho del Pueblo y luego en el Poder les olvida. La “Democracia” de Boves planteó el más salvaje igualitarismo social vía linchamiento de los señoritos blancos y no tan blancos. La fascinación por Boves queda asociada a la de un Robin Hood de la estirpe de los llaneros. Bolívar, urbano y aristócrata, jamás tuvo ascendencia sobre la muchedumbre desesperada y humillada. De hecho, su desconfianza hacia la pardocracia fue su más grande temor. Páez y otros jefes rurales sí conectaron con esa masa a la que se le tenía en poca estima. La guerra sirvió para que unos patas en el suelo pudieran alcanzar la cúspide social. El igualitarismo post Independencia fue hipócrita y sumiso. Hay que esperar al ya lejano 1854 para alcanzar la abolición del odioso sistema de la esclavitud. Y esto se hace desde una lógica patricia: era mejor negocio tener peones libertos que encadenados. Ya se entraba a otro tipo de esclavitud más solapada y silenciosa: la de la vida republicana con su legión de analfabetos en alpargatas. En la Independencia sólo cobraban los jefes militares y sus amigos civiles en posiciones de privilegio. La Guerra Civil en contraste con la Independencia dejó a todo un país emocionalmente amargado y deprimido. Y físicamente: destruido. La guerra fratricida carece de gloria. Las bajas en la guerra siempre se han ocultado porque avergüenzan un triunfo con olor a chamusquina. Doscientos mil venezolanos perecieron sin mucho honor. Estamos refiriéndonos al 20% o 25% del total de la población. Un profesor madrileño me decía que esas cifras no eran reales. Y que en la Historia Militar eran inconcebibles. En cambio, una Independencia, es una especie de nueva aurora, aunque la realidad lo niegue por completo. La nueva identidad nacional prefirió revestirse del código patriótico inspirado en el romanticismo nacionalista decimonónico. El desierto que fuimos lo desterramos en las ideas. El siglo XIX mantuvo la Guerra Civil. Por qué la Independencia no resolvió el problema de fondo de la sociología venezolana anclada en la desigualdad social y el espíritu levantisco. La Nueva Clase solo tenía que ocupar Caracas. Llaneros, andinos, corianos, valencianos y orientales no se resignaron a quedarse con los pellejos de una victoria militar a medio pelo que hacía de Caracas la capital rectora del archipiélago regional roto e incomunicado. La élite militar fue incapaz de resguardar la integridad territorial y de ser fiel al nuevo sistema. La “amiga” Inglaterra, principal aliado de Bolívar para vencer en el laberinto venezolano, fue quién más ganó con el despojo. El gobierno de los inútiles fue una presa fácil. El Pueblo tuvo su compensación en el Himno Nacional. El Poder se atrincheró en la ideología nacionalista de contenidos huecos. Y desde entonces hemos sido los prisioneros mentales de una idea superior, la de la Patria grande, que excusa los varapalos de una dirigencia cuya prioridad son ellos mismos. Así que la Guerra Civil explica mejor todo éste caótico proceso plagado de desgracias y asesinatos. Sólo que es una memoria sucia, retorcida y sangrienta. Y éste tipo de memoria no tiene cabida en los panteones nacionales y mucho menos en los libros escolares de historia. “Más estas víctimas serán vengadas. Esos verdugos exterminados. Nuestra tierra será purgada de los monstruos que la infestan. Nuestro odio será implacable, y nuestra guerra será a muerte”. Simón Bolívar, 8 de junio de 1813. Toda guerra es a muerte. Sus graduaciones van a depender de la duración de la tragedia. Casi nadie ha estudiado las motivaciones psicológicas de Bolívar con tan solo 30 años para sentirse muy a gusto como ángel exterminador. Bolívar sabía que no luchaba contra España sino contra sus propios congéneres americanos. Aun así, había que polarizar la lucha y dividir a los bandos entre los buenos y malos. Los que se sumarían a su causa serían salvados. Y los que no: exterminados. La Campaña Admirable, con mercenarios neogranadinos, fue inesperadamente un éxito militar rotundo. El avance desde Cúcuta y los Andes hasta entrar a Caracas el 6 de agosto de 1813 le hizo sobreestimar sus capacidades. Incluso, no restituye la Constitución de 1811 e impone la dictadura militar (1813-1814). Ya nombrado Libertador su súper ego se sintió tan alto como las cumbres de la Sierra Nevada que acababa de visitar en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Mérida. Lo que hoy es a nuestros ojos defectos, y la manifestación de un trastorno de tipo cerebral, de un soldado que pactó con el Diablo con tal de hacer prevalecer la “causa de la libertad” en ese momento, terminó siendo una completa necesidad. La palanca de la voluntad indómita, de prevalecer ante cualquier obstáculo, sin medir los medios a utilizar: fue un rasgo muy evidente en Bolívar y su misión como predestinado por la providencia. Boves, un contrabandista asturiano radicado por los llanos de Calabozo, tomó el testigo y aceptó el reto. La guerra de exterminio pasó de la proclama a los hechos. Y el llanto se eternizó en la tierra venezolana. Boves se parecía mucho a Bolívar. Ambos, como señores de la guerra, lideran ejércitos personales más que institucionales. La historiografía patria, cuya lógica es la exaltación de Bolívar, llegó incluso a conmemorar el Decreto de Guerra a Muerte (15 de junio de 1813) como efeméride nacional. Aun así, hubo algunos historiadores que no se pudieron callar. Y fueron censurados y castigados por el Estado. “Jamás puede ser redentora una medida que condena a los hombres, aunque sean inocentes; ni justa, ninguna sentencia que haga de la culpa una virtud. Eso sería dar al traste con el sentido común; eso es más horrible todavía, pues equivale a quema incienso y cinamomo en los altares del crimen (…)”. Felipe Tejera en Manual de Historia de Venezuela (1875). El militarismo venezolano se nutre de ésta ideología y memoria belicista que reniega de la esencial Paz.
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